Un inesperado “sube y baja”
En el primer mes tras perder a una pareja en mayores de 60 años, el riesgo de infarto cerebral o cardiaco se eleva hasta en 20 por ciento.
En México sabemos despedir con flores, música y comida. Hacemos altares, rezamos rosarios, encendemos velas. Pero rara vez entendemos que quien está atravesando el abismo de una pérdida es más susceptible a la enfermedad. El duelo, aunque sea universal, sigue siendo un territorio que cada quien recorre en soledad y que casi nunca se considera como un problema de salud, aunque su impacto en las personas compromete su bienestar físico y mental.
Y no todas las pérdidas son visibles, además de la muerte o las rupturas de pareja, en México, el duelo también aparece cuando un familiar emigra, cuando desaparece un ser querido, cuando una comunidad pierde su hogar por un huracán, cuando acaba un trabajo. En pacientes con enfermedades complejas, la pérdida de la propia salud y la autonomía, también requiere la asistencia para sobrellevar ese duelo.
Les comparto algunos datos: en el primer mes tras perder a una pareja en mayores de 60 años, el riesgo de infarto cerebral o cardiaco se eleva hasta en 20 por ciento. De hecho, la miocardiopatía de Takotsubo, también conocida como síndrome del corazón roto, es una afección cardiaca temporal que se caracteriza por un debilitamiento repentino y reversible del corazón ante situaciones de estrés emocional o físico intenso y su relación con la liberación de altos niveles de hormonas de estrés, como la adrenalina.
Los síntomas de la miocardiopatía de Takotsubo pueden ser similares a los de un ataque cardiaco, que en la mayoría de los casos se resuelven por sí solos en unas pocas semanas, pero en algunos casos puede provocar complicaciones graves, como insuficiencia cardiaca o arritmias.
La ciencia también ha observado que el duelo debilita el sistema inmunológico, dejándonos expuestos a resfriados, fatiga prolongada y aumento de enfermedades. No es raro que aparezcan tensiones musculares, insomnio, problemas de concentración y memoria, malestar digestivo o dolor en el pecho.
Además, hasta 10% de las personas puede desarrollar trastorno de duelo prolongado —reconocido en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría—, que se define como sufrimiento intenso, incapacitante y prolongado. Un estudio con 321 mexicanos en duelo encontró que más de 12% presentaba duelo complicado, mientras 35% admitía no haberlo superado.
Evidentemente, este proceso requiere atención integral que no debería ser opcional: médicos que detecten el desgaste físico, psiquiatras para prevenir complicaciones graves, psicólogos clínicos para trabajar la ansiedad o la depresión y tanatólogos para acompañar el proceso emocional. Incluso la medicina tradicional mexicana —temazcales, ceremonias de despedida— puede ayudar.
Se requiere tiempo, comprensión y acompañamiento. No basta con sobrevivir; es necesario transitarlo para que el dolor no se enquiste y se convierta en una enfermedad crónica. También requiere una conversación cultural: dejar de medir la “fortaleza” en función de cuánto se ocultan las lágrimas y normalizar que pedir ayuda no es signo de debilidad, sino de amor propio.
El duelo no es una escalera hacia arriba, sino un camino que se recorre entre caídas y pausas. Hay días que parecen retrocesos y otros en los que se vislumbra una luz tímida. Aceptar esto es, en sí mismo, un acto de salud mental. Sanar no significa olvidar, sino aprender a caminar con esa ausencia que, de alguna forma, se queda.
Si usted o alguien cercano está pasando por una pérdida importante en su vida, busquen ayuda y recuerden que el duelo no es un proceso lineal, sino un vaivén: entre lágrimas, silencios, encuentros con la memoria y pasos tímidos hacia adelante. Y en ese sube y baja, está la verdadera fortaleza.
