Educación sin diagnóstico, continuidad de una frustración

¿Cuál es el contexto áulico al regresar a actividades presenciales cotidianas en el esquema pospandemia covid-19?

El próximo lunes, 29 de agosto, el sistema educativo en México reinicia actividades totales tras 29 meses de irregularidades, intenciones y hasta ocurrencias; y al parecer ninguna institución ha hecho público un diagnóstico para analizar e interpretar el contexto áulico (tiempo, lugar, circunstancias), aquellos elementos que constituyen la reincorporación a los procesos educativos presenciales.

Para una planeación real, el profesorado requiere datos que permitan crear el perfil del grupo, de cada estudiante y las rutas posibles para el cumplimiento de los aprendizajes determinados por la escuela, la autoridad, el teórico o el político en turno. De tal forma, se refieren tres elementos por considerar: alumno, docente, institución.

Hay “datos” y los “otros datos”. Así, se sabe la cantidad de docentes y alumnos que regresan a la actividad en las escuelas y el calendario, referentes básicos de lugar y tiempo que anuncia la SEP. Y también, el referente general a la mano del Inegi, que informó que casi 33 millones fueron los inscritos para el ciclo 2020-2021, casi el 61% de la población entre 3 y 29 años ¿Y para el 2022-2023 cuántos inscritos?, ¿otra vez más de 21 millones sin acudir a las aulas?

Y ante lo vivido por la humanidad, y siendo México uno de los países que más días de inasistencia a las aulas registró, la pregunta inicial es: ¿cuál es el contexto áulico al regresar a actividades presenciales cotidianas en el esquema pospandemia covid-19? Y, es que uno de los últimos referentes de deserción proporcionado por la Organización Educación con Rumbo es que durante los ciclos escolares 2020-2021 y 2021-2022 más de 1 millón 432 mil desertaron.

Ante programas educativos nuevos que, además, suponen un modelo diferente, la autoridad debe presentar, explicar, aclarar, todo lo referente a los contenidos y procesos. El docente debe vincular su conocimiento y experiencia a las actuales circunstancias. Y del alumno urge un diagnóstico de aprendizajes logrados y contenidos referidos. Es indispensable construir una arquitectura de conocimiento general: educativamente de dónde vienen y cómo están la institución, el docente y el alumnado para determinar estratégicamente una trayectoria de viabilidad para la enseñanza-aprendizaje.

Pero lo más trascendente para el momento histórico es el factor humano, los referentes contextuales, lo afectivo y anímico. La organización escolar se encuentra sometida a un vaivén de cambios desde la propia autoridad responsable de la cartera política administrativa (3 titulares en la SEP) hasta el plan de estudio para cada grado; los docentes, al igual que muchos ciudadanos, provienen de un claustro involuntario y no pocos casos tuvieron pérdidas (familiares, afectivas, económicas, materiales) y la alteración del ritmo en la actividad generadora de conocimiento. Y los alumnos, en todos los niveles, incluso presentan motricidad inmadura tras dos años interrumpidos de movimientos libres en patios, canchas y espacios de desarrollo autónomo o esparcimiento; con tanto intento de clases por televisión o vía computacional, la sicomotricidad fina también presenta diferencias con los estándares prepandémicos, al igual que la socialización, el ritmo de trabajo, incluso la ingesta de alimentos con horarios diferentes entre casa y escuela.

En cuanto a los referentes de cumplimiento, metas, objetivos o logros, todo es desconocido. Que ahora no habrá grados, no se reprobará, no habrá calificación numérica… se trabajará con libros de texto gratuitos con nuevo contenido. Lo que es una realidad, por ejemplo, es que al Nivel Medio Superior ingresa una generación que por decreto aprobó, nadie reprobó en tercero de secundaria, sin más “repercusión” que lo registrado en el examen general de ingreso al bachillerato (Comipems): alumnos con “buenas calificaciones” y con cursos particulares de preparación que “lograron” bajo puntaje y no ingresaron a “lo que querían”. Es la continuidad de una frustración no atendida por las improvisaciones en las políticas educativas.

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