El gobierno de Trump es el principal promotor de la visión de grandes empresas tecnológicas: una IA supuestamente imparable que exige subordinar tanto al rival chino, como al aliado mexicano. Sin embargo, mantenernos pasivos como país ampliaría nuestro rezago digital y profundizaría la sujeción frente al nuevo poder global. Lo que está en juego es decisivo: el riesgo de perder el control de nuestro destino, en un contexto marcado por el avance de derechas autoritarias que buscan alinear ideológicamente a gobiernos de su zona de influencia con los intereses de los gigantes tecnológicos. Frente a ello el punto no es competir, sino de definir con urgencia objetivos y reglas para desarrollar capacidades propias.
La política exterior de Trump es expansionista. Los ideólogos de MAGA han dado señales claras de impulsar movimientos de extrema derecha y querer construir un imperio al servicio del Big Tech. Quedar inermes ante ese escenario nos convertiría —como ocurre— en grandes exportadores de insumos y componentes, pero indefensos consumidores de inteligencia y tecnología. México no tiene una ley nacional que regule la IA, sino disposiciones dispersas en leyes laborales y educativas, además de un Plan Nacional que no se ha traducido en políticas concretas. Esto reproduce la vieja lógica del desarrollo dependiente y evidencia el rezago institucional.
La dimensión del desafío quedó expuesta con el actual debate global sobre los riesgos de una IA irrefrenable. Dario Amodei, de Anthropic, advierte sobre escenarios catastróficos, mientras los CEO de OpenAI, xAI y Google comparten la necesidad de una pausa ante el riesgo de que escape al control humano. Pero el dilema es quién decide sus límites, objetivos y consecuencias; un poder que desean conservar las mismas empresas. Para México, el mayor desafío es evitar que la marcha vertiginosa de la IA lo absorba y excluya tanto de la producción como del debate ético sobre sus ritmos y reglas. Ya hoy su situación es la de una dependencia dual: puede fabricar parte de las máquinas que hacen posible la revolución de la IA, pero no tiene capacidades para decidir cómo y dónde adoptarla. Regular la IA corresponde al Estado, y ahí aparece la contradicción de Trump. Descalifica como “fuerzas negativas” a quienes piden cautela y eleva la presión a otros Estados para reducir regulaciones. No quiere frenos por el riesgo de que China gane una carrera decisiva por el poder mundial. El resultado es que los gobiernos quedan atrapados entre el rezago o delegar decisiones fundamentales en empresas cuyo interés principal es acelerar y concentrar sus beneficios.
Ahí se encuentra México. Ocupa una posición privilegiada en la cadena productiva de la IA, pero carece de capacidades equivalentes en infraestructura, software y gobernanza. Es el segundo mayor exportador mundial de hardware y componentes esenciales para la IA, pero ocupa el lugar 45 en preparación para adoptarla, según el IPADE; y el 77 en capacidad gubernamental para ejecutar políticas, de acuerdo con el CIGI.
La dualidad es evidente: fabrica partes de las máquinas que hacen posible la revolución de la IA, pero carece de capacidades institucionales para decidir qué hacer con ella. Sobre todo, por falta de gobernanza interna para resolver esas contradicciones, que de no solucionar urgentemente acabarán por imponerse desde afuera. Sheinbaum propone abrir una discusión amplia para regularla, pero enfrenta el expansionismo de Trump, que califica cualquier intento de ralentizarla como una “conspiración enfermiza”. Con sus presiones busca convertir al T-MEC en una nueva “muralla” de seguridad económica frente a China.
Ante el expansionismo y el avance global de la ultraderecha, Brasil y México son piezas clave para someter a la región a esa influencia. El mayor peligro no es sólo que México pierda la carrera por desarrollar la IA, sino que ni siquiera participe en la definición de sus reglas y termine convertido en proveedor de componentes, consumidor de tecnología y espectador de una revolución que transformará el trabajo, la economía y la geopolítica mundial. Nadie puede estar ajeno a la IA, pero tampoco adaptarse sin pagar el costo de la mayor brecha digital. Si el país no define pronto qué quiere producir, qué regular y qué capacidades desarrollar, otros definirán por éste el lugar que ocupará en la nueva economía de la inteligencia.
