Corea es una palabra que se ha instalado con fuerza en el vocabulario cotidiano de la sociedad mexicana. No se trata de una casualidad o de una moda pasajera, pues llevamos insertos en esta afamada Ola coreana (Hallyu) más de 20 años, reflejando el impacto de una de las estrategias de diplomacia cultural y geopolítica más ambiciosas y exitosas del siglo XXI, proyectada con precisión desde Seúl.
Caminar por la Ciudad de México o por cualquier otra metrópoli del país basta para comprobarlo; tiendas de cosméticos, restaurantes, agencias automotrices, muestras de electrodomésticos de última generación en tiendas populares, melodías de K-pop sonando en la radio o adolescentes y jóvenes haciendo un performance de dance cover en los espacios públicos mexicanos. Si en los años 90 el país asiático se daba a conocer al mundo como un pujante Tigre asiático, los Juegos Olímpicos de Seúl 88 y la Copa del Mundo 2002 fungieron como escaparates globales para su vertiginosa expansión mundial.
Desde la llegada de la llamada Ola coreana a principios del presente siglo, miles de jóvenes mexicanos, con una mayoritaria representación femenina, han construido un puente afectivo con la cultura coreana. Lo que comienza como una afición o un simple gusto por el K-pop, pronto se transforma en un interés más profundo sobre diversos aspectos culturales coreanos, resultando en altas demandas por el aprendizaje del idioma, consumo de diversos productos o el anhelo de viajar al país de la calma matutina para desarrollar estudios, imitar el estilo de los idols o simplemente turismo que ha sido fuertemente motivado por la apertura de la ruta directa CDMX-Seúl.
Sin embargo, lo coreano trasciende la efervescencia juvenil. La verdadera lección de la presencia coreana en México no está únicamente en la fascinación por sus idols globales o en los estadios para conciertos abarrotados, la pregunta de fondo que inquieta el imaginario colectivo es de carácter estructural buscando entender ¿cómo una nación devastada a mediados del siglo XX logró dar un salto monumental en su desarrollo económico y en la generación de innovación tecnológica, logrando la proyección internacional que hoy tiene?
Corea nos demuestra que la cultura no es sólo un adorno con fines de exotización, sino un activo estratégico, un motor de desarrollo industrial y una herramienta insuperable de poder blando. Mientras sus empresas e inversionistas afianzan raíces en territorio mexicano, su cultura da nuevas referencias a las juventudes del mundo.
Con aproximadamente de 560 empresas en territorio nacional, Corea ha logrado elevar el intercambio comercial con México en los últimos años. Ha desplazado incluso a socios comerciales con lo que México tiene tratados de libre comercio activos, como Japón, llegando a convertirse en el quinto socio comercial de México, las inversiones de capital coreano generan más de 150 mil empleos directos en territorio nacional.
Seúl ha entendido la tierra fértil de México, su valiosa mano de obra y su incomparable ubicación regional, una triada que hace del país el enclave perfecto en el continente americano y por lo que Corea busca ampliar la relación económica existente y próspera que ha mantenido en los últimos años a través de una firma de acuerdo comercial entre ambas naciones.
México puede aprovechar esta relación económica tan estrecha con Corea construyendo vínculos institucionales más cercanos. La participación con Corea a través de un tratado de libre comercio podría beneficiar en modernización de infraestructura, mejoramiento industrial y transición a energías verdes. México y la República de Corea pueden construir un tratado fundamentado en la reciprocidad, donde México deje de ser visto como una simple plataforma de producción y Corea deje de ser considerada simplemente como una fuente de capital extranjero.
*Investigadora del Programa Universitario de Estudios sobre Asia, África y Oceanía.
