No recuerdo, al menos en la historia reciente de mi vida, una época tan profundamente caótica y confusa como el actual. La sensación de incertidumbre es permanente. El desgaste político, económico y emocional parece no detenerse nunca. Todos los días amanecemos con una nueva alarma, amenaza, tensión, miedo o contradicción. El mundo vive atrapado en un estado constante de sobresalto.
En el centro de esta asfixiante dinámica aparece Donald Trump como la única constante. Desde hace ya un año y medio domina todos los días la agenda informativa mundial. Pero no necesariamente con mensajes claros o narrativas coherentes. Al contrario. La estrategia se construye sobre la ambigüedad, la contradicción y la saturación informativa. Un día amenaza con ataques o aranceles, al siguiente habla de negociación. Un fin de semana parece que la escalada militar será inminente y al siguiente hay avances diplomáticos.
En ciencia política y comunicación estratégica esto no es accidental. No es un desatino como muchos quieren creer. Existen conceptos específicos para definir este fenómeno como el flood the zone que es una estrategia diseñada para saturar el espacio público de tantas polémicas, contradicciones y sobresaltos simultáneos que anula cualquier posibilidad de debate racional. El objetivo no es convencer a nadie, es desorientar, desgastar y abrumar.
También está la “ambigüedad calculada” que son mensajes vagos, contradictorios, difusos que permiten tener todo el margen de maniobra para decir lo que se quiera en cualquier momento e inmediatamente revirar sin más. Públicos distintos escuchan lo que quieren cual si fueran horóscopos. De esta forma la audiencia no tiene margen para calcular, sólo para reaccionar.
La RAND Corporation acuñó un concepto que define a la perfección nuestros días: firehose of falshood o “manguera de falsedades”. Es esta enorme cantidad de mensajes, rapidez, contradicción sin demasiada conexión o coherencia. Funciona porque nadie es capaz de verificar tal cantidad de información antes de que se genere otra avalancha informativa. Y no sólo es un tema que vemos en la política en la era trumpiana; también está presente en fenómenos como el avance o no del hantavirus o el ébola y los síntomas de pandemofobia que todos hemos experimentado en días recientes.
SÍ LES FUNCIONA
Por increíble que parezca, políticamente esta estrategia le funciona al presidente estadunidense. Aunque su popularidad tocó mínimos históricos estos tres meses aún muestra gran músculo electoral de cara a la intermedias de noviembre próximo. A pesar de la incertidumbre económica (lo que más preocupa al electorado estadunidense). En las elecciones primarias de la semana pasada los candidatos respaldados por Donald Trump se impusieron en estados como Alabama, Kentucky y Georgia confirmando que el desgaste mediático no necesariamente es debilidad política. Basta ver el caso de su acérrimo crítico, el republicano Thomas Massie, que perdió la elección.
El resultado psicológico en nosotros, los pobres ciudadanos de a pie, es la fatiga cognitiva, ansiedad, hiperactividad y angustia. Vivimos en una sensación colectiva de no saber que es verdad y estar atrapados en cámaras de eco. Desconfiamos de las instituciones, los políticos y los medios por el ruido permanente al que nos estamos acostumbrando.
Para esos líderes que están constantemente en el centro del debate público el resultado es ganar-ganar porque toda gira en torno a ellos. Desde la conversación pública, los anhelos y miedos, hasta los mercados y el humor colectivo depende de sus declaraciones.
Justo al momento del cierre de esta columna, el mundo se debate entre una nueva intervención militar en Oriente Medio o un acuerdo de paz. Y no, no es un error. Es la estrategia.
