Los templarios de la Constitución

Los templarios de la Constitución enfrentamos a quienes piensan que ella es un estorbo para la realización de sus trabajos. Ellos lo justifican con una fórmula engañosa, pero seductora. Ofrecen un mal presente a cambio de un buen futuro

Para Tina Galindo.

Todos los años celebramos a nuestra Constitución política. La celebran los sinceros y los falsarios. Los que la defienden y los que la agreden. Los que la mejoran y los que la degradan. Los que la sirven y los que la someten. Los que la veneran y los que la repudian. Es bueno celebrarla y reformarla, pero es mejor respetarla.

Estas líneas son mi modesto homenaje anual. Pero somos muchos los devotos de la Constitución que la defendemos a diario. A estas alturas, hago recuento y veo lo que le he dedicado en el bufete, en mi cátedra universitaria de derecho constitucional y en media docena de libros sobre la Constitución.

Siempre he estado cerca de ella. El insigne maestro Antonio Martínez Báez me dio las primeras lecciones y me sirvieron para siempre. Me enorgullezco de la amistad respetuosa con el 90% de los ministros de los recientes 30 años y con los maestros constitucionalistas universitarios. La Constitución de México es uno de los dos libros que viven junto a mi cama y que me hacen dormir tranquilo.

Admiro al constituyente más que al conquistador. Los episodios históricos que más me emocionan son los constitucionales, no los guerreros. De la historia estadunidense prefiero la Convención de Filadelfia que la batalla de Gettysburg; de la francesa, más los Estados Generales que la toma de la Bastilla; y de la mexicana, más el Congreso de Querétaro que la batalla de Zacatecas.

Admiro a Inglaterra más por su Carta Magna que por su victoria de Waterloo y a España más por su Constitución de Cádiz que por su victoria de Lepanto. Respeto más a los que crean una Constitución que a los que ganan una guerra. Mi admiración o mi menosprecio hacia los gobernantes que provienen de su obediencia o de su insolencia con nuestra Constitución.

Lázaro Cárdenas expropió el petróleo por defender la Constitución, no por hacerse de los hidrocarburos. Era un constitucionalista, no un dinerista. Su pleito con los concesionarios no fue porque eran concesionarios, sino porque fueron insolentes. Desafiaron a la Suprema Corte y el presidente de México defendió a la Suprema Corte y a la Constitución. Por ese episodio, lo admiro y lo respeto.

John F. Kennedy intervino militarmente en Alabama por salvaguardar la Constitución, no por proteger a las etnias discriminadas. Era un constitucionalista, no un humanista. Su pleito con los racistas no fue porque eran racistas, sino porque fueron insolentes. Desafiaron a la Suprema Corte y el presidente de EU defendió a la Suprema Corte y a la Constitución. Por ese episodio, lo admiro y lo respeto.

Muchos fueron o son importantes y muchos fuimos o somos insignificantes, pero en todo el mundo ha habido legiones de defensores de las constituciones, para enfrentar a las pandillas de sus enemigos. Somos lo que he llamado los templarios de la Constitución. La hemos defendido y la hemos protegido en una guerra interminable. Pero nosotros somos incansables y somos invencibles.

Los templarios de la Constitución enfrentamos a quienes piensan que ella es un estorbo para la realización de sus trabajos. Ellos lo justifican con una fórmula engañosa, pero seductora. Ofrecen un mal presente a cambio de un buen futuro. Debemos tener mucho cuidado. Sin excepción alguna, a eso se ha reducido la promesa de todas las dictaduras.

Es bueno celebrar y es bueno, también, prever. Nunca como hoy, estamos ante una disyuntiva mayor. Hemos creído que estamos muy cerca del triunfo definitivo de la democracia y, quizá, estamos muy cerca de la instalación de la dictadura.

Ya Voltaire decía que mientras más obedezcamos a las leyes, menos tendremos que obedecer a los gobernantes. También esto reza para ellos. Mientras más obedezcan la Constitución que juraron respetar, menos tendrán que engañar a los pueblos que juraron servir.

Mientras más respetuosos sean con las rebanadas que reparten, menos tramposos tendrán que ser con las migajas que salpica.

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