La caída de Maduro, el nuevo paradigma

Cuando se escuchó la voz de México fue para defender lo indefendible

La detención de Nicolás Maduro, que ayer fue presentado en la corte de Nueva York, acusado de conspiración para cometer narcoterrorismo, para importar cocaína a Estados Unidos y para poseer armas de uso exclusivo militar, relacionándolo con distintas organizaciones criminales, pero sobre todo con los cárteles del Tren de Aragua y de Sinaloa, es la confirmación del nuevo paradigma que implica la estrategia nacional de seguridad de la Unión Americana que dio a conocer el departamento de Estado a fines del año pasado.

Podrá gustar o no, pero la convicción de que América tiene que ser un territorio que esté alineado en los principales capítulos políticos y económicos con Washington, alejándose de China, Rusia e Irán (y, por ende, también de Cuba y Nicaragua) ha comenzado a tomar forma, y eso es anterior a la caída del dictador venezolano. Y trasciende al partido republicano.

Hace tiempo que hemos advertido que México se está quedando solo en la región, con una política exterior encarada en la declaración de López Obrador de que “la mejor política exterior es la interior” y la ausencia del entonces presidente de cualquier evento internacional de relevancia. La voz de México se dejó de escuchar y cuando se escuchó fue para defender lo indefendible, como sucedió con Evo Morales, Pedro Castillo o Rafael Correa, en Bolivia, Perú y Ecuador, para no condenar la invasión a Ucrania (salvo una participación de Juan Ramón de la Fuente en la ONU, que no fue acompañada por López Obrador), permitir una penetración como nunca de Rusia y China en México, mientras se mantenía el apoyo a las dictaduras de Venezuela y Cuba, incluso como apoyo económico y sin condenar, lo que descalifica a México para intentar siquiera ser interlocutor en el tema, las violaciones a los derechos humanos y el fraude electoral en esos dos países.

El cambio en América Latina comenzó con la llegada de Bukele a El Salvador quien, contra todo pronóstico, logró recuperar la seguridad en el país más violento de la región. Continuó con el triunfo de Javier Milei en Argentina, las caídas de Morales y Castillo, en Bolivia y Perú, ratificada en el caso boliviano por la rotunda derrota electoral del MAS en los comicios del año pasado; antes Daniel Noboa había logrado reelegirse en Ecuador ante la candidata de Correa. En Honduras, también ganó el aspirante de derecha, Nasry Tito Asfura, apoyado por Trump, el oficialismo quedó en un lejano tercer lugar. Panamá se ha alineado con Estados Unidos sacando a China del Canal, Costa Rica también. En el comunicado conjunto que firmó México, sus socios están de salida: Gustavo Petro en Colombia perderá las elecciones de marzo, si antes no termina haciéndole compañía a Maduro; en España, Pedro Sánchez está en una situación de debilidad extrema, dentro y fuera de la Unión Europea; en Chile, Gabriel Boric, que siempre condenó las violaciones a los derechos humanos de Maduro, está a días  de dejar el poder en manos del derechista José Antonio Katz. En Brasil, Lula da Silva, que originalmente había demandado que Maduro exhibiera las actas de la elección de junio del 2024, después se echó para atrás y reconoció esos comicios fraudulentos, y tendrá unos comicios dificilísimos contra la derecha brasileña, en el segundo semestre de este 2026. Y ningún país de la región, salvo Venezuela, tiene tanta relación y penetración económica de China como Brasil.

La intervención militar, como ocurrió en Venezuela para capturar a Maduro (o como había ocurrido en Panamá para detener a Manuel Noriega en 1989 que le da hasta el antecedente legal al caso de Maduro) no será la norma, pero el alineamiento se dará por instrumentos políticos, comerciales y de seguridad. El instrumento para ello será, lo es ya desde hace meses, la inseguridad y la incontestable presencia de un crimen organizado empoderado en toda la región, un empoderamiento que va de la mano con el crecimiento de la presencia de China y Rusia (y, en algunos casos, Irán) en la economía y la política durante la última década.

En la situación de México, como decíamos ayer, lo que se requiere y demanda es que se realice nuestra propia transición. La presidenta Sheinbaum por convicción, presión o necesidad, sigue cargando una herencia que le ocasiona perjuicios constantes y, desde Palenque, López Obrador la sigue presionando: que el expresidente haya aparecido llevando el tema más allá de lo que lo había hecho la Presidenta, es una señal; que su gente esté promocionando ataques a la embajada de Estados Unidos en México, también.

El gobierno mexicano está haciendo bien las cosas en seguridad, y eso es reconocido por la administración de Trump, pero esos avances se quedarán irremediablemente cortos si no hay un deslinde político con quienes permitieron el enorme crecimiento del crimen organizado en el país desde distintos estamentos de gobierno, de quienes siguen apoyando política y económicamente a la dictadura venezolana (porque debe quedar claro que más allá de que se abrirá un proceso de transición se fue el dictador, pero no la dictadura) o la cubana, a la que en le hemos regalado el semestre pasado más de 3 mil millones de dólares en petróleo.

Viene la renegociación del T-MEC en 2026 y no será simplemente comercial: se tendrá que abordar también lo económico y energético, lo político, la migración y la seguridad. Tendremos que asumir que somos América del Norte, con los beneficios e inconvenientes que ello genera.

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