La fiesta ajena
¿Algún enemigo de Díaz Ordaz habrá decidido lo de Tlatelolco? ¿Algún enemigo de López Portillo habrá diseñado su programa económico? ¿Algún enemigo habrá aconsejado a nuestros tres recientes presidentes la militarización de la seguridad pública? ¿Algún enemigo indujo a Pedro Castillo a golpear el régimen constitucional peruano?
Por razones que, se dice, han ido desde la abundancia de dinero hasta la excelencia de cabildeo, México está favorecido de por vida para asistir a la justa mundial de futbol. Eso siempre nos entusiasma. Pero lo cierto es que nunca estamos en condiciones verdaderas de competir y siempre nos decepcionan. Los golean y los eliminan. Eso es tan sólo por creer nuestra propia mentira.
En otro tema, hemos visto a padres poderosos o potentados que compran para sus hijos las mejores calificaciones, desde el kínder hasta el máster. Pero lo cierto es que nunca logran que sean valorados por sus clientes ni reconocidos por sus gremios. Eso los ha llevado al enojo de creer que se debe a la envidia que sus talentosos vástagos provocan en sus colegas celosos. Los burlan y los desprecian. También eso es por creer en su propia mentira.
En el campo de la política hemos sabido de muchos a los que les han regalado una curul congresional, un escaño senatorial, una gubernatura estatal, una cartera ministerial y hasta una banda presidencial. Eso ha sido el presente obsequiado por su dueño o a una dádiva votada por su electorado. El problema no es que no se lo merezcan. El problema es que creen que se lo merecen. No saben ser gobierno cuando les toca gobernar y tampoco saben oponerse cuando les toca ser oposición. Eso, también, es por creer en sus propias mentiras.
La soberbia es uno de los mayores pecados capitales de la política. Algunos teólogos lo han llamado como el pecado del diablo. Que los hombres no son santos ni pecadores por lo que hacen, sino por lo que creen que son. Que el diablo no es diablo porque sea malo, sino porque se cree bueno. Que los santos no lo son por ser buenos, sino porque se sienten pecadores.
De allí se deriva una consecuencia de poder. Si yo soy bueno y los demás son malos, yo merezco mandar y los demás deberán obedecerme. El poder se extravía en su propio sofisma y se contamina con la deformada imagen que se tiene de sí mismo.
Así son estos falsos estadistas, cuya falta no consiste en sus fracasos, sino en que los consideran éxitos. Por eso, el sensato reconoce y puede rectificar sus errores. Pero el soberbio persiste en ellos porque cree que la terquedad con sus fracasos es la defensa de sus éxitos. De nueva cuenta, el caer en la creencia de sus mentiras propias.
Siempre han existido gobiernos que viven en la ilusión triunfalista de que lograron cambios muy trascendentes y muy positivos. Que adoptan una soberbia desenvuelta en tres facetas. Consideran que es el mejor gobierno que ha tenido su país. Afirman que todo lo anterior fue pésimo. Creen que ningún gobierno volverá a ser como el suyo.
Casi todos los humanos tendemos a disculpar, a encubrir, a olvidar, a endilgar o a negar nuestras culpas. Si eso le sucede a los que somos insignificantes, más aún a aquellos que son, o ya han sido, o incluso sueñan con ser importantes.
Son los que ven enemigos con tranchetes. Ellos llenan muchas páginas de la historia. ¿Algún enemigo de Díaz Ordaz habrá decidido lo de Tlatelolco? ¿Algún enemigo de López Portillo habrá diseñado su programa económico? ¿Algún enemigo habrá aconsejado a nuestros tres recientes presidentes la militarización de la seguridad pública? ¿Algún enemigo indujo a Pedro Castillo a golpear el régimen constitucional peruano?
Quiso disolver el Congreso y el Congreso le disolvió su presidencia. Con ello, confirmó el viejo adagio de que cuando un payaso se disfraza de rey, el cucurucho no se convierte en corona, pero el palacio se convierte en circo.
La política es como la fiesta de un club. Es tan sólo para los de adentro y allí no se ven bien los extraños. Medio se aceptan algunos invitados, siempre y cuando se comporten como debe ser, se disimulen cuanto deba ser y se retiren cuando deba ser. Nada de cantar ni discursear. Nada de pelear ni reclamar. Nada de embriagar ni de ofender. Y siempre recordar que los “colados” y los “pegostes” están en una fiesta ajena que es exclusiva para socios.
