Democracia ilusoria y nicecracia real
Se puede profetizar que el PRI se pondrá en preparativo de guerra. Es ingenuo suponer su declive terminal tan sólo porque se le redujeron cuatro gubernaturas, unas endeudadas, otras saqueadas y, otras más, desahuciadas. Ésta no es su peor derrota sino las de 2006, 2000 y 1997, en ese orden, cuando hubo divisiones, equivocaciones y traiciones pero que ni siquiera cancelaron su recuperación.
No se puede menospreciar a un partido que detenta la Presidencia de la República, las principales bancadas del Congreso de la Unión, 15 gubernaturas y cientos de alcaldías y diputaciones locales. Que es el principal productor de cuadros y baste ver que ocho de los recién electos los formó el PRI. Los priistas casi monopolizan las mejores ideas y hasta las mejores tretas.
Pero lo importante de una elección no es ganarla sino convertirla en verdadero gobierno. Recurro a lo que he denominado como nicecracia, del griego Niké, victoria, y Cratos, poder. Gobierno de los victoriosos. Nuestra democracia, como la de casi todas las naciones, no instala gobiernos de las mayorías sino tan sólo gobiernos de los vencedores.
La democracia representativa agota el poder del ciudadano en la mera jornada electoral. Su poder político tan sólo sirve para elegir, pero no sirve para gobernar. Habrá quien arguya que el electo queda convertido en nuestro mandatario y sujeto a nuestra voluntad para el ejercicio de su encargo. Pero ésta es una fantasía que no resistiría el menor análisis de realismo. En las sociedades grandes y complejas, la fórmula científica es lo virtual pero el ejercicio práctico es lo real.
Además, porque nuestra democracia, más que la de otros regímenes, es la que más se aleja de la ensoñación del mandato popular. En primer lugar, porque todas nuestras fórmulas de gobierno están desvinculadas de la voluntad o del deseo popular. Hasta la no reelección o la reelección limitada están diseñadas para que los gobernantes actúen sin preocupación ni atención por el gusto ciudadano.
En segundo lugar, porque la realidad mexicana actual ha configurado un pluripartidismo muy equilibrado que produce victorias electorales sin contar con la mayoría absoluta de los electores. Casi todos los alcaldes, los diputados, los senadores, los gobernadores y los tres últimos presidentes han sido electos sin contar con el 51% de los votos. Es una paradoja de la democracia mexicana el que instale gobiernos de minoría y no de mayoría.
A esto habría que agregar que el pluripartidismo mexicano, como el de casi todos los países, tiene calendario y perentoriedad. Existe hasta el día de la elección. Pero, a partir de la jornada electoral, todo se convierte en bipartidismo. Sólo subsisten dos fuerzas políticas. Los que están a favor del gobierno y los que están en su contra. Y queda en claro que, dados los resultados de victorias minoritarias, el “partido” opositor suele ser el mayoritario, pero no el gobernante.
Esto incuba un peligro real si, además, se pone distancia entre los gobernantes y los gobernados. En su célebre novela-cuento El Principito, Antoine de Saint-Exupéry nos platica de un monarca en cuyo planeta-reino no vivían más que él y su soledad. No existían súbditos, ni cortesanos, ni ejércitos, ni vasallos, ni nadie. Por lo tanto, su voz y su voluntad eran las únicas, disfrutaba de una plena unión puesto que no existía quien se le opusiera y ejercía en una total unicidad puesto que era el único.
Algo similar nos alerta ante algunos políticos que se dicen demócratas pero a quienes, en realidad, no les gusta la democracia porque en ella manda el pueblo y los gobernantes tienen que obedecer. A esos políticos les gustaría que los gobernantes fueran los que mandaran y el pueblo fuera el que obedeciera.
Es que nuestros sistemas e instituciones se han adaptado con mayor agilidad que nuestros espíritus y preferencias. Así como los nuevos ricos no siempre saben para lo que les sirve su dinero, los nuevos demócratas no siempre saben para lo que les sirve su democracia.
Es cierto el mal humor, convertido en hartazgo y expresado en voto de castigo. Pero, en un Estado, se renegaba de la ladronería y el cinismo de su gobernante. Creo que tenían razón en su diagnóstico y derecho en su rabia. Pero eligieron a otro también con aura de ladrón y de cínico. No me constan los defectos de ambos, pero me consta su fama.
Por eso digo que estos temas han saltado del atril de la biblioteca al ejercicio de nuestra política del día. Bastaría con tener presente que muchos de nuestros fracasos residieron en nuestra incapacidad para comprender que tenemos gobiernos de minoría, con congresos opositores y con una ciudadanía que, mayoritariamente, les regatea su confianza y su colaboración. Es decir, por creer nuestra mentira de que tenemos gobiernos de extracción demócrata y no el producto de un sistema nicécrata.
