Ahorita
Normalmente me llevo bien con los tiempos de entrega, esos mentados deadlines que nos persiguen a todos en muchos momentos de nuestra vida. Pero ya me di cuenta que no tengo problemas con las fechas límite que me exijo yo mismo, pero lo que es con las que me imponen ¡uy!, ...
Normalmente me llevo bien con los tiempos de entrega, esos mentados deadlines que nos persiguen a todos en muchos momentos de nuestra vida.
Pero ya me di cuenta que no tengo problemas con las fechas límite que me exijo yo mismo, pero lo que es con las que me imponen ¡uy!, nomás no me pongo de acuerdo.
No crean que las fechas de entrega autoimpuestas son menos duras que las exteriores. En realidad son igual de importantes, no es que las mías las cambie faltando unos días de la fecha fatídica. Podría decir que hasta me gusta tenerlas y cumplirlas. Es la forma en que avanzo.
Un día de 2013 me di cuenta de que si no me ponía deadlines cada semana jamás iba a escribir ficción, que es lo que más me gusta leer. Recuerdo el día exacto: fue en Santiago de Chile, el día que murió Lou Reed. Estaba yo en mi habitación escribiendo en mi libreta cuando me di cuenta de que ese era el único camino posible. Al menos para mí. No sé si el fallecimiento de uno de mis ídolos tuvo que ver. La Muerte, ese personaje con su guadaña segando vidas, siempre rondándonos, me hace pensar muchas cosas.
Me gusta creer que la Muerte es como la dibujan en Sandman, el cómic escrito por Neil Gaiman. Ahí aparece guapa, de pelo no tan largo negrísimo, con ojos pintados con mucho delineador, siempre vestida de negro como una darkie de los 80, una emo de los dos mil. De los Eternos, la Muerte es la que mejor se lleva con Sandman, el amo y señor del reino de los sueños.
Quizá ese día me visitaron los dos en Chile, ¿vas a dejar que pase más tiempo para realizar tus sueños?, sonó en mi cabeza. Por suerte no vi al Sandman, que me hubiera hecho saltar por la ventana. Mi habitación estaba en el piso más alto, allá a lo lejos se veía la cordillera.
Me pasé todo 2014 cumpliendo fechas de entrega semanales. No sólo una sino dos, la de los cuentos y la de la columna. Tendría que ser un experto en deadlines, escribí 25 cuentos en ese año y 25 columnas. Unas fechas de entrega eran autoimpuestas y otras eran externas. Los dos casos de los que ya hablé al principio.
Pero no sé si a ustedes les pasa, pero hay años —o meses— en que uno puede hacer muy fácilmente lo que se propone. Recuerdo épocas en las que visité regularmente el gimnasio, como me lo había propuesto, cumpliendo rutinas, entrando a clases de spinning y haciendo kilómetros en la caminadora. O años en los que cuidé mi alimentación como nunca antes (ni jamás después).
Trato de recordar qué era lo que me motivaba, si había algo en mi vida que estuviera distinto al hoy y no lo encuentro. Sólo existe eso: la motivación de ir al gimnasio o no. Hacer ejercicio o no.
Lo mismo me pasa con los deadlines. Este año no me he autoimpuesto un cuento cada semana, estoy escribiendo más libremente y avanzo, lento, pero avanzo. He escrito varias canciones para el disco nuevo de Café Tacvba y otras que quiero que alguien más cante. Con lo que no puedo, o me ha costado más trabajo que nunca, es con las fechas de entrega que vienen del exterior.
Pretextos tengo un montón, pero todos los tenemos. Que ando haciendo un disco, que mi mamá está en el hospital, que realmente no sé si lo que estoy haciendo vale la pena. Como digo siempre: por suerte no soy un cirujano que tiene que salvarle la vida a una niña o el presidente de un país que se lleva a la ruina a todos sus compatriotas.
También, por suerte, vivo en México, donde el tiempo se estira como un chicle y el “ahora” es un momento absurdamente largo en la línea temporal.
Tengo amigos argentinos a los que les he tenido que explicar lo que significa la palabra “ahorita”, con la que se encuentran cuando viajan por mis tierras, y la entienden. Con los europeos es más difícil.
No la uso nunca, pero en estos tiempos me gustaría usarla: Dame chance, de veras, ahorita te lo mando.
Si, ajá, ahorita.
