La constitución secreta
Me inquieto cuando escucho que nuestros más altos gobernantes y sus más recios opositores se refieren a una constitución que yo ni conozco. Me llevan a pensar que ya existen dos constituciones. Una, la que conocemos. Y otra, la que sólo conocen ellos, pero que permanece secreta. Digo que quizá suponen una constitución secreta donde cada quien escoge lo que más le acomoda
Una de mis manías con mis sufridos y excelentes alumnos de Derecho Constitucional es que entiendan a la perfección el principio de legalidad. Siempre he creído que, si no lo aprenden, no serán verdaderos abogados, así obtengan muchos títulos. Baste decir que las constituciones se inventaron y existen para instalar esta fórmula jurídica. Pero si no es para esto, todas sus demás disposiciones no sirven para nada.
Quizá sea por eso que me inquieto cuando, en ocasiones, escucho que nuestros más altos gobernantes y sus más recios opositores se refieren a una constitución que yo ni conozco. Me llevan a pensar que ya existen dos constituciones. Una, la que todos conocemos. Y otra, la que sólo conocen ellos, pero que permanece secreta para nosotros.
Digo que quizá suponen una constitución secreta donde cada quien escoge lo que más le acomoda. Por eso inventan facultades que no existen, menosprecian a las leyes superiores y ningunean a las instituciones fundamentales. Con decir que ya he conocido como diez interpretaciones distintas de la presunción de inocencia. Y otro tanto del derecho a la vida. Y otras más de la jerarquía convencional. Y, desde luego, de cien temas más.
Así me sucede cuando los oigo discutir sobre la prisión preventiva, sobre la consulta popular o sobre la revocación del mandato. Pero lo mismo me acontece cuando debaten sobre federalismo, sobre democracia o sobre derechos humanos. De inmediato me obligo a verificar si se refieren a México o a otro país. Debo confesar, con timidez, que ellos suelen ser los equivocados. Eso no es un mérito mío, ya que yo me dedico todos los días a las materias constitucionales. Lo hago en el bufete, para vivir. Lo hago en la universidad, para retribuir. Lo hago en la sobremesa, para aprender. Lo hago en el ocio, para gozar. En cambio, los gobernantes y sus contrarios tienen mil ocupaciones y mil preocupaciones como para andar perdiendo su muy valioso tiempo pensando en la Constitución.
Eso ha sucedido en todos los países y en todos los sexenios. Yo he tenido el privilegio de servir como abogado a varios presidentes mexicanos. A algunos, pro-laboris. A otros, pro-pecuniae. A otros, pro-amicus. Y a otros, simplemente pro-bono. Es cierto que muchas veces noté que la Constitución Política les llegaba a incomodar, a estorbar y hasta a enojar, no obstante que sus intenciones eran nobles para México.
Pero había que tener mucho valor para decirle a un presidente lo que no podía hacer porque se lo prohíbe la Constitución. Y como diez veces más valor para aconsejarle cómo lo podría hacer sin que se enojara la Constitución. Lo primero se lo pueden decir todos, así sean los propios o los extraños. Pero lo segundo solamente se lo pueden aconsejar sus abogados y nadie más. Sólo ellos saben el formato para hacerlo. Sólo ellos saben la forma para disimularlo. Y sólo ellos saben la fórmula para guardar el secreto.
Siempre he dormido bien por haber servido a México, más que a sus gobernantes. En ocasiones sueño con que tuviéramos el federalismo de los estadunidenses, el constitucionalismo de los ingleses o el republicanismo de los franceses.
Pero despierto y veo que también ellos sueñan con nosotros. Quizá haya ingleses que sueñan con nuestro republicanismo, porque no lo tienen; franceses que sueñan con nuestro federalismo, porque no lo tienen; y estadounidenses que sueñan con nuestro garantismo, porque no lo tienen.
Es bueno soñar y es bueno despertar. Por encima de ello, es excelente soñar despierto y, de esa manera, fusionar nuestros ideales con nuestras realidades. Me gusta entenderla, interpretarla, perfeccionarla, respetarla y defenderla porque estoy muy orgulloso de nuestra Constitución. Estoy muy seguro de que no la cambiaría por ninguna otra del planeta.
En la política, al final de cuentas, todos tenemos la razón. La diferencia entre unos y otros es que algunos la tuvimos a tiempo y otros la tuvieron cuando ya no había remedio.
