La política therian

La fantasía del gran poder no sólo ha existido en los verdaderos poderosos sino, también, hasta en los simples potentados o, incluso, hasta en los ínfimos prepotentes. Desde en presidentes nacionales hasta en gendarmes viales. Desde en gobernadores hasta en cadeneros de antro. Desde en congresistas hasta en franeleros. Desde en dictadores de imperio hasta en padrotes de burdel.

                Los guerreros más valientes también lloran. / General Dwight D. Eisenhower

Algo he escuchado del movimiento therian, aunque no comprendo del todo el planteamiento legal. Yo creo que todos gozan de las más absolutas libertades fundamentales, mismas que no las tiene que permitir una constitución ni las puede prohibir un código. Entre ellas, la libertad de creer o de dudar, de amar o de odiar, de desear o de repeler, con tan sólo dos limitaciones. Que su libertad no afecte a los otros y que los otros no estén obligados por aquella libertad.

Así, pues, cualquiera se puede sentir rey, perro o chamuco, mientras no me someta, no me muerda y no me maldiga. Y, desde luego, mientras yo no le miente la madre al rey de kermesse, no le ponga correa al cánido de carnaval y no le empape con agua bendita al chamuco de pastorela. Hasta allí, ellos bien y yo también.

La abogacía y la política me han enseñado que hay una materia muy recia, muy áspera y muy difícil de moldear. Se llama realidad y sólo se talla con persistencia, con paciencia y con sapiencia, como los diamantes. Pero lo tiempos recientes y los remotos me ha enseñado que hay una política therian y que hay políticos que se identifican con lo que no son o, peor aún, que creen ser lo que no son.

Quienes se creen poderosos y tan sólo obedecen. Quienes se creen creadores y tan sólo destruyen. Quienes se creen oradores y tan sólo son merolicos. Quienes se creen líderes y tan sólo son botargas. Zúñiga y Miranda se creía presidente, Maximiliano se creía emperador y para qué le seguimos con todos los que han creído ser lo que no son. 

Las confrontaciones entre la realpolitik y la política-ficción han provocado más crisis, revoluciones y guerras que todas las ideologías o los intereses que han inspirado a los seres humanos a través de su existencia. La política-ficción siempre nos lleva a la confrontación. Sólo la política real es la que nos lleva al respeto, la tolerancia, el consenso, la cooperación y la convivencia.

Hace 27 siglos, Hélade nos regaló un prototipo al que hoy deberíamos ver con precaución. Aquiles creía que era hijo de Zeus. Pero no lo era. Aquiles creía que era todopoderoso. Pero no lo era. Aquiles creía que era invencible e inmortal. Pero no lo era. Muchos hombres de todos los tiempos han creído que son como Aquiles. Pero no lo son. He llamado a esa patología como Síndrome de Aquiles.

La fantasía del gran poder no sólo ha existido en los verdaderos poderosos sino, también, hasta en los simples potentados o, incluso, hasta en los ínfimos prepotentes. Desde en presidentes nacionales hasta en gendarmes viales. Desde en gobernadores hasta en cadeneros de antro. Desde en congresistas hasta en franeleros. Desde en dictadores de imperio hasta en padrotes de burdel.

Desde algunos muy famosos como Douglas MacArthur o Claudio César Tiberio hasta en otros muy insignificantes como Pedro Lascuráin o Marx Arriaga. Robespierre se creía inmaculado, Bruto se creía redentor y hasta supe, de muy buena fuente, que Eva Perón se llegó a creer más poderosa que su esposo, un presidente que, a 50 años de muerto, sigue ganando muchas elecciones presidenciales. También la historia es rica en ejemplos nacionales y no tan sólo personales. La 1ª república romana, el 2º imperio mexicano, el 3er reich alemán y ya mejor le paro a la numeración.

Por esa apócrifa ilusión de la grandeza propia es que Aquiles no es un buen socio, porque defrauda. No es un buen consejero, porque yerra. No es un buen compañero, porque deserta. No es buen un maestro, porque engaña. No es un buen amigo, porque traiciona. Aquiles tiene muchos imitadores. En mi juvenil inmadurez me parecía admirable. Pero la maduración de la edad me hizo comprender que Héctor fue más grande. A Héctor lo mató Aquiles, pero no lo mató la muerte. Aquiles fue vencedor, pero Héctor fue invencible.

Los therian de la calle no hacen daño. Los therian de la política son catastróficos.

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