En cada generación nacen hombres perversos, el deber de una nación es hacerlos impotentes.
Cicerón
A mi juicio, Kant asumió el principio cristiano de “amar a tu prójimo como a ti mismo” de forma distinta: “Actúa sólo según aquella máxima por la cual puedas querer al mismo tiempo, que se convierta en ley universal”. En el siglo XX, Hans Jonas le hizo un agregado: “Obra de tal manera que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de una vida humana auténtica en la tierra”.
Son ideas de una indiscutible actualidad; por más que compliquemos la política, no escapa a la ética. Toda decisión desde el poder, no en el momento que se asume, sino cuando se pueden percibir y evaluar sus resultados, invariablemente se somete al juicio binario de calificarla de buena o mala. Desde luego, es un ejercicio de ponderación y proporcionalidad para determinar un saldo y entonces dar un veredicto.
Desde el servicio público, el dilema se confronta entre lo inmediato y el largo plazo. Aquí entra el principio de responsabilidad. Desafortunadamente se privilegia resolver el conflicto a la mayor brevedad, dejando pesadas cargas a las siguientes generaciones.
Así ha sucedido en la historia de muchos países. Particularmente en México, se gobierna sin sentido de trascendencia. Las consecuencias son evidentes en todos los órdenes. La lucha entre el egoísmo y el altruismo no ha sido favorable, por decirlo suavemente, para nuestra comunidad.
En la veleidosa batalla por los derechos humanos, desde hace algunas décadas se empezó a hablar de derecho sustentable o intergeneracional. Viendo lo que pasa en otras naciones, me atrevo a afirmar que la brecha entre jóvenes y viejos es más ancha que en el pasado.
Dos proclamas son emblemáticas. En 1968: “Seamos realistas, exijamos lo imposible”. En 2026: “Si nos quitan el futuro, bloqueamos el presente”. La idea es la misma. Una actitud confrontacional irremediable. Siendo estudiante aprendí que el Estado de derecho es el punto equidistante entre la dictadura y la anarquía. Conservar el equilibrio es tarea prioritaria.
Todo eso está en juego. Se habla de envejecimiento, de hartazgo, de depresión. En España se dio el movimiento de los indignados (15/05/2011); en Chile fueron los inexplicables estallidos de octubre de 2019. Hoy son Francia, Italia, Bélgica… Vivimos en un mundo globalizado y no somos inmunes. Hay suficientes indicadores para afirmar que el “topo de la historia” está trabajando. Ante esta situación de extremo riesgo, se impone como principio ético categórico restablecer la comunicación. Las grietas son señales de catástrofe. La legitimidad se pierde con el engaño. Compromiso que se hace, se cumple.
Giuliano da Empoli hace una reflexión pertinente: “No hay nada más violento que la política; si los militares no combaten más que cuando están en guerra, los políticos están en guerra todo el tiempo”.
No se requiere ser muy perspicaz para percibir la carga de coraje que aflige a los mexicanos cuando se pretende conservar el poder al precio que sea. La discordia es el peor veneno para la democracia. Sembrarla es un crimen de lesa patria. Diluirla es el compromiso que se asume cuando se juramenta “Cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanen”. Esto es, la humanista actitud de conciliación y consenso. En una palabra, civilidad.
Soy fanático de la historia evenemencial, el relato de momentos puntuales que repercuten en el devenir de las naciones. Cuando Guerrero e Iturbide se reunieron (10/02/1821), el primero dijo: “Yo señor felicito a mi patria porque recobra en este día un hijo cuyo valor y conocimiento le han sido funestos”. Comonfort restauró la vigencia de la Constitución (17/12/1857) y ordenó liberar a Juárez. Ávila Camacho (15/09/1942) reunió a los seis expresidentes, cerrando un pacto de unidad.
Debemos seguir estos ejemplos. De no hacerlo, todos lo vamos a lamentar.
