Los fuegos fatuos de la reforma electoral

La dictaminación de la reforma electoral se observa como la llama pequeña y brillante de los fuegos fatuos, esos que flotan a poca altura en la noche sobre cementerios, zonas pantanosas o de putrefacción. El Congreso apura la votación de un tema oxidado por la hiperventilación en la opinión pública antes de llegar a sus manos y cuando ya no queda espacio para destrabarlo con más negociaciones.

La premura por votarlo esta semana parece, en efecto, esa luz de muerto que surge de la oxidación de materia orgánica descompuesta, como las alianzas para respaldar una reforma sin consensos en la melé política. La iniciativa se desahogará unos días después de que Sheinbaum la presentase tras un mes de negociaciones fallidas con sus socios del PT y el Verde; la vía rápida, esta vez, como señal notoria de desacoplamiento, no del fast track del rodillo legislativo.

Su destino apunta a esos panteones donde arden pasiones fatuas y alianzas de conveniencia, en este caso políticas; aunque Morena mantiene luces pálidas con el conato de un plan B, de no alcanzar la mayoría calificada para cambios constitucionales. Pero es mala idea pedir votar con una venda en los ojos, como el traidor frente al pelotón de la opinión pública, a menos que sólo sea para presionar o atemorizar con balas de salva. La propuesta es tan general como ambigua, cuya operación remite a letras chiquitas de leyes secundarias que no presentó. La reforma entró en zona pantanosa con su hiperventilación en la opinión pública sin conocimiento real del contenido y decálogos democráticos contra las críticas, para ganar el respaldo popular con ideas muy taquilleras de quitar dinero a los partidos y obligar a todos los candidatos a hacer campaña. Nadie duda de la popularidad de la propuesta claudista en el contexto de desconfianza hacia el mundo de la política; según Enkoll, supera 80% de apoyo.

Pero el error fue, otra vez, la falsa idea de que las pruebas de popularidad son el fuego que galvaniza los votos en el Congreso. Una mala jugada del oficialismo porque sólo alimentó los peores temores de regresión autoritaria por ventajas para Morena con los cambios al financiamiento de partidos y a la dinámica de elección de los diputados plurinominales; lo que descompuso la partida al llevar a sus aliados al terreno de los opositores, con severas críticas a las pulsiones autoritarias de Morena, aun si la nación se los demande, como les espetaba Morena.

El error estratégico parte de que, por definición, una reforma electoral desde el poder no puede sino despertar suspicacias: nuevas reglas de sobrerrepresentación con qué consolidar su hegemonía, aunque con las actuales pudo dominar al PRI y al PAN con la cláusula autoritaria de gobernabilidad que ellos diseñaron para beneficiar a las mayorías y regular a las minorías. Pudieron acompañar la propuesta con las leyes secundarias de su nuevo modelo de representación política para disipar el temor opositor de esconder una regresión autoritaria y evitar la confrontación abierta con sus socios. La Presidenta ha tratado de quitar hierro a acusaciones de traición de los radicales de su partido contra el PT y el Verde, para que la descomposición no oxide su coalición electoral. Pero la interrogante de fondo es por qué abrir ese flanco si no fuera con intención de disminuir su peso o prescindir de ellos; o acaso fuegos fatuos para justificar un fracaso.

Sheinbaum arguye que la desaprobación no sería una derrota, porque cumplió con presentar la última reforma pendiente del plan C de López Obrador, aunque como el que cierra un expediente y cumple una promesa de campaña. Su último amago de plan B de reforma a las leyes secundarias con qué quitarle el freno es inviable para abrir una nueva ruta a su planteamiento de reducir el costo y desmontar el control de las cúpulas partidistas de la política.

¿Cuál la estrategia ganadora? La Presidenta podrá decir a los duros del obradorismo que hizo todo para sacarla adelante y cerrar flancos en la batalla por las candidaturas para 2027, que será la primera gran prueba de Morena para refrendar triunfos muy comprometidos en varios de ellos; y preparar relevos en su partido para operar la elección de los que careció en este proceso. Porque, como en el juego de las escondidillas, el chiste no es esconderse, sino que no te encuentren.

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