El genoma de la soberanía
La voz popular le ha dado a la soberanía varias acepciones que nada tienen que ver con su concepción jurídica o política. Por eso, ahora hasta los neófitos del asunto nos hablan de una soberanía económica, de una soberanía alimentaria, de una soberanía energética,de una soberanía tecnológica y hasta de una soberanía cultural
El concepto de soberanía es una ecuación muy compleja no sólo para explicar y para entender, sino también para transmitir. Por eso, debemos ser muy cuidadosos para no manosear con el discurso algo tan complicado hasta para los teóricos de la ciencia política.
La soberanía no es propiamente un concepto jurídico, sino un concepto político. No tiene precisión y todas sus definiciones son muy distintas y hasta contrapuestas. Es tan difícil de precisar como lo son los conceptos del amor o del odio o del humanismo o del patriotismo o de la alteza.
En 2017 escribí La teoría del poder como ciencia exacta, prologado por Ricardo Sodi, respetado constitucionalista, hoy en camino hacia la Suprema Corte. Allí sostengo que la soberanía se compone de dos elementos imprescindibles. La supremacía y la independencia. Aquélla concierne a lo interior de la sociedad o nación y la segunda se refiere a lo exterior, en relación con las demás sociedades o naciones.
Pero la soberanía originaria sólo existe en la teoría, mientras que en la realidad se concreta una soberanía derivada que proviene del orden constitucional. Luego, entonces, de allí que nos acometan dudas cardinales y confusiones esenciales. Por ejemplo, si la constitución proviene de la soberanía o si la soberanía proviene de la constitución.
Para Hans Kelsen y para muchos que lo seguimos, la constitución es la soberanía y la soberanía es la constitución. Podríamos decir que la constitución es la soberanía con toga jurídica y que la soberanía es la constitución con discurso político.
Sin embargo, en palabras muy sencillas podemos decir que tiene soberanía quien manda por encima de todos y que nadie manda sobre él. Dos figuras nos sirven de ejemplo. Es soberano el dios, de cualquier signo religioso, y es soberano el Estado constitucional, de cualquier signo político.
Para complicar un poco más las cosas, la voz popular le ha dado a la soberanía varias acepciones que nada tienen que ver con su concepción jurídica o política. Por eso, ahora hasta los neófitos del asunto nos hablan de una soberanía económica, de una soberanía alimentaria, de una soberanía energética, de una soberanía tecnológica y hasta de una soberanía cultural.
Es frecuente que se confunda con el nacionalismo y eso es muy peligroso porque nos llevaría al absurdo de que hay soberanía en los cárteles porque no tienen jefe extranjero, y no la hay en el futbol porque todas sus leyes las dictan en otro país.
Es frecuente que se confunda con la autosuficiencia y eso es muy zafio porque nos llevaría al dislate de que tenemos soberanía en el guacamole de tlatoani, que hasta lo exportamos, y no la tenemos en la barbacoa de borrego, que tenemos que importarla.
Es muy frecuente que se confunda con la libertad y eso es muy frustrante porque nos llevaría a la paradoja de que hay más soberanía cuando los ciudadanos hacen todo lo que quieren, y hay menos soberanía cuando se someten al mandato de la ley.
Cuando fuimos a la escuela de abogacía tuvimos que cursar largas sesiones sobre esta cuestión que nos parecían materias caducas o letras muertas. No imaginábamos que se trataba de materias del porvenir y no del pasado. Que no estudiábamos temas históricos, sino conflictos futuristas.
Hoy en día, de nueva cuenta surge el tema de la soberanía en el acontecer nacional. Pero, más allá de ello, nos preguntamos: ¿qué papel juegan en esto los extranjeros? ¿Por qué la Constitución mexicana es particularmente cuidadosa en esta cuestión? ¿Qué sentimientos nos produce la intervención de extranjeros?
Muy gravemente peligroso sería creer que la soberanía es tan sólo un asunto de extranjería. Como lo ha dicho Pascal Beltrán del Río, también hay mexicanos que someten al Estado y que avasallan a la sociedad. No vaya a ser que un día trágico los mexicanos nos volvamos a enfrentar como en el siglo XIX porque unos y otros entendamos la soberanía de manera muy distinta.
