El cruce y la coincidencia de intereses binacionales inaplazables
Pero el problema no es comercial. Para los Estados Unidos la ola de inmigración es una confirmada realidad, sin posibilidades de asimilación ordenada, que ya detona disturbios y choques en las fronteras
El presidente Trump nos amenazaba con la imposición a todos los productos mexicanos con un rosario de aranceles comenzando con un 5% el próximo lunes 10, llegaría hasta el 25% en octubre si no se contiene la corriente de migrantes centroamericanos que se agolpa contra la frontera sur de Estados Unidos exigiendo entrar.
Desde luego que México no podía aceptar este desplante ni por honor ni por sensatez. Para Trump, como para el Teddy Roosevelt de principios del siglo XX, el garrote es el instrumento adecuado para obtener lo que se quiere. Sólo que esos tiempos han pasado.
La medida fue inusitada. En disputas internacionales no se vale recurrir a instrumentos de naturaleza distinta al del problema en cuestión. Trump mezcla dos materias diferentes.
Ante la insolencia del Presidente norteamericano, la respuesta del mexicano ha sido sosegada. Su reacción al abuso descarado de pandillero neoyorquino ha evitado estar al nivel que merece. Contrastando con sus antecedentes de líder incendiario, movilizador de plantones populares, retador de instituciones, el Presidente de México guardó virtuoso silencio e insistió en la vía del diálogo para entenderse con Trump.
López Obrador señala que el país vecino sólo ve los efectos de la migración, pero no sus causas: “Nosotros hemos insistido en que hay que apoyar a los países centroamericanos para que haya actividades productivas, empleo y bienestar… No queremos pelearnos con ese gobierno y ni menos con su pueblo… Queremos mantener una muy buena amistad. Somos vecinos cercanos, no vecinos distantes”. Ayer agregó que “hay tiempo; las tarifas empezarían a llevarse a cabo el lunes, pero todavía es viernes, hay diálogo y se puede llegar a un acuerdo. Estoy optimista...”.
Pero Trump no se detiene. Personaje burdo hasta la vulgaridad más repugnante, no tiene la misma visión del mundo en que se mueve su país ni la noción más elemental de lo que son las relaciones internacionales civilizadas. Declara que Estados Unidos no necesita a México, pero que México sí a Estados Unidos.
El daño que resultaría en las agriculturas e industrias americanas y mexicanas de la imposición de los aranceles que se anunciaron y la afectación de todos los intercambios rebasaría todo cálculo. Gravar la exportación mexicana a Estados Unidos de más de 400 mil millones de dólares anuales, 80% de nuestras ventas totales al exterior, aunque por unos cuantos días, afectaría a cientos de miles de agricultores, industriales y consumidores en ambos países. Los políticos de ambos partidos norteamericanos se opusieron a la imposición de semejantes impuestos.
La mayúscula dimensión de los intereses económicos y políticos que están en juego para los dos países, hacía prever que ese programa de tarifas no se aplicaría o en el peor de los casos, se cumplirá con una débil acción pasajera. La amenaza del gran bully quedará en anécdota.
Pero el problema no es comercial. Para los Estados Unidos la ola de inmigración es una confirmada realidad, sin posibilidades de asimilación ordenada, que ya detona disturbios y choques en las fronteras. Cientos de miles de individuos y familias desarraigadas que brotan desde el sur, o de África o de Asia, no se atienden ni con alardes ni diálogos de cancilleres. Europa lleva mucho tiempo de saber que la acción internacional es la única respuesta.
La etapa en la que hoy se encuentran nuestras relaciones con los Estados Unidos es mucho más difícil por las intemperancias de su presidente. El problema de la migración es de mediano y largo plazo y se irá resolviendo con educación y creación de empleos que cada país ha de realizar en coordinación regional.
No hay que confundirlo con el combate al consumo desordenado y al tráfico de drogas en los Estados Unidos que, pudiendo coincidir con el fenómeno migratorio, es distinto y requiere otro tratamiento que depende principalmente del grado de tolerancia que el presidente Trump quiera asignarle, junto con el control de armas.
Una vez pasado el engorroso asunto de la amenaza arancelaria, la transformación de la fisonomía de México ha de seguir su curso mediante una equilibrada solución que resuelva las necesidades de un país como el nuestro, que tiene recursos y cultura suficientes para cumplir sus propias metas y que al mismo tiempo haga factible rebajar la arrogancia con que Estados Unidos ejerce su hegemonía mundial.
