En los gobiernos puede haber quienes resuelven todos los problemas. Esos son bienvenidos a cualquier precio. Usted los puede recordar. Hay otros que pueden resolver algunos problemas, aunque no todos. Usted los puede identificar. Ésos, pueden aceptarse, según el precio. Pero hay unos proscritos que provocan los problemas. Ésos, ni regalados. Usted los puede mencionar.
Y, en el último círculo del infierno, hay quienes son el problema en sí mismos. Usted los puede señalar. Ésos están más que prohibidos. Los círculos del infierno los puso Dante. Los gobernantes nos los pusieron. Pero nosotros somos los únicos que pagamos los precios del atraso, del retraso y del fracaso.
Las recetas no siempre sirven, por la sencilla razón de que no siempre ellos tienen cualidades. “Quid natura non dat Salmantica non praestat”, reza mi universidad honorífica. Por eso, aquellos libros que se editan por millones de ejemplares, para que cualquiera se convierta en un genio, casi siempre es dinero tirado a la basura. El menso queda más confundido en el epílogo de lo que estaba en el prólogo.
Los abuelos recetaban tres viejos consejos. Lo primero, es tener ganas de gobernar. Que ello sea el producto de una búsqueda con sacrificio. Si se llega “de chiripa”, ya comienza mal la cosa. Lo segundo, es saber gobernar. La política es para inteligentes. Los imbéciles sufren mucho en ella y pueden perder todo, sin darse cuenta. Darles un cargo es como prestarle una pistola a un niño. Creen que todo es juguete, no saben para qué sirve y pueden hacer o hacerse un daño irreparable.
Lo tercero, es poder gobernar. No afanarse en ilusiones quiméricas porque se puede caer en la decepción. Que si uno es muy competente. Qué bueno, pero, quizá, lo que están buscando es un zonzo. Que si uno es muy honrado. Sí, ¡felicidades! Pero, quizá, ellos necesitan un ratero. Que es buen orador, pero buscan un callado. Que es buen líder, pero requieren un sirviente. Que es muy valiente, pero van a alquilar a un cobarde.
El hombre de Estado puede desbarrancarse, principalmente por tres motivos: la ignorancia, la indolencia o la impotencia. Es decir, porque no supo, porque no quiso o porque no pudo.
La ignorancia proviene de la falta de pericia, de la ausencia de información o de la incapacidad política. Porque no aprendió su oficio, porque no entrenó sus aptitudes o porque no entendió su encargo. La indolencia proviene de las pocas ganas, de los pocos esfuerzos y de los pocos trabajos. Porque se tardó, porque se distrajo o porque se desperdició. Porque se dedicó a lo que le gustaba y no a lo que lo obligaba. Porque nunca pensó lo que su pueblo quería, lo que necesitaba o lo que soñaba.
La impotencia proviene de su propia debilidad o de la fuerza de los que se le oponen. Porque no instaló la gobernabilidad, porque no asumió el liderazgo o porque no utilizó sus capacidades.
El iceberg ya golpeó al trasatlántico mexicano. No sé cuántos botes salvavidas tenemos. Es más, no sé si tenemos botes salvavidas. Por eso no sé si se salvará el gobierno, el sistema, el país o no sé si se salvará ninguno. Tampoco sé a quién se quiere salvar. El desempeño, el resultado, el discurso, la imagen, el prestigio, la confianza y el respeto gubernamental ya están por abajo de la línea de flotación. Naufragio y zafarrancho.
No es para chunga los 40 millones de pobres. No es para guasa los 1,500 asesinados de cada mes. No es para chacota los 40 desaparecidos de cada día. México no es un chistorete. No hagamos que así lo parezca. Nuestra política parece un circo, pero quizá es un velorio. No confundamos la carpa con la capilla ni los payasos con los muerteros.
Queremos tener toda una política de gala y tan sólo tenemos una política de fachas. Sin valentía para vernos en el espejo, corremos el peligro de creernos elegantes y tan sólo nos veremos ridículos. Nos arriesgamos a confundir los ropajes de etiqueta con los tiliches de pachuco.
