Pandemia de cratoma
Sin distinción de su poderío, de su riqueza o de su progreso, muchos países de América, de Europa y de Asia están atrofiados políticamente y los pronósticos son muy poco alentadores. Porque cuando todo va mal, pero la política va bien, todo puede mejorar.Pero cuando la política es la que va mal, todo se puede deteriorar.
En carne propia hemos aprendido lo que es una pandemia. Por su parte, el cratoma es una palabra que hace años me inventé para referirme a un cáncer en los sistemas de poder que en ocasiones llega a ser progresivo, incurable, metastásico y terminal.
En todas las regiones del planeta hoy vivimos una pandemia de cratoma. Sin distinción de su poderío, de su riqueza o de su progreso, muchos países de América, de Europa y de Asia están atrofiados políticamente y los pronósticos son muy poco alentadores. Porque cuando todo va mal, pero la política va bien, todo puede mejorar. Pero cuando la política es la que va mal, todo se puede deteriorar.
Pongo como ejemplo el Reino Unido. Ya hace algunos años no encontrábamos la lógica para que Escocia hubiera votado por la permanencia ni que la Gran Bretaña hubiera votado por el Brexit. En cuanto a su dirigencia política, tampoco parecía de la estatura del país. Sin ánimo de ofensa, Theresa May nos daba risa, Boris Johnson nos daba grima y Liz Truss nos dio lástima.
El programa de recuperación económica que propuso en su brevísimo mandato no engañaría ni a Nicolás Maduro. Recorte de impuestos más expansión del gasto en medio de estancamiento global y de inflación general es para reprobar un examen estudiantil de economía, no para dirigir a una de las potencias económicas del mundo.
Pero el resto de Europa anda por las mismas, comenzando por los presidentes de Rusia y de Ucrania. También el panorama latinoamericano es no sólo vergonzoso, sino doloroso por nuestros cariños de identidad. Tampoco se salva Estados Unidos, que vive desde hace seis años su peor momento de altura política, quizá desde la Presidencia Hoover, hace casi 100 años. Acaso los presidentes de Francia y de China medio se salvarían de “panzazo”.
Desde luego, para no comparar subjetivamente lo hago con ellos mismos. Puede ser que no nos guste el comunismo cubano, pero debemos reconocer las distancias entre Fidel Castro y Miguel Díaz-Canel. Puede ser que no nos guste el sistema estadunidense, pero existen diferencias entre John Kennedy y Donald Trump.
A los que no nos gustan los populismos de Latinoamérica también encontramos diferencias entre Juan Domingo Perón y los actuales peronistas. Y si se trata del socialismo sureño, creo que hay mucha distancia entre Salvador Allende y Hugo Chávez.
Todo esto nos indica una degeneración del sistema de poder. Una tumoración de la política mundial. Un cratoma con horizonte pandémico que se manifiesta en muchos síntomas infalibles, de los cuales me reduzco a mencionar tan sólo tres de ellos.
El primero es la dictadura, por más que todos acudan a un discurso democrático que, en el fondo, ni siquiera tiene que ver con la defensa de un árbitro electoral que, para cumplir con su deber, ha tenido que sancionar y lastimar a todos los partidos sin excepción. Mas allá de las hipocresías, todos tienen algún rencor en su contra, excepto nosotros los ciudadanos que, dicho sea de paso, en la política ni contamos.
El segundo es la corrupción, por más que nos aburran con un discurso puritano que no corresponde con un sistema público y privado que tendría serias dificultades de sobrevivencia fuera del universo corrompido que ha construido como un orden sistémico de casi imposible ruptura.
El tercero es la criminalidad, por más que nos atiborren con un discurso justiciero que cada vez nos engaña menos, pero que cada día desnuda más la verdadera impotencia de la ley y de sus encargados, hoy ya bien domados y dominados por su conveniencia o sin ella, por su complacencia o sin ella, por su connivencia o sin ella.
En fin, estamos viviendo tiempos en los que la política pareciera aburrida para muchos, pero no lo es para todos. Es cierto que puede ser muy babosa como tema de agenda, pero también es cierto que puede ser muy sustanciosa como tema de ciencia. La historia política futura hablará de nuestros tiempos, aunque ello no lo sea para nuestro orgullo.
