Arca y diluvio, pareja ideal

En los países como México lo ideal es parear al buen gobierno con la buena oposición. El diluvio es que ambos sean pésimos. Lo mediano es que sólo sirva uno de ellos

El arca sin diluvio es un trebejo inútil. El diluvio sin arca es una imprevisión impotente. Pero juntos, el arca y el diluvio, son una pareja legendaria.

Así sucede en la política. En los países como México lo ideal es parear al buen gobierno con la buena oposición. El diluvio es que ambos sean pésimos. Lo mediano es que sólo sirva uno de ellos. Si el gobierno es muy eficiente, no es tan grave la impotencia de la oposición. Pero si el impotente es el gobierno, la única salvación reside en la oposición.

La historia política mexicana es rica en ejemplos. El gobierno de López Portillo pudo haber sido excelente como lo fueron pocos. Pero le faltó tener una seria oposición que le contuviera en sus excesos, que le despertara de sus fantasías y que le advirtiera de los riesgos.

En cambio, el gobierno de Vicente Fox pudo haberse perdido por sus carencias empírica, programática y teleológica. Pero lo salvó la oposición del PRI, en ese entonces muy recia, muy sabia y muy valiente, así como la oposición interna del PAN. Baste recordar que los líderes congresionales de su partido fueron el diputado Felipe Caderón y el senador Diego Fernández de Cevallos, quienes nunca fueron sirvientes de su colega panista.

Para el gobierno de Carlos Salinas fue muy útil la oposición, entonces muy bien cimentada por el PAN y el PRD, los que contaban con el soporte ideológico de Carlos Castillo Peraza y de Porfirio Muñoz Ledo, así como con el liderazgo personal de Cuauhtémoc Cárdenas y del mencionado Fernández de Cevallos. El gobierno salinista estaba muy bien equipado en ideas y en acciones. Ninguna de ellas ha sido censurada ni revocada. Pero creo que diversas aportaciones democráticas, sociales y humanísticas no se hubieran gestado dentro del PRI tradicional ni en la mente de los más insignes priistas.

Aun en los tiempos del gran partido hegemónico, López Mateos hizo un excelente gobierno por sus propios méritos, así como los de su equipo y muchas veces se dejó orientar, contener o impulsar por el cardenismo que lideraba a obreros y a campesinos; por el alemanismo, con muchas influencias entre profesionistas, inversionistas e intelectuales, y por el ruizcortinismo, con hilos muy penetrantes en la opinión pública y en el liderazgo partidista.

La buena oposición es de lo mejor que puede tener un buen gobierno. Ella lo impulsa ante sus negligencias, lo contiene ante sus excesos y lo guía ante sus extravíos. Es el mejor motor, el mejor freno y la mejor contraloría del gobernante. Le da lo que, muchas veces, no le surten ni los leales ni los serviles. Le informa de lo que él no advierte o de lo que no previene. Es el vigía de mástil que le avisa si viene la tormenta, si se acerca el iceberg o si aparece el enemigo.

Pero esta arca de oposición sufre dos amenazas en el diluvio de la política. Una es que el gobierno quiera aliar a la oposición para transformarla en simple colaboradora, privándola de ser opositora. La otra es que la oposición no sea recia o inteligente. El diluvio sin arca surge cuando al mal gobierno se suma la mala oposición.

En nuestros malos sexenios, los gobiernos han sido inexpertos e improvisados. No contaron con aquellas memorias, buenas o malas, que se llaman experiencia. Y las oposiciones han revelado mucho de inhábiles y desmañadas. No aprendieron a denunciar con fortaleza y con alteza.

Hoy la más fuerte oposición no está en los partidos, sino en las calles. Es la de las manifestaciones recias, la de los discursos valientes, la de los temas inteligentes.

Sin embargo, como ella no es un partido, no tiene congresistas ni vota leyes ni designa funcionarios ni aprueba presupuestos ni litiga contra violaciones constitucionales ni postula candidatos ni contiende electoralmente ni hace proselitismo publicitario ni vigila elecciones ni recibe dinero del gobierno.

Son la “oposición-de-a-pie”, no la “oposición-de-limosina”. Pero toda la historia política de la humanidad nos ha demostrado que los más grandes cambios no han provenido de los partidos, sino de las calles.

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