El Museo Dolores Olmedo (MDO) reabre hoy sus puertas con buenas noticias y lo hará con un aspecto impecable en su apariencia, con la exhibición de algunos espacios personales que habitó doña Lola Olmedo, que formarán parte de la visita pública permanente, junto a una salita dedicada a la relación amistosa que sostuvo con Diego Rivera y que incluye dibujos, fotografías y cartas.
Sin embargo, la parte medular es y seguirá siendo la mayor colección de obras de Diego Rivera y Frida Kahlo que, al parecer, ya no se irá al Parque Urbano Aztlán, en Chapultepec. Y lo planteo con un aire de duda porque, hasta el momento, ninguna autoridad del recinto ha tenido la elegancia de confirmarlo o negarlo. Sencillamente hoy se abre el museo, luego de seis largos años, en el marco de la fiebre mundialista, para que los turistas lo visiten, pero sin que exista una certeza de que la colección será inamovible, salvo préstamos temporales.
El recorrido incluye uno de los primeros dibujos que Diego hizo a los 10 años; cuadros de su etapa cubista como Composición con busto y Naturaleza muerta con utensilios; óleos como Mujer con gansos y El rastro, y una amplia selección de piezas prehispánicas.
También están de regreso los óleos de Frida, distribuidos en dos salas, como Autorretrato con changuito, Hospital Henry Ford, Unos cuantos piquetitos, La columna rota y La máscara (de la locura).
Sobre esta última pieza, en el recorrido que se dio a medios la mañana del pasado jueves, la guía Nora Sánchez relató la historia de que ese cuadro lo hizo la artista con el corazón roto por la aventura de su esposo con su hermana menor, Cristina Kahlo. También dijo que, como Frida sintió volverse loca, se cubrió el rostro con una máscara carnavalesca y pintó su cabello de color violeta, símbolo de la locura.
Ya hemos escuchado esa anécdota, pero me parece que cada día se le añaden más elementos y supuestas interpretaciones que no estoy seguro si aportan algo o si sólo alimentan una narrativa cargada de morbo en torno al sufrimiento de la artista. Aquí, me parece, los directivos del MDO tendrían que ser más cuidadosos con las narrativas autorizadas.
También sería necesario que el museo aclarara por qué las obras de Frida que regresaron de Houston, donde permanecieron expuestas, apenas descansaron 72 horas para volver a los muros. ¿No era necesario que ese conjunto reposara semanas o meses para su revisión y readaptación?, ¿acaso estamos ante una situación excepcional o ya no es necesario pensar en eso?
Quizá me equivoco, pero lo pregunto desde aquí, porque ninguna autoridad del museo —sea Carlos Phillips Olmedo o alguna de sus hijas— tuvo la atención de asistir al primer recorrido para medios que ellos mismos convocaron, pese a que sabían perfectamente que existen muchas dudas.
Por ejemplo, explicar a cuánto ascendió el presupuesto invertido en la renovación del recinto, en qué consistieron los trabajos de conservación del acervo, cuáles serán los próximos préstamos o itinerancias de la colección, por qué no se consideró mantener un día de acceso gratuito y bajo qué argumento decidieron ignorar a los integrantes del colectivo ciudadano Defendamos el Museo Dolores Olmedo.
Por último, quiero señalar la falta de pericia de quienes dirigen el MDO, pues decidieron no enviar a un vocero para atender las preguntas de la prensa cultural. En su lugar, usaron a una agencia de relaciones públicas (Órbita) que, con soberbia y sin experiencia en casos como éste, intentó minimizar y manejar a los periodistas como infantes que deben callar y seguir órdenes y, ante el síndrome de su ignorancia, halló un boicot en cada duda, en especial de Bernardo Gamboa, su coordinador. ¿En serio era tan difícil bajar del pedestal y sólo responder?
