Los nuestros y los ajenos
Hoy, todas las organizaciones nacionales e internacionales, públicas y privadas, científicas y marchanteras, miden la corrupción con un medidor de percepción. Con encuestas, sondeos y cuestionarios pretenden medir la honestidad, calcular la moralidad y determinar la legalidad, que sólo pueden ser dictaminadas por el auditor, por el deontólogo o por el abogado
La protección de los nuestros es un instinto bueno y natural. Pero, como es instinto y no es razonamiento, puede llevar a riesgos. Uno, positivo, es que los protejamos, aunque no se lo merezcan. Otro, negativo, es que creamos que siempre se lo merecen. Lo primero es clemencia. Lo segundo es soberbia.
Así pasa con las naciones, con los partidos y hasta con las mafias. Por instinto humano, son proclives a la protección de los suyos. No ha habido ningún gobierno que persiga y encarcele a los suyos. Todos ellos les perdonan la crueldad, la ambición, la deshonestidad y hasta la ignominia. Quizá lo único que no perdonan es la traición. Al traidor a la patria, al traidor al partido y al traidor a la mafia, más le valiera no haber nacido, como lo expresaría San Pablo. Esto no lo digo yo. Esto lo dice la historia.
Isabel I es considerada como la más ilustre reina de su nación. Pero, para cualquier jurista, hoy sería casi una delincuente. Su protección a los corsarios, su apropiación territorial, sus homicidios disfrazados, el manejo de su reino y cien factores más así nos lo indicarían. Sin embargo, es altamente admirada y venerada por sus paisanos.
Eduardo VIII, también de Inglaterra, fue llevado a la defección. No se le acusó por ser novio de Wallis Simpson, sino por ser amigo de Adolfo Hitler. No por ser amante de una superlativa casquivana, sino por ser aliado de un irredento enemigo. No se le recusó por considerársele frívolo, sino que se le repudió porque se le consideró traidor.
Así, los indigenistas perdonan a Moctezuma Xocoyotzin y los hispanistas perdonan a Hernán Cortés, porque son los suyos, aunque ambos se hicieron de sus respectivos imperios de una manera que no resistiría la aprobación de una declaración patrimonial.
Ese perdonar a los suyos me recuerda a aquella señora que se lamentaba de que a su hija, tan bonita, tan simpática, tan alegre y tan merecedora, la vida le hubiera destinado la mala suerte de tener un marido tan cornudo.
La falta de mediciones objetivas nos puede llevar a la imprecisión del cálculo político. Hace algunos siglos, cuando alguien preguntaba la distancia a la que se encontraba el próximo poblado, le hubieran contestado que “como a tres días a caballo”. Es decir, el hombre medía las distancias con un calendario. Pero, hoy en día, los hombres aún medimos los fenómenos políticos también con algo tan inútil como ese calendario.
Buena muestra de ello es la corrupción. Hoy, todas las organizaciones nacionales e internacionales, públicas y privadas, científicas y marchanteras, miden la corrupción con un medidor de percepción. Con encuestas, sondeos y cuestionarios pretenden medir la honestidad, calcular la moralidad y determinar la legalidad, que sólo pueden ser dictaminadas por el auditor, por el deontólogo o por el abogado.
Por eso no sabemos si rankean a Dinamarca en el primer lugar porque los daneses tienen un gobierno muy honesto o porque ellos son muy ingenuos. Y a México en el 130 porque nuestro gobierno es muy ratero, que no lo sé, o porque 11 de cada 10 mexicanos así lo proclaman, que no lo dudo. Es decir, porque estamos midiendo la decencia pública con un aplausómetro.
El día que instalemos nuestros medidores podremos medir la corrupción de un tiempo a otro y de un lugar a otro. Sabremos si son más rateros los funcionarios daneses o los mexicanos, para saber dónde estamos. Los del régimen actual o los del régimen futuro, para saber cómo vamos. Los de Veracruz o los de Guanajuato, para saber quiénes somos.
Mi padre siempre trató de ser muy objetivo. A mí me adoró, pero siempre tuvo la precaución sutil y disimulada de preguntar por mi comportamiento a mis maestros, a mis jefes y a mis amigos. Creo que todos fueron indulgentes porque siguió adorándome. Pero nunca alcahueteó mis defectos, aunque nunca reprimió su amor. En lo bueno y en lo malo me conocía mucho mejor de lo que yo me conocía a mí mismo.
La objetividad, el realismo y la madurez sirven mucho en la vida y en la política.
