Los días más oscuros

Es indeseable que las y los políticos enfrenten desafíos a sus vidas en los procesos electorales.

Hay señales de que México atraviesa los días más oscuros de su historia. Estos provienen del fruto de la estrategia de polarización política de los mexicanos para obtener una rentabilidad política, el repliegue calculado del Estado de sus funciones de garantizar la seguridad en el país y abrir corredores libres al crimen, así como invisibilizar la crisis de derechos humanos que enfrentamos.

Créame, lector, que deseo estar equivocado. Pero todos los días los noticiarios del país reportan la desaparición de hijas e hijos, persecuciones de poblaciones enteras, la toma del control de territorios por grupos tan armados que pasan a ser una amenaza militar para el Ejército y la Armada mexicanos, incluso para Estados Unidos.

Las Fuerzas Armadas, siempre institucionales, no han dejado ver públicamente su preocupación, pero entre los altos mandos existe una corriente que empuja una estrategia de contención, la ordene o no el comandante en jefe. 

Hay, en conclusión, tanto dolor, impotencia y coraje entre los mexicanos que no sabemos hacia dónde canalizarlo, espero que no sea hacia otros mexicanos de bien, porque nos sumiríamos en una discordia profunda sin saber que nunca provino de nosotros. 

Quizás el lector se pregunte si es responsabilidad de los ciudadanos resolver este clima y sus generadores. La respuesta es sí. Los destinos del país dependen de todos los que lo habitamos. Viviremos en los próximos meses las elecciones tal vez más competidas y con grandes interferencias de bandos y bandas interesados. 

No podemos decir que enfrentaremos algo nuevo, porque hemos vivido elecciones donde la característica ha sido la siembra del odio al otro. Y también, para algunos, el resultado fue el deseado, el desquite, y para otros la decepción. Pero en el centro hay una decisión, y ésa es nuestra.

Las partes en contienda electoral desplegarán sus estrategias que todos conocemos, infortunadamente, como la compra de votos, amenaza de suspensión de programas sociales o soluciones a problemas que difícilmente pueden materializarse. Incluso, amenazas de grupos violentos. 

Todo eso está ya a flor de piel y aún no inicia el proceso electoral. Pero las señales comienzan a parecerse. Nadie puede decir que no sabe el resultado de sus decisiones frente a las urnas. 

Cabe preguntarnos de qué lado debe caber la prudencia, la serenidad, y me queda claro que es de las y los políticos, porque nosotros los votamos o no. Estas elecciones, la exigencia ciudadana debe ser la exclusión de la polarización y el uso del odio como estrategia electoral.

Las mafias del poder como construcción discursiva no son las que están desapareciendo a nuestros jóvenes o reclutándolos, son las que cuentan con vía libre para apoderarse de territorios y actividades económicas, las que fijan precios, extorsionan, acaban con la actividad económica e imponen autoridades.

Es indeseable que las y los políticos enfrenten desafíos a sus vidas en los procesos electorales. Ya tuvimos esa experiencia en las elecciones intermedias. O se baja el discurso de odio y se les autoriza a las Fuerzas Armadas hacer su trabajo, o enfrentaremos escenarios que todos, todos, vamos a lamentar.

El origen religioso y nacional de una candidata, a menos que vulnere la Constitución, ni siquiera debe ser tema. No podemos aceptar un antisemitismo, aunque éste haya sido usado como recurso desde el mismo oficialismo en un momento.

Y tampoco usar los orígenes indígenas de la otra candidata para vulnerarla públicamente.

Estamos en una situación tan compleja como nación que cada actor político y ciudadanos debemos rechazar la polarización. El jefe del Ejecutivo debe hacerse cargo de tanto dolor propiciado por su laxitud. Es la herencia que lo acompañará.

Temas: