Nada sabrás de ti mismo si no descubres lo que puede haber de mal en el bien, ni cuanto bien puede germinar en el mal.
Carlos Castillo Peraza
La tarea más compleja de los partidos políticos es elegir candidatos; hacer coincidir los designios de las cúpulas; la aceptación de la militancia; las preferencias electorales y las personas idóneas por sus atributos para el desempeño del cargo. Todo ello mediante un proceso con visos de credibilidad democrática.
El sistema político mexicano se fue cuajando lentamente a partir de la Constitución de 1917. Cada gobierno le imprimió diversas modalidades obedeciendo a los reclamos de su evolución. Eran reglas no escritas, pero rigurosamente observadas. Cometo de inicio una herejía. Me atrevo a afirmar que presidentes con auténtica vocación democrática solo hemos tenido tres: Guadalupe Victoria, Francisco I. Madero y Vicente Fox.
El priismo entendió el fin por el cual fue creado: un mecanismo de transición consciente de su provisionalidad y su déficit de legitimidad. El gobierno de Adolfo Ruiz Cortines le imprimió los últimos rasgos. Los presidentes municipales eran elegidos por el pueblo mediante un sondeo previo del acto formal en que el partido, con la venia de los sectores, lo ratificaba. Los diputados locales les tocaban a los gobernadores con la supervisión del centro del país. Estos últimos eran seleccionados mediante varios “cedazos” hasta la palabra final del presidente de la República.
Los diputados federales les correspondían a las estructuras institucionales, con excepción de un grupo selecto para hacer el trabajo legislativo y parlamentario. Cada secretario de Estado designaba al encargado de defender los lineamientos de su área. El presidente seleccionaba a los senadores con el consenso (encargado al secretario de Gobernación) de todos los involucrados.
Por último, “el primer priista del país” definía a su sucesor. Ruiz Cortines decía que los minutos más importantes del periodo eran los anteriores al destape de quien conduciría al país el siguiente sexenio. Obligación que, en términos generales, los priistas asumieron con bastante responsabilidad.
En esas tareas, los delegados hacían el trabajo de operación política. Eran la bisagra entre el centro y la periferia. La presidencia del partido recayó en profesionales con formación ideológica y experiencia. Conciliadores hábiles, si alguien fallaba (sobre todo gobernadores) era cesado sin mayor trámite. Eso los hacía ser disciplinados y, en cierta forma, recatados en sus decisiones.
El PAN como oposición no tenía dificultad para escoger candidatos. Las posibilidades de triunfo eran escasas, al igual que los aspirantes. Cuando arribó al poder, no supo diseñar un método que fuera congruente con su tradición democrática y, en su afán de imitar al PRI, perdió lo más valioso de su abnegada trayectoria: su doctrina.
Con los diputados de partido, en el periodo de López Mateos, inició el cambio del PRI que culminó con la alternancia en el año 2000. A mi juicio, ahí concluyó su existencia. Lo que hoy vemos no es la continuidad de lo que funcionó en el siglo pasado.
De lo anterior se desprende que lo más importante no es la forma en que se eligen candidatos, sino la honestidad con la que se conducen, priorizando las garantías mínimas que nos permitan esperar un buen trabajo ya en el cargo. Proponer elecciones primarias puede ocasionar, si la conducción es sesgada, a divisiones insuperables.
Vayamos ahora a los absurdos. Simulacros de Morena que, con el mayor descaro y con las fachadas de las encuestas, ha llamado a los más descalificados para ejercer el poder. Estoy seguro que ninguno de ellos hubiera ascendido ni en el PRI ni en el PAN a los cargos que hoy ocupan.
El desafío es mayúsculo: preservar la gobernabilidad, impedir la intromisión del crimen organizado, desarrollar campañas civilizadas y culminar con autoridades legítimas sin conflictos postelectorales, entre otros objetivos.
