México-Cuba-EU: jugar con fuego

México no puede seguir actuando como si estuviéramos en los años de la Guerra Fría o como si aún gobernara Biden en Estados Unidos.

Ayer, Donald Trump reiteró que no permitirá que siga llegando petróleo venezolano a Cuba. Puede ser el punto final de un gobierno, ejercido en forma dictatorial, que en casi 70 años no ha sido capaz de producir siquiera los insumos básicos para su población, mucho menos la infraestructura básica para sobrevivir sin depender de los otros: durante décadas Cuba dependió de la Unión Soviética, luego de la Venezuela de Chávez y Maduro, en los últimos años de ellos y de México, con alguna colaboración rusa, china e iraní. Cuba no está bloqueada: puede comerciar con todos los países del mundo, el problema es que simplemente no tiene recursos para hacerlo porque el modelo económico y político ha llevado al país a la quiebra más absoluta.

Hoy, el único abastecedor de recursos para Cuba, no sólo petróleo, parece ser México. A pesar de todo lo que está sucediendo, del profundo cambio de paradigma de la política exterior y la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, de la caída de Maduro y las crecientes advertencias contra México, el gobierno federal sigue actuando como si nada pasara. México envió su primer cargamento de petróleo de este 2026 a Cuba el 5 de enero desde el puerto de Coatzacoalcos, Veracruz. Fue de aproximadamente 86 mil barriles de crudo, equivalentes a unos 14 millones de litros, que arribaron a La Habana el 9 de enero.

Este cargamento se transportó a bordo del Ocean Mariner, un tanquero registrado en Liberia con capacidad para hidrocarburos subsidiados por Pemex, el envío como siempre es de Gasolinas del Bienestar, creada por Pemex exclusivamente para enviar crudo a Cuba. Equivale a 5 millones 400 mil dólares.

México juega con fuego en el tema. El barco con bandera de Liberia, o cualquier otro, puede ser embargado por fuerzas de los Estados Unidos, como lo han hecho con muchos otros y esa acción nos pondría en una situación de alto riesgo en la relación con la administración Trump.

Leía ayer una muy buena entrevista en El País, con el aún presidente de Chile, Gabriel Boric, que en marzo dejará el poder luego de haber sido derrotado por el derechista José Antonio Katz, en una transición política ejemplar, en la que reflexiona sobre la derrota de la izquierda y dice que “cuando la realidad cambia, uno, manteniendo sus principios, tiene que saber adaptarse a esa nueva realidad, si no es chocar contra un muro. La política no es para mártires ni obtusos. Hay que tener la capacidad de cambiar de opinión, de tener flexibilidad y adaptarse a la realidad, no pretender adaptar la realidad a ideas abstractas”. Y concluye con una autocrítica que debería llegar a toda la izquierda latinoamericana: “la izquierda que sólo culpa al adversario está condenada a diluirse”.

México no puede seguir actuando como si estuviéramos en los años de la Guerra Fría o como si aún gobernara Biden en Estados Unidos y seguir echándole la culpa de todo a Calderón. Podrá gustar o no en Palacio Nacional, pero la situación ha cambiado profundamente y tiende a cambiar más en los próximos meses. Dudo incluso que el paradigma actual cambie demasiado luego de que en 2028 deje, si es que la deja, la Casa Blanca el presidente Trump, mucho menos si su reemplazante es, por ejemplo, Marco Rubio.

Hay cosas que no se comprenden. El jueves de la semana pasada la presidenta Sheinbaum dijo que no se había cancelado la reunión del Senado donde se daría la autorización para permitir el ingreso para tareas de entrenamiento de militares estadunidenses a México: entrenarían con la Marina en Campeche. Yo no di esa orden, dijo, y explicó que simplemente habían cambiado la fecha.

Lo primero es verdad: ella no dio la orden. Lo decidió el presidente de la Comisión de Marina del Senado, que apenas horas después de la detención de Maduro, en la mañana del sábado, anunció que se cancelaba esa reunión destinada a otorgar ese permiso, que ya se tendría que haber otorgado, y no le puso fecha de realización.

El presidente de la Comisión de Marina es Carlos Lomelí Bolaños, un empresario farmacéutico y de la construcción amplísimamente beneficiado por su amigo López Obrador y sus hijos como proveedor del gobierno federal, con acusaciones de relación con el crimen organizado. La decisión de Lomelí se dio al mismo tiempo que la declaración de López Obrador contra la detención de Maduro, mucho más dura que la de la Presidenta.

Es increíble que la presidencia de la Comisión de Marina, íntimamente relacionada con temas de seguridad, esté en manos de Lomelí que, en 2011, confesó ante un juez de Texas su participación en la venta de precursores químicos al Cártel de Sinaloa para metanfetaminas y lavado de dinero, resultando en la confiscación de 2.7 millones de dólares de su patrimonio y dos años de cárcel. Más tarde, una empresa suya está fichada por Estados Unidos por nexos con lavado del cártel de Raúl Flores Hernández, aliado al CJNG. Hoy es senador y no responde a la presidenta Sheinbaum –quien incluso, en su momento, le quitó la candidatura a gobernador de Jalisco–, sino a las indicaciones de Palenque.

No comprender que esa simple cancelación del permiso para entrenamiento de fuerzas conjuntas es un agravio político, es no entender en qué coyuntura estamos viviendo. Tan delicado como seguir enviando petróleo regalado a Cuba mientras en México a los proveedores de Pemex se le paga a cuentagotas y EU amenaza con embargar esos envíos.