Una historia de caballos y de políticos

Como estoy vacacionando, después de mucho tiempo de no hacerlo, la mente se distrae de lo habitual y el recuerdo me trajo una historia que escuché en la casa paterna, allá en mi alegre niñez. Se refiere a lo que sucede cuando los hombres desbarran, resbalan y desbarrancan. Hoy, en mi solaz, vuelvo a compartirla

Hace muchos años, un joven antillano aprendiz de jockey le decía a mi padre, para entonces ya un sabio abogado, político y caballista, que algún día querría ganar el gran derby de este país y olvidarse de las estrecheces que había sufrido en el suyo. Además, le preguntó ¿qué hacer para lograrlo?

Mi padre le contestó que sólo se requerían dos cosas muy sencillas. La primera, ir a bordo del mejor caballo. La segunda, lograr que ningún otro cruzara la meta antes que él. Le agregó que, para que lo designaran en la monta de un caballo estelar, los caballistas propietarios tendrían que convencerse de su pericia, de su valentía, de su honestidad, de su lealtad y de su responsabilidad. Que lo observarían en la pista y fuera de ella. Su comportamiento en la monta, en el hogar, en la cantina, en el gimnasio y hasta en el banco. Lo que comía, bebía y gastaba. Sus amistades y sus aficiones.

Sólo así le confiarían a sus mejores ejemplares. Aquellos que valen mucho dinero y que reciben mucho amor. Sólo a alguien que saben que no lo vencería nunca ni la fatiga de una farra previa ni el apetito de un jugoso soborno ni el temor de una lesión fatal.

Al cabo de algunas temporadas, este jinete ganó la anhelada competencia. Mi padre le había entregado su mejor caballo y, algunos minutos después, él se lo había regresado, ya convertido en campeón de México. Entró al podio de premiación parado sobre los estribos, escuchando la ovación de 50 mil gargantas y agitando el fuete en alto, en señal de su victoria.

Prosiguieron varias temporadas de éxito, hasta que los caballistas estadunidenses se lo llevaron para las pistas mayores. Allá triunfó hasta que su apetito de victoria se convirtió en hambre de billetes y en sed de placeres. Sobrevino su debacle y él no se sobrepuso a ella. Se rodeó de vividores, de tahúres, de borrachos, de lambiscones y de putas. En un par de ocasiones los árbitros le encontraron alcohol o droga en la sangre y los inspectores le hallaron dinero inexplicable en sus cuentas.

Terminó echado fuera del deporte hípico. Le cancelaron la licencia, con efectos mundiales. Podría acudir a cualquier hipódromo, pero no pisar alguna pista ni acercarse a caballo alguno. Un caballista bondadoso y poderoso movió su influencia para que no fuera largado de ese país. Pero ningún caballista trataría de rehabilitarlo. Ese exjinete campeón se había convertido en un peligro para los propietarios, por su deslealtad; para los apostadores, por su deshonestidad, y para los otros corredores, por su adictividad. Abogar por él sería una irresponsabilidad imperdonable.

Como no sabía hacer otra cosa que montar, con el tiempo, para poder comer, se empleó como auxiliar en el vestidor de jinetes de un hipódromo secundario. Allí preparaba los uniformes, limpiaba las botas, repartía las toallas, entregaba los fuetes y recibía las propinas. También, desde allí, escuchaba los aplausos para los vencedores en la pista. Terminó solitario y tan sólo rodeado de sus fotografías, que no valoró para su orgullo, y de sus trofeos, que menospreció para su mal.

Es una historia muy dura que he recordado en mi vida política. Para triunfar en ella tan sólo requerimos que nos encomienden la alta responsabilidad que deseamos y desempeñarla bien. El verdadero político tiene que conducirse con pericia, con valentía, con lealtad, con honestidad y, sobre todo, con un alto sentido de responsabilidad. Es una vida más llena de sacrificios que de placeres. Todo ello le servirá, si tiene suerte, para que lo designen o para que lo elijan, según se trate de un cargo conferido por un electorado ilusionado o por un patrón esperanzado.

El encargo oficial es el equivalente de mi ejemplo a la monta anhelada. La que tanto esfuerzo le cuesta lograr al político de carrera. Porque en la real política, la única en la que creo, es muy difícil llegar y todos aquellos que lo logran por la vía fácil suelen terminar pronto y mal.

El verdadero dueño del caballo encomendado es el pueblo que lo ha elegido o el jefe que lo ha designado. Él fue quien le confió la secretaría, la gubernatura o la presidencia, según sea el caso. A él tendrá que devolvérsela en mejores condiciones que como la recibió. Pero, también, él tendrá que concluir mejor que como se inició. Con mayor respeto que al principio. No distraerse, no venderse y no perderse, como el jinete de mi crónica.

Es bueno ser respetado, no humillado. Admirado, no repudiado. Exaltado, no sobajado. Envidiado, no despreciado. Y, si se puede, amado, nunca odiado.

Temas: