El Estado ficticio y el Estado fingido
Tomemos dos casos. México y España son estados fingidos. España es una aparente monarquía que realmente es república y México es una aparente república que realmente es monarquía. Y ambos tiene gobiernos ficticios. El rey de España es inane y el gobierno de México es inefable.
La fotografía de México no se corresponde con su radiografía. Dicen que es una democracia, pero ha sido una nicecracia. Dicen que es una federación, pero ha sido muy centralista. Dicen que es constitucionalista, pero ha sido muy absolutista. Dicen que ya no tiene corrupción ni inseguridad ni pobreza ni rezagos. Hoy, algunos hasta dicen que es una dictadura, pero otros la sienten muy guanga para dictadura.
Durante 60 años fue un régimen socializante que hoy consideran derechista. Y, después, tuvo un régimen que se dice de izquierda, pero que se desentendió del desarrollo, de la pobreza, del empleo, de la educación y de la salud. En aquel entonces, Mario Vargas Llosa lo llamó “la dictadura perfecta”. Yo le repelé explicando que ese gobierno le regaló a la oposición el 40% del Congreso de la Unión, donándole 200 curules y 50 escaños que la oposición no se ganó en las urnas.
La diferencia entre lo ficticio y lo fingido está en el sujeto, no en el objeto. Santa Claus y El Coco son ficticios para los niños y son fingidos para los papás. Aquéllos creen que son reales y éstos saben que son falsos. Para Aristóteles y para Séneca, uno es ficto y otro es pseudo.
Tomemos dos casos. México y España son estados fingidos. España es una aparente monarquía que realmente es república y México es una aparente república que realmente es monarquía. Y ambos tiene gobiernos ficticios. El rey de España es inane y el gobierno de México es inefable.
Muy a la mano, Estados Unidos es un Estado real. Son una federación auténtica, desde su nombre hasta su cotidianeidad. Son una verdadera república representativa, para bien o para mal.
Es cierto que tienen un jefe de gobierno que algunas veces parece fingido y otras parece ficticio. No siempre sabemos si es real lo que dice o lo que piensa. O si no dice o no piensa. O si no dice lo que piensa. O si no piensa lo que dice. No sabemos cuándo es Nayib Bukele y cuando es Nicolás Maduro. O si es Santa Claus o El Coco o los papás.
La política es una ciencia categórica y dice lo que fue, lo que es y lo que será. El derecho es una ciencia imperativa y dice lo que debió ser, lo que debe ser y lo que deberá ser. Desde muy joven, yo profeso la ecuación positivista del derecho y, por eso, siempre he aclarado a mis alumnos que la Constitución Política es una ley y que las leyes dicen lo que debe ser, no lo que es. En ocasiones, coinciden y se llama Estado de derecho. En otras, no coinciden y se llama fractura de derecho.
Nuestra Constitución dice que debemos ser república, representativa, democrática, federal y con gobierno tripartito. Pero hoy, no lo somos. Y la verdad, tampoco lo hemos sido en el pasado. Y, además, no estoy del todo seguro que queramos serlo en el futuro.
Pero esto es la consolidación de la república imaginaria. Aquella donde sus gobernantes no se comprometen y donde sus candidatos no se obligan. Aquella donde sus electores no se interesan. Aquella que no quiere reconocer sus problemas porque tampoco quiere asumir sus obligaciones. Aquella que la historia registra como ajena al progreso, a la mejoría y al perfeccionamiento. Aquella que su esencia está constituida por una disociación de la realidad y una entronización de lo inexistente.
Para el niño, Santa Claus es la felicidad y El Coco es el terror, pero para él son tan reales como el perro y la pelota. Ahora bien, si al niño no le gustan sus juguetes, para la próxima Navidad que cambie de carta. Es lo único que puede cambiar porque no puede cambiar ni de Santa Claus ni de papás. Hasta allí, lo bueno.
Lo malo, es que no se puede cambiar a El Coco, el inefable e indefendible, como los países o los gobiernos o los gobernantes irremediables. Los que asustan o aterran. Pero El Coco desaparece y perece cuando el niño crece y madura. Me costó mucho entenderlo y aceptarlo. Pero, gracias a ello, entendí la política, entendí el derecho, entendí a México y me entendí a mí mismo.
