Anatomía de un bicentenario
Yo me atrevería a decir que 80% de nuestras reformas han sido buenas.
En este inicio de sexenio les deseo a la presidenta Claudia Sheinbaum y a mi México querido el mayor éxito, la mejor suerte y la muy buena ventura.
Me gustó el inicio por tres razones. Porque me gustó el discurso en el que se dijo lo que queríamos oír y se prometió lo que queríamos que nos prometieran. Me gustó su comportamiento porque hizo lo que tenía que hacer. Y me gustó su actitud, por la cual presiento que la pueden llegar a querer mucho. Solamente el tiempo y nadie más me refutará o me confirmará.
Entrando en materia, felicito a Ricardo Sodi por el Congreso de Federalismo que honra el bicentenario de nuestra Constitución del 4 de octubre de 1824. Él es un constitucionalista pleno. Catedrático, tratadista, defensor y devoto de la Constitución. Es con toda legitimidad de aquellos que yo me he permitido llamar “Los templarios de la Constitución”. Sus defensores tan necesarios en todo tiempo y sobre todo en las horas constitucionales oscuras.
Hemos realizado muchas reformas en nuestra historia. Es cierto que 10% han sido mediocres y 10% han sido pésimas. Pero yo me atrevería a decir que 80% de nuestras reformas han sido buenas. Y de éstas, muchas han sido ejemplares. Y, entre éstas, algunas podemos considerar como iluminadas. Eso me hace sentir un orgullo constitucional.
Quizá, por eso, llegamos a creer que el constitucionalismo ya era batalla ganada. Así, por ejemplo, el arrebato nos sugiere que ya no hay centralistas y todos somos federalistas. Que hemos llegado a la práctica del federalismo como los estadunidenses. Que nos complace que los congresos locales legislen como quieran en materia de delitos, sin pedir permiso a nadie. Que el federalismo simulado de antaño hoy sea un federalismo real y verdadero.
Pero la prudencia nos advierte que, todavía hay quienes proponen los mandos únicos, las legislaciones uniformes, el modelo idéntico o que los gobiernos federados se conviertan en delegaciones federales.
Así, en ocasiones, el frenesí nos insinúa que ya no hay absolutistas y que todos somos demócratas. Que hemos arribado a la práctica democrática de los franceses. Que nos satisface el pluralismo ideológico, el pluripartidismo electoral y la convivencia tolerante.
Pero la mesura nos avisa que, todavía, hay quienes postulan la desaparición opositora. O que acusan que la gobernabilidad presidencial sufre y fracasa a diario por culpa del contrapeso de otros pensamientos.
Así, también, la ilusión nos inspira que ya no hay déspotas conservadores y que todos somos republicanos liberales. Que hemos alcanzado la práctica liberal de los ingleses. Que nos embelesa el constitucionalismo, el garantismo, el respeto del gobernante hacia el gobernado, la evolución del sistema de amparo, la transigencia con las ideas de todos o la tolerancia con las preferencias de cada cual.
Pero la sensatez nos anuncia que, todavía, hay quienes solicitan el ajusticiamiento sin juicio, el interrogatorio con tortura, la supresión del amparo, la militarización de la policía, la centinelización de la justicia o la gendarmización de la política.
Así, también, el delirio y la apoteosis nos embaucan a creer que todos somos soberanistas, justicialistas, progresistas, equitativos o, por lo menos, racionales y sensatos. Pero la madurez nos alerta que, todavía, hay quienes no viven en el siglo XXI, sino que añoran el XX, el XIX y, desde luego quienes extrañan la Edad Media o la Era de las Cavernas.
Seamos realistas. La soberanía, la democracia, la libertad, la justicia, el federalismo, el republicanismo y la equidad aún no han ganado su batalla final. Pero nunca ha sido fácil la batalla constitucional. Eso nos enseñan estos 200 años de constitucionalismo. Toda la historia constitucional nos muestra que las constituciones se sostienen en la razón no en la sinrazón, en la verdad no en el fraude, en la lealtad no en la traición y en la libertad no en la obediencia.
