Hay una pregunta que recibo con enorme frecuencia en mis redes sociales y por mensajes privados: “Juana, ¿me puedes recomendar un buen médico para…?”. Para un cáncer. Para un problema de rodilla. Para ansiedad. Para menopausia. Para un hijo. Para un padre. Siempre respondo con gusto porque conozco extraordinarios profesionales de la salud. Sin embargo, cada vez que envío un nombre me queda dando vueltas una pregunta: ¿y qué tan buen paciente eres tú?. Porque encontrar al mejor médico no garantiza el mejor resultado.
En el sector salud solemos evaluar a los hospitales, a los médicos, a las tecnologías o a los medicamentos. Hablamos de certificaciones, experiencia, publicaciones científicas y años de entrenamiento. Muy pocas veces volteamos hacia el otro lado de la consulta para preguntarnos si el paciente realmente hace su parte.
La OMS estima que en enfermedades crónicas sólo alrededor de 50% de los pacientes sigue correctamente los tratamientos prescritos. Es decir, uno de cada dos abandona medicamentos, modifica dosis, interrumpe tratamientos o simplemente decide no seguir las recomendaciones recibidas.
Esta falta de adherencia terapéutica se asocia con mayor progresión de las enfermedades, más hospitalizaciones, mayor mortalidad y un enorme desperdicio de recursos para los sistemas de salud. Una revisión sistemática publicada este año, que analizó cientos de estudios en distintas enfermedades, confirma que la no adherencia incrementa los costos sanitarios y empeora consistentemente los resultados clínicos.
Lo más interesante es que el problema casi nunca es la falta de inteligencia del paciente. Vivimos en una época donde cualquier diagnóstico llega acompañado de miles de opiniones. Antes de iniciar un tratamiento, muchas personas consultan en buscadores y redes sociales con la pregunta “¿A alguien más le pasó?”, y con frecuencia la experiencia de un desconocido termina teniendo más peso que la explicación de un especialista que dedicó más de una década a formarse.
No es difícil entender por qué. Internet democratizó el acceso a la información, pero también eliminó los filtros entre evidencia científica y opinión personal. Los algoritmos premian las historias que emocionan, no necesariamente las que tienen razón. Así aparecen frases como “yo dejé ese medicamento y me curé”, “a mi tía le hizo daño”, “mejor toma este suplemento natural”, “los médicos sólo quieren recetar”. Y entonces ocurre algo muy humano: el paciente deja de seguir un tratamiento no porque no quiera curarse, sino porque empieza a dudar.
La adherencia terapéutica es mucho más compleja que la obediencia. Depende de múltiples factores: comprender la enfermedad, confiar en el médico, poder pagar el tratamiento, tolerar los efectos adversos, recordar las dosis, contar con apoyo familiar e incluso tener acceso oportuno a los medicamentos. La propia OMS reconoce que es un fenómeno multifactorial y que mejorarla tendría un impacto en salud incluso mayor que muchos avances farmacológicos.
Esto también obliga a hacer autocrítica desde el otro lado del escritorio. Los profesionales de la salud enfrentan hoy uno de los mayores retos de la medicina contemporánea: convencer sin imponer. Ya no basta con decir “tómese esto”. Es necesario escuchar, explicar, responder dudas, reconocer temores, negociar expectativas y construir decisiones compartidas.
¿Le damos toda la información necesaria a nuestros médicos?, ¿les hacemos todas las preguntas?, ¿abandonamos el tratamiento cuando nos sentimos mejor?...
Ser un buen paciente no es obedecer ciegamente. Significa participar activamente, preguntar, entender, expresar dudas, compartir miedos y, una vez tomada una decisión basada en evidencia, comprometerse con ella.
La mejor consulta médica no termina cuando se cierra la puerta del consultorio. Empieza cuando el paciente decide qué hacer con la receta. Y quizá ésa sea la pregunta que todos deberíamos hacernos antes de buscar al siguiente especialista: ¿Qué tan buen paciente soy?
