Se lo digo a John para que lo entienda Juan
En este 2024 creo que los vecinos empeoraron y nosotros mejoramos. Siempre hay que ver si estamos bien y vamos mejor o si estamos mal y vamos peor. Desde esta semana, ambos presidentes ya son dueños del Congreso nacional y de la Suprema Corte. Sus manos son las únicas, como fueron las de Julio César y las de Luis XIV, como aquéllos.
Los estadunidenses ya eligieron. Todos los pueblos eligen, a veces para su bien y, a veces, para su mal. No viene al caso preguntarnos si acertaron o marraron. No se selecciona entre lo bueno o lo malo, sino entre lo que hay y nada más.
El sediento del desierto no bebe arena porque crea que es limonada, sino porque es lo único que tiene. Ellos y todos nosotros, en muchas elecciones, hemos tenido que beber arena. No los critico porque no es mi país y yo no soy el sediento ni bebo de esa arena, sino de la mía.
Hace años, la ventura les permitió elegir entre dos hombres de gran formato, como lo fueron Richard Nixon y John Kennedy. Pero, apenas en su siguiente elección, tuvieron que elegir entre Lyndon Johnson y Barry Goldwater. Estos fueron sus candidatos porque estos eran, son, sus mejores hombres. Muchas veces, lo vergonzoso no es la decisión de un pueblo, sino la miseria de su boleta electoral. El problema no es lo que elegimos de lo que tenemos. El verdadero drama es lo que tenemos para elegir.
Hace 24 años me alarmó el contraste entre los candidatos del 2000 y los grandes líderes del mundo que había visto actuar durante mi niñez y mi juventud. Durante mi adolescencia pude observar a John F. Kennedy, lleno de polémicas, pero todas ellas acusando grandeza. En otras latitudes acontecía algo similar. El líder británico se llamaba Harold Macmillan y todavía Winston Churchill dictaba conferencias y situaba proclamas.
El alemán era, ni más ni menos, Konrad Adenauer. Y los jóvenes leíamos en los periódicos o veíamos en los noticieros lo que ese día hizo o dijo el presidente francés Charles de Gaulle. Ya en mi vida de estudiante de abogacía tendría el privilegio de observar al presidente Richard Nixon.
Apenas contaba con mis primeros años de edad cuando el rais Gamal Abdel Nasser nacionalizó el Canal de Suez. Seguía niño cuando, en el primer debate electoral, se enfrentaron Richard Nixon y John Kennedy. Y Nikita Kruschev inventaba el Sputnik, el muro berlinés o los misiles cubanos para jugar al gato maula ni más ni menos que con Estados Unidos.
Pero, además, en ese mismo tiempo, China estaba cogobernada por Mao Tse-Tung y Chou En-lai; la India era conducida por Jawaharlal Nehru; y la América Latina contaba con hombres de la talla de Adolfo López Mateos.
Así es la inconstancia de la historia, porque todos los pueblos han transitado por la luz y el esplendor, así como por la sombra y la tiniebla. Por eso, en el 2000, yo creí que Estados Unidos ya había tocado su abismo con la presidencia de Bush Jr. y México con la de Vicente Fox. No podría suponer que en el futuro elegirían no una, sino dos veces a Donald Trump.
Más tarde, yo creí que el fondo de Inglaterra fue el gobierno de Theresa May, no que llegaran a Boris Johnson. Que Kirchner, Chávez y Zapatero serían el nivel más bajo de Argentina, de Venezuela y de España. No podría suponer la llegada de Maduro, de Sánchez y de Milei. Es cierto que Rusia y China han mejorado su nivel. Pero Francia, India, Brasil e Italia parece que van de mal en peor. Pero no hay que quejarse porque dicen que el tiempo castiga.
Hoy, me doy cuenta de que algo faltaba en mi ecuación de hace 24 años. Comparaba los estadios, no las trayectorias. Ese fue mi error. Porque lo importante no es dónde estamos, sino cómo vamos. Por eso, me quejaba tanto del antes sin pensar cómo votaríamos en el después. En este 2024 creo que los vecinos empeoraron y nosotros mejoramos. Siempre hay que ver si estamos bien y vamos mejor o si estamos mal y vamos peor.
Desde esta semana, ambos presidentes ya son dueños del Congreso nacional y de la Suprema Corte. Sus manos son las únicas, como fueron las de Julio César y las de Luis XIV. Ojalá nos lleven a la gloria, como aquéllos. Ya no me preocupa tanto cómo fue el pasado, sino cómo será la elección del 2042… si es que hay elección para ese entonces. Se lo digo a John para que, de paso, también me escuche Juan.
