El sátrapa saluda el diálogo

De no haber sido apresado, Nicolás Maduro seguiría encarcelando a opositores, defensores de derechos humanos y descontentos con su gobierno, torturándolos, desapareciéndolos, ordenando disparar contra manifestaciones pacíficas (si es que, después de la brutal represión que desató contra quienes protestaban contra el burdo fraude electoral con el que se agandalló la elección presidencial de julio de 2024, todavía hubiese valientes que salieran a las calles a manifestarse).

Por su empecinamiento en permanecer en el poder, Maduro fue capaz de las peores atrocidades. Su objetivo vital no podía ser más miserable: seguir gobernando toda su vida, sin que le importara un cacahuate (maní le llaman en Venezuela) que ocho millones de sus connacionales hubiesen salido del país —la cuarta parte de la población— huyendo de la falta de libertades, los abusos de poder, el desabasto de productos de primera necesidad, la miseria, la falta de oportunidades, la atmósfera social opresiva, la hiperinflación  —269.9% anual en 2025—, los hospitales sin insumos ni medicamentos, los cortes frecuentes de luz y agua, los altísimos índices de violencia, el salario mínimo congelado equivalente a un dólar mensual, entre otras cosas.

El sátrapa ahora ha saludado en sus redes sociales “todo camino de diálogo” ante la primera reunión presencial, prevista para la próxima semana, entre representantes del gobierno interino y opositores, respaldada por Estados Unidos. “Hablar de un renacimiento nacional como meta común ––dice el mensaje difundido en la cuenta de Telegram de Maduro–– es hablar de respeto mutuo en la diversidad, la inclusión de todos y todas… Saludamos todo camino de diálogo que ayude a consolidar la paz, la convivencia y el encuentro entre venezolanos… Hagamos de agosto un mes de maravillosos logros, solidaridad comprometida, diálogo sincero y renacimiento espiritual para Venezuela”.

Son las palabras de un responsable de crímenes de lesa humanidad que jamás saludó el diálogo con la oposición, que no tuvo empacho en robarse la elección presidencial de hace dos años a pasar de que quedó incontrovertiblemente demostrada su derrota, que incumplió su promesa de respetar el resultado de los comicios. Son las palabras del chacal que ejerció el poder con crueldad extrema y ahora, enjaulado, da la bienvenida a la convivencia y el encuentro entre venezolanos, a un sector de los cuales condenó durante su gobierno a la persecución, a la cárcel, al tormento, a la separación de sus seres queridos, a la desesperación, al exilio.

Maduro no cree en el diálogo con la oposición. En sus 13 años en el gobierno su política frente a los opositores fue la represión generalizada utilizando los cuerpos de seguridad e inteligencia, el aparato judicial sometido y los llamados colectivos —pandillas de civiles armados para inhibir, silenciar, apalear e incluso balacear a disidentes e inconformes—. El diálogo de Maduro con la oposición fue la formulación contra los opositores de cargos tales como terrorismo o traición a la patria, los cuales conllevan penas de prisión altísimas.

El debido proceso no existió en Venezuela ni con Chávez ni con Maduro. No se permitía a los detenidos elegir un abogado. Se les asignaban defensores públicos sin voluntad ni capacidad efectiva de actuación eficaz, se les negaba el acceso a los expedientes, se les incomunicaba por periodos prolongados, se les sometía a interrogatorios durante los cuales eran maltratados o atormentados, y se les privaba de alimentos y bebidas durante días. Ese fue el diálogo de Maduro con quienes caían en sus garras.

Cuando ya no está en posibilidad de reprimir, encarcelar, torturar, asesinar, desaparecer, el sátrapa saluda el diálogo. Con los antecedentes apuntados nadie puede creer en un Maduro dialogante, favorecedor de encuentros con opositores, deseoso de un “renacimiento espiritual” (además de asesino, cursi) para Venezuela. Ese país, hundido en una crisis humanitaria, podrá empezar a salir del infierno al que lo condenó el chavismo cuando sus ciudadanos puedan elegir a sus gobernantes, cuando las familias se reencuentren. En ese deseable escenario nada tiene que hacer Maduro.