Las épocas viejas nunca desaparecen completamente y todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía.
El laberinto de la soledad, Octavio Paz
¿Quién le ha dado a la Coordinadora, a la Sección 22 y a sus aliados, carta de impunidad? ¿Por qué estos grupos pueden usar armas y, entonces, es “violencia legítima”, pueden mutilar y asesinar, y son expresión del “enojo social”, pueden bloquear carreteras, negocios, robar tráileres y carros, incendiar oficinas, secuestrar funcionarios y niños, y deben ser tratados como “luchadores sociales” cuando se trata de delincuentes, usen o no una bandera política? ¿En qué democracia del mundo se permite que se realicen actos tan terribles sin esperar una respuesta del Estado?
La presidenta Claudia Sheinbaum reiteró ayer que los responsables de esos actos de violencia son provocadores que seguramente, dijo, no son maestros, y dejó entrever que existe una suerte de mano que mece la cuna de la desestabilización a horas del inicio del Mundial.
En realidad, es lo que la CNTE, los militantes de Ayotzinapa y la CETEG de Guerrero han hecho siempre. Y eso es tan normal como el chantaje al que someten al Estado y a la sociedad, incrementado por la impunidad de la que gozan.
El lunes se descubrió en uno de los autobuses que transportaba a los militantes de Ayotzinapa que llevaba 59 artefactos explosivos. No se detuvo a nadie ni se interrumpió el tránsito de estos grupos que ayer ya se estaban manifestando en la ciudad. Pero, ayer mismo, las autoridades dijeron que “tienen en la mira” (lo que eso quiera decir en términos de seguridad) a los líderes de los grupos ultrarradicales del comité de lucha, dos personajes apodados El Coquillo y El Mamado; ambos están en libertad. Pero dejaron trascender que ese comité de lucha de Ayotzinapa era financiado por el PRI y por el senador Manuel Añorve. Sería cómico si no fuera absolutamente inverosímil.
El gobierno federal, que ha demostrado una absoluta capacidad de operación ante estos grupos y sus chantajes, está buscando una tapadera para ocultar sus limitaciones. La CNTE, Ayotzinapa y estos grupos ultrarradicales hace años que tienen puesto más de un pie en las organizaciones armadas y en los grupos criminales.
En realidad, hace ya muchos años que el narcotráfico tiene infiltrada la Normal Isidro Burgos. Lo que en su momento fue un semillero de la guerrilla, hoy lo es del crimen organizado, aunque se disfrace con ropajes ideológicos. Jaime Solís Robledo, exdirector de esa institución entre 1999 y 2000, amigo de Lucio Cabañas y exalumno del maestro Othón Salazar, ya había señalado que al interior de la normal rural había consumo y tráfico de drogas, golpizas, alcohol en exceso y acoso escolar y sexual como medida represiva contra quien no se suma al grupo estudiantil que controla la escuela.
Lo que vivió Solís Robledo en su experiencia como director de la normal lo denunció en el libro Ayotzinapa y yo, en el que exhibe que la vida de esa institución la rige en realidad el Comité Estudiantil, ligado con grupos criminales.
En su libro, Solís Robledo explica cómo se conduce el Comité Estudiantil y destaca que ningún alumno puede desacatar las órdenes del Comité so pena de ser acosado hasta hacerlo abandonar el plantel: “Cuando alguien es reincidente de incumplimiento, aunque sea por enfermedad, es hostigado con crueldad… La Secretaría de Educación de Guerrero podrá ordenar 100 veces al área de Control Escolar del Plantel que inscriba formalmente a esos jóvenes, pero, en los hechos, el violento acoso escolar los hace desistir en su deseo de estudiar en la ‘revolucionaria’ normal de Ayotzinapa”.
El exdirector de la normal también da cuenta de cómo se realizan las movilizaciones estudiantiles: “Para el envío de contingentes estudiantiles en apoyo a las movilizaciones de inconformidad, el comité estudiantil ordena que se vaya un grupo o todos los grupos de tercer semestre, por ejemplo, o de primero (caso Iguala), quinto o séptimo […]. En la escuela quienes mandan son los alumnos […]. Ninguna autoridad puede intervenir en ese ámbito”.
Solís Robledo también habla de las consecuencias de la falta de autoridad: “[…] alumnos cayéndose de borrachos; peleas sangrientas entre ellos; una degradación sexual cotidiana, pero acentuada desde los viernes por la tarde hasta el domingo […]. Mucha gente se va con la finta de que los alumnos de la normal solamente faltan a clases durante sus movimientos, cuando trascienden los muros de la escuela y andan en son de guerra contra la sociedad en general… Sus inasistencias a clases son sistemáticas y permanentes. Las actividades académicas, deportivas y culturales pasan a segundo o a tercer plano, pues constantemente salen del plantel, del municipio o del estado para asistir en grupo al apoyo masivo o de asesoría a cualquier movimiento de inconformidad, sea educativo o de otra índole”.
“En virtud de que el Comité Estudiantil ejerce un férreo control sobre los alumnos, éstos no pueden negarse a cumplir las comisiones que se les encomiendan, so pena de hacerse acreedores a las sanciones que sus dirigentes les imponen”. Y esto ocurría hace 20 años. Hoy, además, estos grupos reciben apoyo público, están infiltrados por el crimen y por la izquierda ultrarradical. No hay que descubrir ninguna mano negra. Ya los conocemos.
