“Algo tenemos que hacer con México”
Invocar la autodeterminación de los pueblos para defender al dictador Maduro y su régimen criminal es casi una confesión de complicidad.

Jorge Fernández Menéndez
Razones
La captura por fuerzas de élite del ejército de los Estados Unidos y de la CIA del dictador venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia no sólo fue una demostración del poderío militar de Estados Unidos, sino de su decisión de imponer la Estrategia de Seguridad Nacional anunciada en días pasados, que para la región ha sido considerada algo así como una Doctrina Monroe 2.0.
Pero la puede aplicar de esa forma, incluso con una intervención militar mucho más precisa y depurada que aquella con la que se detuvo a Manuel Noriega en Panamá en 1988, porque el régimen de Maduro y su antecesor, Hugo Chávez, eran indefendibles ante la comunidad internacional y el pueblo venezolano que en junio del 2024 había votado masivamente en contra del dictador en unos comicios que Maduro desconoció y de cuyos resultados jamás presentó siquiera las actas comiciales, mismas que fueron conseguidas por la oposición que encabezan Edmundo González y María Corina Machado y que demostraron que habían triunfado por amplísimo margen.
El gobierno de México quedó descalificado para intervenir y opinar sobre lo sucedido en Venezuela cuando aceptó el fraude electoral masivo y de la mano con ello el secuestro y detención de miles de venezolanos que terminaron desaparecidos o torturados en la cárcel por las manifestaciones posteriores. Las aberraciones cometidas por los sicarios del régimen han sido tan documentadas como silenciadas por el gobierno de México, entonces encabezado por López Obrador, que ahora se indigna por la intervención armada para detener a un personaje que Estados Unidos, y otros países, no consideran el presidente legítimo del país, porque luego del fraude lo desconocieron, lo consideran un criminal que encabeza bandas criminales del narcotráfico y de contrabando de armas, combustibles, recursos financieros y alimentos triangulándolos con Cuba, Irán, Rusia y también México. Invocar la autodeterminación de los pueblos, un concepto además bastante rebasado por la realidad desde mucho tiempo atrás, para defender al dictador Maduro y su régimen criminal es casi una confesión de complicidad.
¿Qué vendrá ahora? Leyendo el libro La Misión, que cuenta la historia de la CIA en el siglo XXI del periodista Tim Weiner (el mismo de Legado de cenizas), en varios capítulos se explica que una de las muchas razones por las que fracasaron las intervenciones en Afganistán e Irak fue que no se dieron procesos de transición en esos países que permitieran descabezar a los regímenes de los talibanes y Saddam Hussein, respectivamente, sin destruir institucionalmente también al país, y convirtiendo a los trabajadores públicos y, sobre todo los militares, en enemigos del nuevo régimen. Lo que intenta hacer Trump (y destacadamente Marco Rubio) en Venezuela es tener esa transición para que desde dentro del régimen se haga una limpieza selectiva, se reconstruyan instituciones básicas y se convoque a elecciones democráticas.
En América Latina las transiciones exitosas de gobiernos dictatoriales a democráticos se han dado de esa forma, incluyendo lo sucedido en su momento en Panamá luego de la caída de Noriega; en Argentina, luego de la derrota de la guerra de las Malvinas o en Chile, luego del NO en el plebiscito en contra de Pinochet; la propia transición española se dio así luego de la muerte de Franco y la llegada del rey Juan Carlos y Adolfo Suárez al poder.
No sé si alguien tan comprometida con el régimen como la ahora presidenta interina Delcy Rodríguez pueda garantizar ese proceso, pero la presión estadunidense y la propia conveniencia de la funcionaria podrían propiciarlo. La clave estará en deshacerse de los más radicales y comprometidos con todos los delitos de Maduro, comenzando con Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, que controlan los servicios de inteligencia y militares, y de la mano con ellos de los agentes cubanos que garantizaban la inteligencia y la protección para el propio Maduro. La facilidad con la que se deshicieron de ellos en apenas hora y media las fuerzas estadunidenses han demostrado que eran un tigre de papel. Esas fuerzas sirven sólo para reprimir a su propio pueblo, pero no tienen motivación alguna para enfrentarse a enemigos poderosos.
Dice Trump que Delcy tendrá que hacer lo que le digan y que, si no lo hace, le irá peor que a Maduro. También ha dicho que Estados Unidos intervendrá la industria petrolera venezolana, que tiene las mayores reservas del mundo y que fue lo que mantuvo con vida al régimen los últimos 30 años. Me imagino que personajes del gobierno venezolano deben haber mantenido contactos con Estados Unidos incluso para informar al detalle dónde dormiría esa noche Maduro, y en ese sentido sobre lo que se hará en el futuro inmediato.
México queda en una situación difícil y las declaraciones de Trump (“algo habrá que hacer con México porque al país lo controlan los narcotraficantes”) y las de López Obrador apoyando abiertamente a Maduro, como lo hizo siempre, no ayudan. ¿Qué espera Trump de México y de Claudia Sheinbaum? Que haga su propia transición: que ponga distancia con Palenque, sus personajes e intereses, que esté alineada con América del Norte, que lo que se está haciendo en seguridad (que es muy bien apreciado en Estados Unidos) alcance para romper las cadenas de complicidades tejidas desde el sexenio pasado y se replique en otros ámbitos, desde la energía hasta la agricultura, desde la diplomacia hasta la política. El descarrilamiento del Tren Interoceánico es una demostración más de la herencia maldita recibida. Ya lo abordaremos.