El arte de resistir

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

Por más de 100 días escuchamos decir a Donald Trump la misma frase: “El acuerdo con Irán está cerca, muy cerca, inminente. Irán ruega por ello. Están acabados”. De acuerdo con un conteo de CNN, por lo menos, lo repitió 38 veces desde marzo.

Mientras Trump hablaba de un acuerdo que no llegaba, una victoria que no fue tangible y una supuesta amenaza nuclear que justificaba el ataque, Irán nunca negoció desde la debilidad.

LA VERDADERA ARMA NUCLEAR

Al tiempo que Occidente se preocupaba por el uranio enriquecido y el arsenal nuclear perdía de vista el verdadero poder de la República persa: el estrecho de Ormuz. Esa fue la carta fuerte con la que contaba Teherán, aunque las agencias de inteligencia estadunidenses subestimaban la capacidad de los persas para cerrarlo. Tremendo error de cálculo.

Unos pocos kilómetros por donde circula la quinta parte del petróleo del planeta, capaces de paralizar la economía mundial. Ormuz se convirtió en una amenaza económica global y la subida de los precios del petróleo y su consecuente inflación global tuvo lugar gracias a una guerra que el presidente Trump eligió. Irán comprendió, antes que nadie, que en su arsenal cuenta con un arma mucho más poderosa que cualquier otra nación. 

Pero la resistencia de Irán no sólo fue militar, también fue política. Ganó tiempo, dominaba la narrativa, no tenía empacho alguno en salir a contradecir a Trump y utilizó campañas cuidadosamente diseñadas. Los videos hechos con IA donde se ve a un bebé Trump, a un Netanyahu infante jugando con su marioneta Trump o, a Marco Rubio como muppet permearon en la opinión pública. Mientras una y otra vez Trump perdía credibilidad al asegurar que la guerra estaba por concluir, los persas lo capitalizaron y ridiculizaron sin más.

EL COSTO POLÍTICO

Washington apostó por una guerra rápida con la certeza de que los ataques orillarían a la sociedad civil a derrocar al gobierno. Otro error de cálculo. Lo que realmente consiguieron fue exacerbar el nacionalismo y la cohesión social. Creyeron que decapitando al Ayatolá Jamenei el sistema se tambalearía, sin entender que el sistema político iraní no se centraba en un individuo. Otro error de cálculo y garrafal.

La innecesaria guerra disparó los precios del petróleo y el galón alcanzó niveles superiores a los cuatro dólares y 50 centavos en promedio nacional. Son millones de familias que creyeron en Make America Great Again y hoy no les alcanza el salario para llegar a fin de mes. Por supuesto, que ya cobró factura en la popularidad del presidente Trump. Las últimas encuestas ubican la popularidad del presidente entre 34 y 36%, la peor cifra en sus dos mandatos. Seis de cada diez estadunidenses repudian el manejo del gobierno en el conflicto contra Irán. Un escenario que, claramente, Trump no veía venir.

EL OTRO PERDEDOR

Y ahí está Bibi Netanyahu. Intentó por meses convencer al mundo del peligro que representa Irán y que la única salida era aumentar la presión. Logró involucrar a Washington en una confrontación de largo alcance, no logró nada y fue exhibido en varias ocasiones siendo “regañado” por el presidente Trump y la fractura en su relación es visible. A pesar de que sus operaciones en paralelo en el Líbano para sabotear la desescalada no funcionaron y el memorándum de entendimiento que fue negociado por Washington con Teherán sin intervención israelí. La ironía es que apostó por un cambio de gobierno en Teherán y la posición regional iraní terminó fortalecida.

Una de las lecciones más importantes de los últimos 100 días es que las victorias no sólo se miden con el despliegue militar o tecnológico. Estados Unidos comenzó la guerra convencido de que doblegaría a Irán con presión militar y aislamientos económico, y terminó sentado en una mesa de negociación aceptando las condiciones que Teherán defendía desde el primer día. Trump perdió un importante capital político y Netanyahu influencia al subestimar a su adversario.