El susto y el miedo
La diferencia esencial entre el susto y el miedo es que el susto se ubica en la realidad mientras que el miedo se ubica en la imaginación. Susto es el que nos provocó el temblor pasado. Miedo es el que nos provoca el temblor futuro. Aquél se originó en el subsuelo. Éste se origina en nuestra mente.
Por eso, ante la elección de Donald Trump, hay que dilucidar cuánta de nuestra inquietud proviene de la realidad y cuánta proviene de nuestra imaginación. Para comenzar, algunas veces es mejor un temor real que un entusiasmo ingenuo como el que pudo habernos provocado el resultado inverso.
Son tres los inconvenientes más visibles que nos ofrece el próximo Presidente vecino. Uno de ellos es el sentimiento antimexicano que ya generó desde su campaña y que reforzará con su discurso de todos los días. Ya no estoy seguro, incluso, de si en mi próxima visita turística me enfrentaré, si no a la agresión, por lo menos a la leperada de algún mesero o de algún ruletero. Yo puedo prescindir de ese paseo, pero lo temo por mis paisanos mexicanos allá residentes, incluso de varias generaciones.
El segundo es el tema migratorio. No creo mucho en la construcción de una muralla, pero sí creo en medidas endurecidas en cuanto a deportación, ante las cuales debemos estar preparados o ante un embargo de remesas, por cualquier mecanismo a su alcance.
El tercero es la revisión del TLC. No necesariamente su cancelación, pero sí la exploración de los posibles cambios en los que han estado insistiendo desde su celebración, principalmente en lo que concierne a hidrocarburos y a transporte, por mencionar tan sólo dos de ellos.
Nos dicen que viene el lobo, pero no sabemos si esta advertencia es real o irreal. No sabemos hasta dónde es un susto o desde dónde es un miedo. El discurso contra el TLC es un recurso de campaña que entusiasma a nuestros vecinos pobres, que son muchos electores. Pero ese discurso no entusiasma a nuestros vecinos ricos, que son muy poderosos. Y los candidatos piensan mucho en los pobres, pero los presidentes piensan mucho en los ricos.
He comentado con Pascal Beltrán del Río y con Luis Maldonado Venegas que la elección de Donald Trump proviene de un mal humor estadunidense, por diversas crisis que comenzaron el mismo año de la elección de Barack Obama, aunque no por su culpa, principalmente la económica.
Por si fuera poco, el Presidente se alió con Hillary Clinton y, con ello, le hizo “la-mala-obra”. Si ésta hubiera marcado su distancia, aunque fuera fingida, otro hubiere sido su destino. Salvo el caso Reagan-Bush, en todo un siglo estadunidense ningún presidente ha logrado impulsar victoriosamente a su sucesor.
Nos dicen que viene el lobo. Pero el lobo es un político improvisado y esto tiene una importancia ya muy comprobada. Estos aficionados son muy poco ejecutivos en el gobierno real. Quizá porque no están acostumbrados a manejar 300 asuntos simultáneos, se aturden y se paralizan. No logran realizar mucho ni de lo bueno ni de lo malo. Omito mencionar ejemplos.
En mi experiencia personal, he trabajado 15 años en la procuración de justicia y otro tanto en el bufete particular, en ese orden secuencial. En la procuración manejaba directamente 80 asuntos a la semana. En el bufete atiendo directamente 80 asuntos al año. Por ese entrenamiento, los llevo con eficiencia y me sobra tiempo para escribir artículos y libros, para mis clases universitarias, para mi familia y mis amigos así como para dirigir media docena de organizaciones gremiales. Pero he visto a algunos colegas que, a la inversa, pasaron del bufete a la procuración, recibieron más trabajo que el que estaban acostumbrados a despachar, se colmaron, reventaron y los corrieron.
Nos dicen que viene el lobo, pero nosotros ya estamos viviendo con lobos, representados por aquellos gravísimos problemas nuestros que muy poco o nada tienen que ver con Estados Unidos. La delincuencia, la inseguridad, la injusticia, la corrupción, la pobreza, la desigualdad, el subdesarrollo y la subgobernabilidad, por mencionar tan sólo algunos cuantos. Frente a estos, la migración y el TLC parecieran ser un problema más, pero no “el problema”.
No pretendo decir, desde luego, que todo está bien y que no nos va a pasar nada, sino que recurramos a nuestra eficiencia reactiva, para distinguirla de la programática. Ésta última se refiere a lo que el gobernante quiere hacer, lo medita, lo diseña, lo propone, lo opera y lo realiza. Aquella primera se refiere a lo que la realidad nos obliga sin preguntarnos, sin avisarnos, sin encuestarnos, sin prevenirnos y sin aguardarnos.
En síntesis, quiero repetir que, ante las emergencias, lo primero es no ignorar las alarmas, no estorbar la salida, no correr sin rumbo, no demostrar miedo, no gritar sin sentido y, sobre todo, no llorar sin motivo.
Twitter: @jeromeroapis
