Un México pendular

La fantasía que podemos borrar el historial psicológico y empezar de nuevo; la realidad es que esos conversos superficiales (…) se convierten en misterios todavía mayores para sí mismos 

Mark Lilla

Mi buen amigo y acucioso analista Carlos Elizondo Mayer-Serra escribió (20/09/26) un artículo en el que nos advierte cómo se están ungiendo a los candidatos a las gubernaturas: “Los ganadores no son políticos cercanos a Claudia Sheinbaum, a diferencia de lo que hizo AMLO y lo que sabía hacer y lo que solía ocurrir en el viejo régimen priista”. 

Disiento en parte porque percibo varias novedades. En mi experiencia como priista y panista conocí el monstruo en sus entrañas. Como bien dice Max Weber, “quien se mete a la política firma un pacto con potencias diabólicas”. En forma poética mi paisano José Gorostiza en Muerte sin fin dice: “…mi torpe andar a tientas por el lodo”. Fui delegado de ambos partidos en varios estados y realicé la más difícil tarea: designar candidatos. 

Entro al tema. El PRI creó una clase política, que no siempre fue la misma. Cada generación tuvo su estilo, relatada por el historiador Luis González y González en su libro La ronda de las generaciones. Alguien debería darle continuidad a ese tema. Cada secretaría de Estado preparó a expertos, se respetaba el escalafón y se diseñaban perfiles. En términos aristotélicos, era un inmenso zoológico en el que todos cabíamos. Por algo duró 83 años.

Desde luego que hubo imposiciones, pero también buenos gobernantes. En este espacio he escrito sobre los principios que orientaban las decisiones. La última palabra la tenía el presidente, factor de equilibrio para impedir cacicazgos. Los gobernadores, en el mejor de los casos, tenían veto. Al no haber presidente priista, los dirigentes transfirieron la decisión al gobernante saliente para garantizar el triunfo, mismo esquema que hoy utiliza Morena.

La 4T y Morena no tienen políticos, sino operadores. Más bien manipuladores, colonizadores de conciencias, hábiles para convencer sin reparar en la forma de lograrlo. Hablar de que tienen nociones de administración pública sería aventurarse en una fantasía.

El PRI del siglo pasado hacía una labor coordinada por la Secretaría de Gobernación. La figura del delegado era de especial relevancia, se encargaba del trabajo previo y de sacar a los candidatos con el mínimo desgaste. En muchos casos se postuló al menos malo, hay que entender nuestra realidad. Había, además, un mecanismo sumario para renunciar a los gobernadores (49 de 1929 a 2000). La desaparición de Poderes, facultad del Senado prevista en la Constitución, solamente se aplicó en el caso de Enrique Dupré Ceniceros (Durango, 1966). 

Hoy nos hemos ido al otro extremo. Del 2000 a la fecha solamente se dieron los casos de Fausto Vallejo (Michoacán, 2014), Javier Duarte (Veracruz, 2016) y Rubén Rocha Moya (Sinaloa) en fecha reciente. 

Coincido con Elizondo, hay un peligroso riesgo de desmembramiento nacional. Los candidatos de Morena van a hacer todo para ganar, para darle continuidad a los malos gobiernos, permaneciendo impunes los delitos cometidos desde el poder.

Nuestra frustrada transición dejó pendientes muchas asignaturas, por ejemplo, la que definía Jesús Reyes Heroles en forma contundente: “El partido, partido; el gobierno, gobierno (…) Somos el partido en el gobierno, pero no somos gobierno”.

Descentralizar el poder no implica regresar a los viejos cacicazgos del siglo XIX. Federalismo con equilibrios y con responsabilidad. Ahí tenemos otra tarea aplazada. No es fácil. Se han dado equivocaciones legales que ocasionan graves daños, pues como bien sabemos, los vacíos de poder se ocupan, como en los casos de seguridad, educación y salud. La ambigüedad es enemiga de la certeza. 

Hay en el mundo crisis de liderazgos. El problema está en que no hay opciones que puedan equipararse a la democracia, un sistema principalmente ético. La amenaza es mayúscula. Los síntomas indican que vamos por mal rumbo. Ojalá se entienda.