T-MEC: nueva palanca de presión permanente

La negativa a renovar automáticamente el T-MEC es la vía que encontró EU para transitar del libre mercado al comercio supervisado, como la mejor forma de cambiar sus reglas de operación sin tener que cancelarlo. El paso del duty free al proteccionismo institucionalizado del América Primero abre una nueva era en su forma de operar de tres décadas.

Para muchos no es una sorpresa. Trump amenaza desde llegar a su segunda presidencia con tirarlo a la basura por considerarlo innecesario para la prioridad de imponer su estrategia de seguridad nacional en el comercio con México y Canadá. Su objetivo manifiesto siempre ha sido cambiar el acuerdo para alinearlo a la lógica de seguridad económica de sus intereses en una nueva era de la geopolítica mundial.

En realidad, Washington nunca ha pretendido abandonar su relación comercial con México, sino cambiar el tablero de la negociación bajo sus nuevas máximas nacionalistas; y justificar la vigilancia estricta de los intercambios para regular sus déficits comerciales, proteger su industria con aranceles y asegurar cadenas de suministro en la rivalidad con China.

Por eso, detrás de exabruptos y advertencias de Trump no está sólo la lógica huérfana de la guerra comercial de viejos nacionalismo, tampoco la defensa de antiguos liberales. La decisión de no extenderlo hasta 2036 e introducir un mecanismo de revisión anual cumple con el objetivo de institucionalizar la incertidumbre con que levantar sus proyectos con capital de terceros y maximizar ganancias de un gobierno de “hombres de negocios” como el trumpista. Su nuevo modelo se apalanca en la imprevisibilidad para sacar provecho un día de tratos preferenciales y otro, revertirlos con barreras comerciales.

En ese nuevo escenario, el secretario Ebrard viajó esta semana a Washington para preparar la revisión formal del T-MEC el próximo 20 de julio, que abrirá un proceso inédito y sin límite de tiempo, con una agenda que despide el libre comercio y refleja los nuevos tiempos del nacional proteccionismo del comercio regulado con tarifas, reglas de origen y barreras a terceros países. La postura mexicana es evitar que se modifique el núcleo del tratado con aranceles a sectores estratégicos vigentes en la industria automotriz, acero o aluminio, pero pelea contra las cuerdas. Las modificaciones sustantivas al tratado no son ocurrencias de la volatilidad de Trump, sino una especie de nuevo consenso de Washington para crear una nueva Cortina de Hierro contra el acceso de los asiáticos a su zona de influencia del hemisferio occidental.

México destaca la continuidad del tratado y Sheinbaum no descarta que se llegue a renovar por 16 años (y se eliminen las inspecciones anuales), pero su nuevo enfoque indica que la incertidumbre y las sanciones (aranceles y barreras) del comercio supervisado no serán excepción, sino la constante. Ante este escenario, su second best en la negociación es lograr un tratado preferencial y ventajas comparativas para mantener competitividad en el mercado de EU, del que depende 80% de su comercio. Pero a cambio tendrá que encontrar un difícil equilibrio en la definición de las reglas de origen con China, que Washington quiere subordinar al criterio subjetivo de su seguridad económica; y resistir la lógica extractivista de la potencia para asegurar sus cadenas de suministros con materias primas y raras de sus socios.

Las consecuencias del cambio serán profundas para México: la relación bilateral tendería a alinearse aún más a los intereses de EU, la inversión podría debilitarse por la incertidumbre y abrir mayor politización en conflictos comerciales. Pero el mayor de los retos será replantear sus estrategias hacia futuro y compensar la incertidumbre con resultados concretos para que no se traduzca en la salida de inversiones del país, como el anuncio de traslado de una planta de Toyota a Texas; o evitar que una porción de nuevas inversiones acabe por instalarse en EU como pretenden las nuevas reglas del T-MEC. El costo real, quizá inevitable, del fin de una era en el comercio es llevarse consigo las expectativas que antes ofrecía el acceso franco al mercado más grande del mundo para la atracción de inversiones. Y que ahora tendrá que restaurar teniendo como punto de venta el esfuerzo y proyectos internos que destraben la nave de la economía mexicana con motores internos.