En lugar de aceptar negociar un exilio dorado, Nicolás Maduro decidió estirar la liga y exponerse a lo que finalmente le ocurrió el pasado sábado 3 de enero a las 2 de la madrugada: ser extraído de su búnker por un minucioso y certero operativo militar de grupos de Fuerza Delta de EU y trasladado a Nueva York para ser juzgado por cargos de narcoterrorismo. El corolario Trump de la Doctrina Monroe inaugura una nueva era en América Latina con esta intervención, que, aunque erradica de la política continental y nacional a un actor nocivo para la vida democrática que pocos van a extrañar, es violatoria de la legalidad internacional.
Los intereses de Washington en Venezuela hoy no responden a una vena democratizadora y de respeto a los derechos humanos, violados sistemáticamente por Maduro y su camarilla desde hace años, sino al interés por recuperar el control del petrodólar en el geopolítica regional y global: Washington pretende amarrar la política petrolera al dólar digital estadunidense y este resurgimiento es el que pretendidamente Estados Unidos está buscando para dominar el mundo.
Ya no se trata de la fuerza bélica, sino del reinado de un nuevo petroimperio que conduzca al control de los mercados internacionales, obligando a otros países hegemónicos, como Rusia y China, quienes, de haber transformado su política de intercambio petrolero del yuan y el rublo, regresarían al dólar, dando con esto una nueva presencia al neoimperio encabezado por Donald Trump en Estados Unidos.
De esto se trata la intervención en Venezuela, además, desde luego, también está la pretensión de deshacerse de la presencia incómoda de China, Rusia e Irán, que ocupan espacios estratégicos en los ámbitos militar y económico. El regreso a la democracia va a tener que esperar y Edmundo González y María Corina Machado han sido, por el momento, marginados del proceso de transición, el cual Washington pone en manos de la hoy presidenta Delcy Rodríguez, a la cual ha advertido que, de no cooperar para que Estados Unidos cumpla su cometido, le puede ir peor que al dictador desaforado.
De forma tal que toda la administración del Estado, incluido el control militar, administrativo, fronterizo, petrolero y demás asuntos, los ponga la antigua vicepresidenta chavista, y hoy presidenta jurada, a las órdenes de la administración Trump para iniciar un control polar sobre los destinos de Venezuela; así lo dijo Trump: “queremos acceso a todo lo que pidamos, al petróleo, a carreteras y puentes, todo lo que exijamos nos lo tiene que dar. Si no hace lo correcto, probablemente pagará un precio más alto que Maduro” (El País, 05-01-2026).
Ciertamente esta medida pragmática y brutal por parte de Washington expone todo el enorme poder del régimen chavista al escrutinio estadunidense y lo obliga a mover ficha sólo en función del beneficio estratégico de EU. La descomposición y fragmentación del Estado vendrá después para que los sectores civiles de la oposición, que en su mayoría están en el exterior o encarcelados, tomaran su lugar en la transición política y lo “recompongan” a la conveniencia de Washington. Pero primero viene lo primero: la sobrevivencia de un régimen anclado a la voluntad absoluta de Foggy Bottom y la Casa Blanca. En este sentido y aun cuando el chavismo prevalezca en Venezuela, la soberanía de este país ha quedado hecha añicos por culpa del régimen mismo y por la capacidad neoimperial de imponerse a toda costa en todo el espectro de asuntos de la entraña venezolana.
Con la caída de Maduro esa endeble soberanía se acabó para transformarse por el momento en una dependencia asoberana de EU que no terminará, repito, hasta que Washington vea cumplidos sus objetivos y sus intereses instrumentales de dominación y control en ese país. El tutelaje de Washington durará un largo rato.
Trump ha designado como responsables de la “transición” a tres halcones: Marco Rubio, secretario de Estado, Pete Hegseth, secretario de Guerra y, el más radical, Stephen Miller, asesor en temas de seguridad y migración, lo cual garantiza la continuidad de la línea dura en el tratamiento de los asuntos del Estado venezolano. Uno de los objetivos de esta triada será la de tutelar el proceso y cuidar que la política petrolera, entre otras, sea la que designe Washington.
En esta estrategia está incluida una política de desangre de Cuba que, hoy por hoy, según el New York Times, recibe 35 mil barriles diarios de petróleo venezolano para subsistir (según esta fuente, de México y Rusia recibe 7 mil barriles diarios. Empero, para el Financial Times, México superó en 56% a Venezuela enviando actualmente 12 mil barriles). Para Trump, la cancelación de este suministro (y Trump está presionando ferozmente a México para que le baje) implicará por sí sola la caída del régimen de la Habana.
La potencial precariedad de esta situación para Cuba está más que reflejada en las palabras de Bruno Rodríguez Padilla, ministro de Exteriores cubano, quien dijo que la caída de Maduro “nos pone en un crítico dilema existencial, para nuestra sobrevivencia como Estado nación y Estado soberano independiente” (NYT, 06-01-2026). Con esto, la caída del dictador Maduro provocaría un efecto dominó que dejará a Cuba más indefensa que nunca en su dependencia económica, en toda su historia de más de 60 años de régimen dictatorial. Así las cosas, este ajedrez iniciado por Trump impactaría a la geopolítica regional como nunca en tiempos recientes lo había hecho, y coloca a EU en una posición de enorme fuerza que le otorga todas las ventajas frente a los intereses rusos y chinos en la región e impone frente al continente una nueva versión de la Doctrina Monroe.
