Pausar para no romperse

Juana Ramírez

Juana Ramírez

El Arco de Juana

En teoría, las vacaciones son una pausa. En la práctica, para millones de personas, se convierten en una prueba de resistencia para el cuerpo. Basta observar cualquier sala de urgencias en temporada alta: infecciones gastrointestinales, golpes de calor, deshidratación, accidentes en carretera, crisis hipertensivas, descompensaciones metabólicas. El descanso, paradójicamente, se vuelve un detonante de enfermedad.

En México, durante periodos vacacionales como Semana Santa o verano, las atenciones médicas por padecimientos gastrointestinales pueden incrementarse hasta en 30%, de acuerdo con reportes de vigilancia epidemiológica. Y está el otro lado del descanso: el exceso. Comer más, dormir menos, beber más alcohol, romper rutinas. 

Muchos pacientes con enfermedades crónico degenerativas como diabetes, hipertensión, esclerosis múltiple, insuficiencia renal e incluso cáncer, suspenden sus tratamientos y dejan de tomar las medicinas. Las consecuencias suelen traducirse en el avance más acelerado de las enfermedades y en algunos casos acompañados de complicaciones médicas.

Además, existe una idea equivocada y peligrosamente instalada en nuestra sociedad: que descansar es dejar de hacer, sin embargo, la neurociencia ha demostrado exactamente lo contrario. La evidencia científica es contundente: dormir adecuadamente, mantener rutinas, hidratarse, comer de forma equilibrada y hacer pausas activas reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares, metabólicas y mentales. No es complejo, pero sí profundamente subestimado. Nuestro sorprendente cerebro no descansa cuando descansamos. Trabaja distinto y trabaja mejor. Mientras dormimos o hacemos pausas, el cerebro entra en uno de sus estados más sofisticados: reorganiza información, fortalece conexiones neuronales, elimina toxinas acumuladas durante la vigilia reduciendo el riesgo de enfermedades neurodegenerativas, lo que mejora su eficiencia global. Incluso las pausas breves —minutos, no horas— tienen efectos medibles en el cerebro. Estudios han demostrado que pequeños periodos de descanso mejoran la retención de información y el aprendizaje, casi tanto como la práctica continua. En otras palabras, avanzar sin detenerse no es eficiencia sino un peligroso sabotaje cognitivo que pone en peligro nuestra salud en el largo plazo.

La arquitectura cerebral no está diseñada para la continuidad infinita, sino para funcionar por ciclos: enfoque, pausa, integración. Durante esas pausas ocurre, además, algo muy importante: la plasticidad cerebral. Las sinapsis —conexiones entre las neuronas— se reorganizan, se fortalecen y se optimizan, permitiendo que pensemos con mayor claridad, decidamos mejor y aprendamos más.  

En contraste, cuando no paramos, el costo es alto y silencioso. La privación de descanso deteriora la memoria, aumenta la impulsividad, afecta la regulación emocional y eleva el riesgo de ansiedad y depresión, además de tener un impacto directo sobre la salud física.

El problema no es sólo que no sepamos descansar. Es que, además, lo hemos convertido en un premio, en lugar de ser parte de un proceso continuo. Y ahí está la fractura. En un mundo que glorifica la prisa, hacer una pausa se ha vuelto un acto casi subversivo. Vivimos en una cultura que romantiza el agotamiento, en la que parar es sinónimo de debilidad y donde la productividad se mide en desgaste. Las vacaciones, entonces, llegan como un parche, no como parte de un sistema de autocuidado, lo que es un gran error, porque el descanso no debería ser un evento extraordinario, sino un hábito estructural.

Las vacaciones son necesarias. Sin duda. Pero deben ser un espacio para reconectar con hábitos saludables, no para abandonarlos y mucho menos para darse el “permiso” de agredir nuestra salud o abandonar el cuidado de las enfermedades que padecemos.

En un país donde la enfermedad sigue siendo una factura recurrente y silenciosa, tal vez la revolución pendiente no está sólo en hospitales, también en aprender a hacernos responsables de nuestro cuidado. Así que, si pueden, tómense unos días durante esta temporada y, si no, al menos empiecen a incrementar las pausas durante su jornada para evitar romperse.

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