Ciencia o asistencialismo: dos modelos

Para mi padre, Emilio, que siempre fue mi faro.

La presidenta Sheinbaum explicó con claridad, refiriéndose a la epopeya de Artemis II, por qué el modelo económico de la 4T está destinado, como lo vemos día con día, al fracaso. La mandataria, una doctora en física, se preguntó si los recursos económicos destinados a la exploración lunar no deberían utilizarse en mejorar la calidad de vida y combatir la pobreza extrema de millones de personas, dijo que, aunque reconocía el avance tecnológico, “siempre va a quedar la pregunta” sobre la prioridad del gasto, sobre si deberían hacerse esos programas mientras existe pobreza en el mundo. En otras palabras si era mejor invertir en ciencia o en asistencialismo social.

Si esa fuera la lógica, la humanidad no hubiera avanzado tecnológicamente nunca, viviríamos en la edad de piedra, quizás la más igualitaria de la historia, nadie tenía nada, salimos de ella por el fuego y el uso de herramientas. No se comprende que el desarrollo, la tecnología, la inversión en la innovación y la búsqueda de nuevas metas es lo que ha cambiado la historia. Y lo que hace próspero a un país. Menos aún se comprende todo lo que está detrás de la actual carrera especial que definirá algo tan intangible hoy como la nueva cosmografía política. Por eso en esta carrera están Estados Unidos y China, la India Rusia y la Unión Europea, pero también muchos otros países y empresas que participan de alguna forma en ella, tratando de obtener parte de esos beneficios.

México no tendría que ser ajeno a ese proceso: el tamaño de mercado de la industria aeroespacial se estimaba en 11 mil 200 millones de dólares en 2024 y podría llegar a 22 mil 700 millones de dólares en 2029, con un crecimiento anual cercano al 15.18 por ciento, cuando nuestra economía prácticamente no ha crecido en los últimos ocho años. Son todas inversiones privadas sin participación del Estado.

México es el segundo productor de artículos aeroespaciales en la región, con cadenas de suministro que incluyen componentes, estructuras, propulsión y ensambles. El sector exportó más de 10 mil 700 millones de dólares, casi toda su producción. La actividad se concentra en clústeres regionales con alta especialización y certificaciones industriales, lo que le da competitividad frente a otros países. Querétaro y Guaymas, son ejemplo de ello.

El desprecio por la ciencia fue una de las marcas indelebles de la administración López Obrador. No sólo recortó drásticamente los recursos para el sector, sino que instrumentó una estrategia política de deslegitimación, presentó a los investigadores y científicos como parte de una élite desconectada del pueblo y sospechosa de defender intereses corporativos, lo que sirvió como coartada para una política de austeridad que golpeó a instituciones, centros de investigación y programas estratégicos.

La ciencia dejó de ser vista como una inversión de largo plazo y pasó a tratarse como un gasto prescindible. Se redujeron apoyos, se debilitaron fideicomisos, desaparecieron becas, se frenaron proyectos y se concentró la toma de decisiones en el gobierno federal. En vez de fortalecer capacidades científicas, el gobierno optó por centralizar, recortar y sospechar de quienes producían conocimiento. Hubo fiascos asombrosos, como el intento de producir la vacuna Patria.

El problema no fue sólo la falta de dinero, sino el desprecio político hacia la ciencia. El obradorismo nunca entendió que un país que aspira a desarrollarse necesita una comunidad científica sólida, autonomía intelectual y financiamiento sostenido y, sobre todo, ligado a procesos productivos. En cambio, se impulsó una visión ideológica y defensiva, en la que la ciencia quedó subordinada al relato presidencial y a la lógica de la austeridad. Esa combinación generó no sólo menos recursos, sino también un mensaje peligroso: que investigar, cuestionar y producir conocimiento podía convertirse en una actividad incómoda para el poder.

Lo más grave fue que el conflicto con el sector científico se convirtió en parte de una narrativa más amplia contra órganos autónomos, especialistas y élites técnicas. En lugar de reconocer a los científicos como aliados del desarrollo nacional, los trató con sospecha. Así, el daño no fue únicamente presupuestal: fue institucional, simbólico y político. México terminó el sexenio con una comunidad científica golpeada, sin respaldo y distante del Estado.

Los recortes tuvieron un impacto directo y acumulativo: el apoyo a proyectos de investigación cayó de mil 734 en 2019, a 758 en 2020, y para 2021 apenas sumaban 108, lo que refleja una contracción fuerte del financiamiento público. Los recortes no sólo afectaron proyectos individuales, sino también a los centros de investigación que los sostienen. El gasto en investigación científica y desarrollo experimental cayó a niveles comparables con 2011, lo que debilitó la cadena completa de innovación, no sólo la ciencia académica.

Todo fue así: desde el rechazo al fracking y a las semillas genéticamente mejoradas hasta a la innovación y las inversiones en el sector energético o el desprecio a la ciencia y las matemáticas en la educación pública. Se anunció con bombos y platillos la agencia espacial mexicana, que ha muerto entre denuncias de abandono material y presupuestal. 

Por eso no crecemos, no mejoramos la calidad de vida de la población, no tenemos más científicos ni mejores estudiantes, no estamos insertos en un modelo de desarrollo que genere prosperidad y crecimiento. La 4T sigue pensando que es más importante distribuir dinero para ganar votos que invertir en ciencia, tecnología, producción innovadora. Son dos modelos de país.