Hablar o decir

Hay quienes hablan mucho y no dicen nada. Hay quienes dicen mucho, aun sin hablar. En la política, las palabras suelen ser más importantes que los hechos. Los tonos, más que las palabras. Y los ademanes, más importantes que los tonos. Una sola palabra puede ser más importante que todo el discurso. Y un solo discurso, más importante que toda una carrera

Todos los presidentes han acertado y han marrado. Ninguno ha sido infalible y ninguno ha sido abominable. Paradójicamente, al presidente que ha sido menos elocuente le escuché uno de los mejores discursos mexicanos. Y a un presidente que fue un gran orador le escuché el peor de los discursos presidenciales de este país. 

Es muy importante la forma de las palabras, como lo ha dicho mi amigo Pascal Beltrán del Río. Mi también amigo, el embajador Enrique Loaeza, me contó una parábola. Un faraón tenía un sueño recurrente y consultó a uno de sus intérpretes oníricos. Soñaba que perdía todos los dientes. El nigromante le dijo que era muy claro el significado. Que todos sus hijos eran unos inútiles, tal como lo había sido su abuelo, el finado faraón-padre. El monarca enfureció y decretó que lo ejecutaran, que confiscaran sus bienes y que exiliaran a su familia.

Llamó a otro vidente quien le dijo que ese sueño era muy claro. Que este faraón sería recordado, por toda la historia futura, como el más grande de su dinastía. Fue premiado con honores y con riquezas. Ambos brujos dijeron  exactamente lo mismo, pero con distintas palabras.

Es muy importante que el nivel del discurso esté a la altura del orador. Por ejemplo, la palabra huachicol no es incorrecta ni grosera. Pero es para usarse en la plática común, no en el discurso. Es para un comandante de policía, no para la tribuna presidencial. Es tan lunfarda como hablar de la mota, del perico o del chemo. O, en otros ramos, como referirse a la fayuca, a la mordida o a los coyotes.

Es muy importante que el discurso tenga coherencia. Que el orador no se contradiga en cada párrafo o en cada ocasión. Que no diga que se acabó la guerra contra el crimen y, más tarde, que la guerra se reforzará. Que no hable de austeridad y decrete cancelaciones incomprensibles y costosísimas. Que no prometa el imperio de la ley y a diario la viole o la amenace.

Es muy importante no buscar enfrentamientos innecesarios. Ni contra el Ejército ni contra los gobernadores ni contra la Suprema Corte ni contra los organismos autónomos ni contra la sociedad. Por ejemplo, tomemos la palabra fifí, que puede ser riesgosa. Para algunos es un estilo de vida, inane y frívolo. Para otros es un temperamento, insensible y ambicioso. Pero, para otros es una condición socioeconómica, enemiga de las otras clases sociales.

Para mí, un fifí es como un sobreprotegido, inútil y pedinche, que tan puede ser el hijo del banquero como ser el hijo del mesero. En todos los estratos hay pedigüeños, inservibles y súper apadrinados. Nada que ver con la lucha de clases. 

Es muy importante que el discurso no sea extenso. El verdadero discurso es la suma de lo que queremos decir, más lo que debemos decir, más lo que los otros quieren oír. A esta sumatoria se le debe restar lo que no debemos decir, aunque queramos. Y lo que no deben oír, aunque lo esperen. Si algo queda de la suma y la resta, eso es un verdadero discurso político.

Pero lo más importante de un discurso político es que mueva a los suyos y que reubique a los adversarios. Que convenza, incluso, a los opositores. Que interese y hasta intrigue a los propios  y a los extraños. Esa aprobación significa que el discurso deja de estar firmado por el orador para ser suscrito por la nación. En ese momento deja de ser un discurso de ocasión para convertirse en un discurso de gobierno. Ya no valdrá por su elocuencia, sino por su consecuencia, que debe ser muy decisiva. 

Las palabras no son el discurso, sino tan sólo su epicentro. El verdadero centro es el mensaje, el posicionamiento y el efecto de mover al poder en la dirección política que pretende su autor. Cuando no movió nada es como el temblor de 2 grados. No estará en los encabezados ni en la historia y, ni siquiera, en el recuerdo. 

En realidad, el verdadero discurso político comienza siendo el discurso de la concordia contra el discurso del conflicto. Pero termina siendo el discurso de la verdad contra el discurso de la mentira. El discurso de la sinceridad contra el discurso del fraude. El discurso del cumplimiento contra el discurso del sablazo.

El gran orador político debe tener humildad, síndrome inequívoco del gran político. Debe ser realista, síndrome imprescindible del indispensable político. Debe ser inteligente, síndrome inigualable del político infalible. El verdadero político es el único mariscal de sus legiones, es el único estratega de sus batallas y es el único héroe de sus victorias.

Presidente de la Academia Nacional de México

Twitter: @jeromeroapis

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