El gobierno de la 4T pasó de ver en el fracking una práctica perversa a darle la bienvenida como baluarte de soberanía energética, con la soltura de un salto acrobático. Pero el giro es una ventana a la escasa planeación en decisiones vitales para la subsistencia energética del país y su politización según la bandera de turno, incluso dentro de su movimiento.
El anuncio presidencial esta semana de reanudar la explotación de gas a través de la fracturación hidráulica tuvo buena acogida, aunque llega con demora para las nuevas urgencias geopolíticas. El anuncio esta vez agitó poco los cuestionamientos que llevaron a López Obrador a ponerle freno por riesgos en el uso y contaminación del agua; ahora se argumenta que hay nuevas tecnologías menos dañinas para el medio ambiente, aunque la razón principal es la gran vulnerabilidad por la altísima dependencia de importaciones de EU.
Desde hace tiempo, antes de la guerra de Irán, comenzó a explorarse al calor de la coyuntura de las nuevas guerras por el petróleo de Trump y su amenaza intervencionista. El veto al fracking fue una promesa de campaña de Sheinbaum, que entonces parecía desconocer o no importarle que el país podría quedar a oscuras si EU cortara el suministro de gas, porque representa más de 60% de generación de electricidad.
Sin lugar a duda es una decisión estratégica en los tiempos que corren de guerras expansionistas de las potencias para blindar cadenas de suministros de materias primas y tierras raras. Pero este nuevo impulso otra vez nos encuentra con los dedos en la puerta y un horizonte lejano como refugio para la soberanía energética. Se dirá que mejor ahora que después cuando, además, se sumen los siete últimos años de destejer como Penélope, aunque ella al menos ganaba espacio. Para nosotros significa haber perdido tiempo y quizás una salida poco viable para protegernos al menos en una década. ¿Podremos decidir y planear por más de un sexenio, aunque repitiera el mismo partido?
El nuevo esquema de apertura a la inversión privada es incompleto y dudoso, especialmente por la urgencia de ponerlo en marcha; sin un plan de negocio que convenza a los privados de la rentabilidad de un proyecto que Pemex no puede desarrollar porque no tiene la tecnología ni los recursos. Y también porque aún falta la valoración de expertos sobre el daño ambiental para la luz verde.
Sheinbaum y López Obrador demonizaron por años el fracking que Pemex ha usado por décadas, como bandera política para distinguirse de la depredación neoliberal al medio ambiente. El giro se justifica ahora con un plan a 10 años que relance a la empresa pública con nuevos esquemas de explotación de gas, que llaman “geología compleja” para evitar la palabra fracking como si borrara críticas. Para los expertos, el fracking sustentable es poco menos que fantasía.
Pero la urgencia es un fuerte disuasivo para desandar el camino. Porque nadie podría decir que la necesidad venga sólo de la coacción de Trump o su prioridad a la doctrina “Donroe” sobre la de la seguridad económica en el América Primero, aunque lo agrava la incertidumbre que causa en el mercado energético. Se presenta como imperativo por la extraordinaria volatilidad económica, pero sin previsión ni planificación de políticas internas es soltar el timón para viajar con el sentido de los vientos. Los pasos que se dan hoy serán decisivos para lo que suceda en 10 años, pero confundir tácticas de corto plazo con decisiones estratégicas deriva en rumbo errático. No obstante, el gobierno parece abordar la vuelta del fracking con la misma reacción a bote pronto con que abraza los aranceles contra China, para apaciguar a Trump y preservar el T-MEC; pero al revés, no encerrarse en Norteamérica, profundizar el aislamiento ni rasgar relaciones con Asia.
Por supuesto, vivimos una época insegura e incierta por los giros belicistas que dominan la política comercial y proyectos imperialistas, como la guerra contra Irán. Difíciles de transitar por imprevisibles consecuencias de liderazgos narcisistas y veleidosos que tienen al orden internacional al límite. Cambios profundos en la geopolítica mundial, el comienzo de la gran transformación de la IA y polarización política en bloques sin lugar a posiciones neutrales. Pero mucho más complejos si las políticas internas se mueven como cáscara de nuez en la tormenta, cuando tendrían que ser el ancla interna para sobrevivir el oleaje extremo.
