Cuba, en un parteaguas de su historia

La caída de Cuba supondría un duro golpe simbólico para la izquierda latinoamericana, en momentos críticos por la revuelta del hegemón estadunidense contra todo lo que resista sus designios. Aunque el modelo cubano hace mucho es un faro tumbado para sus gobiernos, la resistencia de su pueblo sigue siendo un referente de defensa de la soberanía cuando es el riesgo más grave para toda la región.

Por eso el colapso que se avecina con los ecos de la operación militar de EU en Venezuela tampoco es nada bueno ni para el avance del conservadurismo en la región, como erróneamente ha creído la derecha que identifica la política de Trump como única opción para derribar al régimen; y que desde hace décadas impulsó el exilio en Miami y ahora lleva a cabo el primer cubanoamericano en dirigir su política exterior, Marco Rubio.

Más se perderá en Cuba. No sólo por la desaparición de un futuro que hace mucho dejó de serlo a causa de la cerrazón del régimen para transformarse. Sino porque ahora la única razón para elevar al máximo la presión del bloqueo energético contra un país que no representa ninguna amenaza a su seguridad, es la reivindicación histórica de la supremacía sobre el enemigo cazado en un triunfo cultural e ideológico. Y demostrar su control preponderante sobre cualquier otra soberanía en el Hemisferio Occidental que se atreva a interpelarlo o se alíe con su nueva némesis china o el viejo adversario ruso: aunque ninguna potencia haya acudido en su ayuda, parte de la reconfiguración del poder mundial que también afecta a México.

El problema no es sólo que EU asfixie al régimen dictatorial de La Habana para exhibirlo como un “Estado fallido”, sino que una implosión interna se lleve el referente de resistencia del pueblo cubano que en medio siglo ha formado parte de él. La resistencia en Cuba no es sólo la consigna política de “patria o muerte”, sino una forma de vida, que no se puede entender sin la defensa del territorio, la identidad e historia frente a la dominación colonial y el despojo.

Trump presagia su caída como tahúr que usa el sufrimiento de un pueblo como moneda de cambio para ganar una apuesta. La isla está paralizada por la falta de combustible y energía eléctrica, lo que profundiza la crisis de décadas en penuria económica. La situación es tan gravosa para la población que la ONU alerta de un “colapso” humanitario si no se restablece la importación de crudo.

¿Hasta cuándo podrán resistir los cubanos esta situación o hasta dónde llegará el asedio de EU para demostrar su influencia para determinar el futuro de Cuba? Los esfuerzos de otros países como México para evitar una emergencia humanitaria son limitados y aislados contra el asedio energético y comercial de una estrategia que eso pretende, y además reclamados en el país por tocar los “bigotes” al tigre.

Pero se equivocará quien vea en el colapso la posibilidad de paz y orden, nunca ha sido opción sino para generar mayor inestabilidad. Por eso ni los conservadores pueden ver el abismo cubano como una victoria ideológica sobre la izquierda dentro del giro a la derecha en la región; tampoco aceptarlo como resultado de tensiones geopolíticas en el reparto de zonas de influencia entre potencias o sólo de la esclerosis del régimen.

La disposición al diálogo de Miguel Díaz-Canel con EU es un paso obligado para desescalar la presión. Pero sólo si avanzara; Trump entiende que lo que resiste, persiste, y descarta la idea de provocar la caída desde dentro o el uso de la fuerza como en Venezuela para derrocar a Maduro. Y, si a su vez, la dirigencia cubana comprende que el que pide diálogo para superar una crisis, también acepta transformarse y dar paso a reformas democratizadoras largamente pospuestas.

De lo contrario, negarse a abandonar el bloque reforzará la resistencia; quizá como profecía numantina autocumplida de la respuesta de “patria o muerte” de Fidel Castro, cuando otros presidentes latinoamericanos le recomendaron dejar de resistirse al cambio frente a la caída del socialismo. Pero dialogar con rigidez y sin apertura sería profundizar la crisis. Cuba está en un parteaguas de su historia, pero no será empujándolo al vacío como pueda decidir su futuro.