Elogio de la traición
Todo el mundo se jacta de ser honesto, lo cual nos da la magnitud de nuestra crisis. Esa virtud es requisito sine qua non para quien pretenda hacer política. Se habla también de cumplir la ley, pero la única forma de justificar no acatar la norma jurídica son argumentos sólidos como los de Antígona oponiéndose a las órdenes del dictador.

Juan José Rodríguez Prats
Política de principios
La política no es más que un territorio estrecho al que conduce un camino aún más estrecho.
Henry David Thoreau
En la medida que nos aproximemos al fin de sexenio, surgirán propuestas de toda índole, magos cuyas fórmulas nos resolverán nuestros problemas y proclamas prometiendo el retorno al paraíso.
Sería muy sano, por tanto, un intento para depurar el lenguaje político.
Toda mi vida me ha intrigado qué se entiende por proyecto de nación. Creo, con humildad, que deberíamos hablar de lo que se puede hacer desde el gobierno ante la escasez de recursos de toda índole.
Ahora se introducen palabras que confunden más, como la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. O los “hechos alternos”, término acuñado por una colaboradora de Donald Trump.
Todo el mundo se jacta de ser honesto, lo cual nos da la magnitud de nuestra crisis. Esa virtud es requisito sine qua non para quien pretenda hacer política. Se habla también de cumplir la ley, pero la única forma de justificar no acatar la norma jurídica son argumentos sólidos como los de Antígona oponiéndose a las órdenes del dictador Creonte o del mismo Thoreau hablando de la desobediencia civil.
A pesar de la alternancia, seguimos haciendo política aferrados a ciertas inercias. Vale la pena leer un libro escrito hace algunos lustros por dos franceses, Denis Jeambar e Yves Roucaute, título de este artículo. Transcribo una idea central:
“La traición es la expresión política de la flexibilidad, la adaptabilidad, el antidogmatismo. Su objetivo es mantener los cimientos de la sociedad, en tanto el de la cobardía criminal es disgregarlos”.
No estoy justificando las deserciones y los cambios de camiseta o partido, cada caso debe analizarse en lo individual. Sí creo que una absoluta congruencia deviene una manifiesta incongruencia. El político vive en una permanente tensión entre ideal y realidad. Por eso es preciso formular propuestas de posible realización. Plantear hoy dar marcha atrás a la Reforma en Energía para fortalecer a las empresas públicas Pemex y CFE, cuyos fracasos han sido monumentales, es imposible y de un alto costo. Además, implicaría continuar metiendo dinero en un inmenso barril sin fondo.
Ya hemos insistido en lo obsoleto de los términos izquierda y derecha que más bien estorban un análisis objetivo. Por ejemplo, es absurdo criticar a Trump por ser de ultraderecha, cuando más graves son sus mentiras, sus decretos antiinmigrantes y sus agresiones a los derechos humanos, así como su trato grosero contra quien ha levantado con mayor vigor la voz de resistencia, la líder de la democracia cristiana Angela Merkel.
Seguramente, surgirá el viejo tema de nuestra Constitución, si debe ser modificada, reformada o sustituida por una nueva. Diego Valadés ha hecho, como siempre, certeras reflexiones respecto a la necesidad de prestigiarla mediante su observancia. Necesitamos desbrozar nuestro derecho, empezando por el electoral. Si las reglas no están claras para regular el acceso al poder, mayor es nuestro extravío para ejercerlo y, en el caso de su desviación, tenemos la inefable impunidad.
Tal vez valdría la pena empezar por un breve señalamiento de nuestras más graves carencias. Lo dijo con gran magisterio el papa Francisco: “El desempleo es real, la violencia es real, la corrupción es real, la crisis de identidad es real, el vaciamiento de la democracia es real. La gangrena de un sistema no se puede maquillar eternamente porque tarde o temprano el hedor se siente”.