En su novela Pobre gente, el novelista ruso Fiódor Dostoievski escribió que “en realidad, la gente necesita tocar fondo para poder cambiar”.
Desde el 11 de junio y hasta el 5 de julio, apenas durante 24 días, México vivió un fenómeno que presentó una radiografía impecable sobre el estado de ánimo de nuestra nación. Durante esas tres semanas quedó al descubierto una carencia que desde hace tiempo reclamaba, urgente y lacerante, un motivo para creer, para volver a sentir, para recuperar la esperanza y, aunque fuera por un instante, olvidarnos del fango en el que pareciera encontrarse el país.
Los días del “¿y si sí?” nos recordaron que el mexicano conserva la capacidad de ilusionarse. Que sigue teniendo fe, que basta una posibilidad, por remota que parezca, para imaginar un destino distinto. Durante unas semanas millones de personas se permitieron soñar, trasladarse con la mente a un escenario improbable y encontrar, en esa ilusión compartida, un bálsamo frente a una realidad, que con frecuencia resulta desalentadora.
En esta Copa mundialista, de la que fuimos sede de 13 partidos, cinco de ellos de nuestra Selección, mexicanos y extranjeros pudimos constatar lo que representa el grueso de nuestra población: gente buena, trabajadora, solidaria, cálida y hospitalaria, a la que le hace falta muy poco para sonreír. Pero también quedó expuesta esa otra cara que igualmente nos define: los desfiguros, las irreverencias y la necesidad de desbordar cualquier emoción sin límites, como si toda celebración nos obligara a terminarla con excesos.
La euforia desatada, el afán por destruir cuanto se encontrara al paso, por hacer volar gente a diestra y siniestra, por abarrotar Paseo de la Reforma o trepar cualquier estructura elevada, no fueron únicamente expresiones de un festejo deportivo: fueron también el reflejo de un país que llevaba demasiado tiempo conteniendo frustraciones. Como sostiene la teoría de la regulación emocional de James Gross, reprimir las emociones no las elimina, sino que las oculta hacia afuera, hasta que terminan por manifestarse con mayor intensidad.
Hace tiempo que México viene acumulando heridas, divisiones y desencantos. Y, sin embargo, bastaron poco más de tres semanas para recordar que aún somos capaces de emocionarnos juntos, de reconocernos como una misma nación y de imaginar un futuro distinto.
Lo mejor de tocar fondo es que no queda más que subir. Lo que vivimos en estos días dejó una enseñanza que trasciende al fútbol: los mexicanos queremos volver a creer. Queremos sentirnos parte de un mismo proyecto, dejar atrás las divisiones, los resentimientos, las filias y las fobias. Ya quedó demostrado que podemos unirnos alrededor de una esperanza compartida. Ahora el reto consiste en hacerlo sin necesidad de que ruede un balón.
¿Y si sí cambiamos?
