Son otros del lado del látigo

La historia está llena de ejemplos de cómo se marcaban las puertas de las viviendas de las próximas víctimas. Hoy se les califica de “conservadores”, cualquier cosa que eso signifique para el ciudadano de a pie.

Preguntarse como ciudadano por qué la justicia efectiva es importante para la supervivencia de la democracia mexicana conlleva a una respuesta contundente: porque, sin ésta, no será posible construir la paz como nación. Seguiremos siendo el país de la transa, del mirar hacia otro lado mientras alguien es victimado o para no ver cómo la corrupción carcome lo poco que como sociedad construimos.

Un verdadero demócrata es aquel que construye su proyecto político, validado en las urnas, en la convivencia con las instituciones democráticas que fueron creadas por todas las opciones políticas y movimientos ciudadanos para contrapesar sus decisiones.

Y si éstas necesitan ser readecuadas a nuevas necesidades, siempre buscando el mayor fortalecimiento democrático, se privilegia el diálogo y la búsqueda de acuerdos. No la arbitrariedad, el pisoteo de los derechos de, incluso, quienes fueron sus votantes.

No es un demócrata el que destruye las instituciones a marrazos ideológicos, respaldado en una nueva clase política surgida para arrebatarse los recursos, amparado en las fuerzas castrenses y jugando con las fuerzas más oscuras del crimen.

Expulsar, excluir, invisibilizar y estigmatizar es la ruta eficaz. Es la zona oscura donde se manda a quienes reclaman justicia, a los que levantan la voz en demanda de salud, medicamentos, justicia para sus desaparecidos, para las asesinadas, para poder trabajar en paz, sin ser víctimas de la extorsión.

Ahí están las feministas, las ONG, los ecologistas, las madres buscadoras, los defensores de derechos humanos y los periodistas.

La historia está llena de ejemplos de cómo se marcaban las puertas de las viviendas de las próximas víctimas. Hoy se les califica de “conservadores”, cualquier cosa que eso signifique para el ciudadano de a pie.

Sin duda, no estamos frente a un cambio de régimen democrático, sino ante un grupo que, hoy, sólo está del otro lado del látigo.

Guardar silencio y esperar a que esto acabe no es ser estratega, es ser cómplice, acomodaticio. Es tornarse en lo mismo.

El de hoy es un México de agraviados que buscan el desquite mutuo. No ayuda a construir una nación próspera mantener el discurso de odio hacia otro. Eso no traerá más votos, sino más encono, más violencia. Pero, ¿qué hacemos los ciudadanos para que eso cese? ¿No acaso el destino del país lo construimos nosotros?

Por eso, la justicia efectiva es la única que puede hacer posible que México encuentre una salida hacia la paz y a la reunificación entre mexicanos, sin esperar que los políticos provean la única solución.

Ya lo hicimos y no fuimos engañados ni burlados. Optamos serlo, no hacer esfuerzos, no tener el valor en construir o reconstruir nuestro propio destino como nación. A quién culpar entonces.

Muchas veces en la historia de los atropellos sociales se ha dicho de los jueces que “éstos ni siquiera han sido votados y nos quieren decir a los políticos cómo gobernar un país”.

Los jueces federales integran un sistema de tribunales encargados por la Constitución de interpretar, defender y aplicar la ley y resolver litigios. La mayoría de las personas no tenemos una interacción con ellos, por lo que podemos pensar que no tienen un impacto en nuestras vidas.

El Poder Judicial es determinante por ser el guardián de los valores de la sociedad; “es una fuente de coherencia durante los periodos de inestabilidad política”, afirma la investigadora Eleanor Brooks, de la Universidad de Edimburgo.

Limita los daños que pueda causar un gobierno autoritario y cuida los derechos básicos de la injerencia del gobierno, con independencia de la mayoría, porque “una táctica recurrente de políticos corruptos es utilizar como chivo expiatorio a las minorías para desviar la atención pública de sus propios actos y mala gestión”.

Temas: