Tramposos, tramperos y trampeados

La vida profesional de la abogacía, de la fiscalía y de la política me ha obligado a prevenirme y a protegerme de las trampas. Aprendí que el tramposo actúa porque se sabe inferior y apetece un logro superior. Por eso me he asombrado cuando he visto a alguien que hace trampa para su propio mal.

 Recuerdo que un terremoto capitalino derribó un inmueble del cual, según diversos medios, fue mal construido, merced a permisos corrompidos pagados por sus dueños, pese a que lo utilizarían no para venderlo ni para arrendarlo sino para vivirlo. Pagaron para su propio mal. Perdieron vidas inocentes, negocio, casa y libertad no sólo por tramposos sino por estúpidos. Si yo fuera tramposo quizá compraría una licencia de taquero, pero jamás una de aviador. No es lo mismo equivocarse de salsa que equivocarse de pista.  

Algo similar sucedió con los tramposos del examen de admisión de la UNAM. Tiene cierta lógica hacer trampa para aprender, pero no para ignorar. Desde que cursábamos la carrera sabíamos quiénes estudiaban y aprendían, así como quiénes copiaban e ignoraban. Nos quedaba en claro quiénes serían y resultaron ser unos fregones, así como quiénes serían y resultaron ser unos pendejos. 

Siempre nos dijimos que al que es tramposo y es ignorante no lo contratemos para nuestros cargos públicos ni para nuestros bufetes privados, no los recomendemos con nuestros clientes ni con nuestros amigos, no los hagamos socios ni los hagamos iguales. No sirven para nada y nada esperemos de ellos. Cuando mucho, encarguémosles los trabajos sucios y con cargo a ellos mismos. Son carne de cañón, no son joya de corona. 

No se puede copiar en el tribunal ni en la construcción ni en el quirófano. Muchos ignorantes tramposos han terminado en la cárcel y otros hasta en el panteón por engañar y por dañar al preso, al constructor o al enfermo. Algunos muy afamados, literalmente, me han llorado en la prisión, tomando mi mano en señal de súplica y rogándome que ya los sacara de allí. No miento y me duele.

Pero esta nota no es sobre moral, ya que sabemos que “la carne es débil” y los tramposos deben ser muy inteligentes para que no les den una celda en la cárcel, un balazo en el casino o una expulsión en la universidad. Para ello hay reglas mínimas. 

La primera de éstas ordena que la trampa sea individual y no colectiva, mucho menos multitudinaria. Un aspirante tramposo no se nota, pero 10 mil sí se notan. Si un solo inmigrante se mete a Ceuta, al día siguiente está en un tablao de Sevilla o de Madrid. Pero si se meten 60 mil, al día siguiente están de regreso.  La segunda es que no se sepa. La tercera es que no se confiese. La cuarta es que la trampa no se comparta. La quinta es que no se recomiende. 

Pero, además de los tramposos, existen los tramperos. 

Entre otros, me refiero a los politiquillos que se aprovechan de las trampas a la UNAM para denostarla. Así lo hacían los conservadores de derecha hace 3 décadas y hoy los simuladores de izquierda. Aquéllos la consideraban un nido de comunistas y éstos la han llamado un nido de reaccionarios. Ni a cuál irle. Son los que trampean elecciones, informaciones, instituciones y todo lo que se puede. 

También, entre otros, me refiero a los marchantes que se aprovechan de las trampas a la UNAM para saquearla. Por último, también entre otros me refiero a los tramposos en la política, en las profesiones, en la empresa, en el gobierno, en la ley, en el deporte, en las creencias, en las escuelas, en los negocios y en todas partes. ¡Vamos!, hay tramposos hasta en su hogar. Si no me lo cree, vea que hay más litigios familiares que penales.

Hay de todo. La raza universitaria por la que habla el espíritu no es una etnia de linaje, sino una esencia de natura. Ese espíritu no es metafísico, sino que es nuestro propio espíritu que habla por nosotros con orgullo o calla por vergüenza. Ojalá que, por todos los universitarios de ayer, de hoy y de mañana, siempre hable el espíritu.