Verde crisis del INE
La Reforma Política no sólo mantuvo a los órganos electorales locales en el presupuesto de los gobernadores, también dejó la autonomía del INE a merced de la presión de los partidos y su autoridad deslegitimada por la persistencia de vicios en su diseño institucional.

José Buendía Hegewisch
Número cero
La crisis de la autoridad electoral, como ahora la tendencia del divorcio, cada vez llega más rápido. Si en el anterior IFE los conflictos tardaban años en estallar, al nuevo INE de la Reforma Política le bastaron sólo unos meses para descontrolarse y traslucir la dificultad de procesar los conflictos. Aún no cumple un año y ya muestra los problemas de un diseño que se ha vuelto disfuncional e ineficaz para enfrentar escenarios graves por el debilitamiento de las instituciones, la partidocracia y el auge del cinismo político de estrategias electorales como las del Verde.
Ante los traspiés del árbitro no es nuevo evocar al IFE de la alternancia de Woldenberg, pero su pérdida de credibilidad —como ha aceptado su presidente— está más allá del liderazgo. El antiguo IFE del 2000 surgió del consenso de abrir al régimen autoritario y cuasi monopartidista con los votos, y de que la confianza de los partidos en el árbitro era capital para la legitimidad del juego democrático. Ahora los partidos controlan el poder como un club cerrado y sin contrapesos, e incluso lo entienden bajo la lógica simple de usarlo con los modos de un negocio. El contexto es otro y sus disfunciones se explican, ahora, por la persistencia de un diseño institucional que, en el fondo, no ha cambiado, aunque las condiciones del sistema político sí lo han hecho.
El INE nació de la idea grosso modo del PAN, y también del PRD, de que el regreso del PRI se debía a que el “dinosaurio autoritario” se había atrincherado en los estados, donde los gobernadores, como nuevos virreyes, controlaban los comicios. Había entonces que sacar las elecciones de su égida para recuperar la autonomía del árbitro con una institución nacional que pudiera organizar todos los comicios. Su aprobación fue la moneda de cambio de la Reforma Energética, pero la prisa por la elección intermedia impidió desarrollar el marco legal adecuado que regule diversos problemas, como la propaganda gubernamental o los actos anticipados de campaña. Lo que sucede con cada reforma electoral: se legisla al vapor y se dejan vacíos que el árbitro debe subsanar sobre la marcha cuando los partidos ya están en la lógica de la lucha por el poder.
La reforma no tocó el método de cuotas partidistas para la integración del Consejo General. Tras agria confrontación, el pasado 19 de febrero siete de los diez partidos representados ahí abandonaron la mesa con acusaciones de falta de legalidad e imparcialidad hacia un grupo de consejeros por la discusión sobre las reglas para los programas sociales y actos anticipados de campaña del Verde. El PRD, PT, PAN y Encuentro Social presentaron quejas contra la campaña “el Verde sí cumple” desde diciembre, y apenas en febrero la Comisión de Quejas y Denuncias del INE ordenó la suspensión de dos de sus anuncios, pero nada le mueve “ni una hoja al Verde” porque asegura que sus promocionales van a seguir.
Entre quejas y apelaciones lo cierto es que el “bombardeo” de más de 224 mil spots entre septiembre y diciembre pasado se refleja ya en las encuestas, que hoy llegan a dar al Verde hasta 13% del voto. Si mantuviera su crecimiento podría convertirse en la tercera fuerza y dar la mayoría al PRI en la alianza que mantienen. Esos resultados demuestran que el desafío del Verde no es accidental. Más bien confirma el auge del cinismo político como forma eficaz en la lucha por el poder y el rumbo que ha tomado la democracia mexicana.
La Reforma Política no sólo mantuvo a los órganos electorales locales en el presupuesto de los gobernadores, también dejó la autonomía del INE a merced de la presión de los partidos, su autoridad deslegitimada por la persistencia de vicios en su diseño institucional y vacíos de la ley para cumplir sus funciones. ¿Puede entenderse que se haya duplicado el financiamiento de los partidos en los estados? ¿Es comprensible que el Verde gaste 320 millones en promocionales, suma cercana al tope en la última elección presidencial?
Las respuestas del Verde reflejan que el cinismo no es una moda pasajera, sino una forma de entender la política como un plan de negocio para maximizar una inversión, por ejemplo en medios, con la finalidad de obtener mayores recursos del financiamiento público. Si los otros partidos no hacen lo mismo será porque malgastan el dinero o se lo roban, nos vienen a decir. El problema es que el éxito electoral habrá de llevar a fortalecer este modelo, que ya no sólo los mantiene en el terreno electoral, sino cada vez más cerca de lugares centrales donde toman decisiones los partidos hegemónicos.
*Analista político
Twitter: @jbuendiah