Latinoamérica frente a la IA: usarla mucho, pensarla poco
Por años, la inteligencia artificial IA fue un tema ajeno a la conversación pública cotidiana en América Latina. Hoy, sin embargo, es parte integral de la vida diaria. Desde aplicaciones móviles que transforman fotos con un clic hasta algoritmos que filtran lo que ...
Por años, la inteligencia artificial (IA) fue un tema ajeno a la conversación pública cotidiana en América Latina. Hoy, sin embargo, es parte integral de la vida diaria. Desde aplicaciones móviles que transforman fotos con un clic hasta algoritmos que filtran lo que vemos en redes sociales o plataformas de consumo, la IA ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en una realidad omnipresente.
Según el Pew Research Center, en Estados Unidos predomina una percepción de cautela: la mayoría de la población se declara más preocupada que entusiasmada ante el avance de la IA, y exige un mayor control sobre su desarrollo. En América Latina, por contraste, la adopción tecnológica avanza con entusiasmo, aunque con menor reflexión pública y con debilidades estructurales importantes.
Un informe global de Google e Ipsos muestra que, en 2024, 48% de las personas encuestadas a nivel mundial había utilizado IA, mientras que en América Latina los porcentajes son incluso mayores: Chile lidera con 53%, seguido por México con un 43 por ciento. Otras estimaciones elevan la cifra hasta 65%, al considerar interacciones más cotidianas, como búsquedas, compras o atención al cliente mediante herramientas automatizadas.
En el ámbito empresarial, las tendencias son similares. En sectores como el comercio, los servicios financieros y la manufactura, las empresas medianas mexicanas reportan mejoras en eficiencia gracias al uso de IA en análisis de datos, atención a clientes y logística. Más de la mitad planeaba ampliar su uso en los próximos doce meses. Este crecimiento no es casual: se estima que el mercado de IA en México alcanzó los 2,800 millones de dólares en 2024 y podría cuadruplicarse para 2030.
No obstante, el desarrollo de la IA en la región revela una paradoja: se utiliza intensamente, pero se invierte poco en su desarrollo y regulación. El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial 2025, impulsado por la Cepal, advierte que la región ha logrado avances en conectividad y talento humano, pero sigue rezagada en áreas clave, como investigación, infraestructura tecnológica e inversión pública.
La Unesco coincide al señalar que México ocupa un lugar destacado en términos de preparación tecnológica para la inteligencia artificial, lo que incluye capacidades en infraestructura digital, capital humano y adopción temprana de herramientas inteligentes en sectores públicos y privados. Sin embargo, este avance contrasta con una crónica subinversión en ciencia, tecnología e innovación, que no guarda proporción con el tamaño y complejidad de su economía nacional.
Esta brecha tiene implicaciones profundas: limita la capacidad del país para generar tecnologías propias y depender menos de soluciones extranjeras. Falta financiamiento sostenido a universidades, centros de investigación y políticas científicas estratégicas, lo que amenaza con dejar al país en una posición de consumo pasivo.
Frente a este panorama, algunos países de la región, como México, discuten iniciativas legislativas inspiradas en el enfoque europeo basado en riesgos. Este modelo busca una regulación proporcional, con mayores controles sobre sistemas que puedan afectar derechos fundamentales, como la privacidad, la libertad de expresión o la no discriminación. Organismos internacionales como el BID han advertido que el verdadero dilema radica en encontrar un equilibrio entre innovación y protección ciudadana.
Así, la pregunta clave para América Latina no es sólo cómo usar más la IA, sino cómo pensarla mejor. La experiencia de Estados Unidos revela una ciudadanía que exige transparencia y responsabilidad en el desarrollo tecnológico. En nuestra región, donde el uso crece más rápido que el debate, se vuelve urgente impulsar una alfabetización digital.
La inteligencia artificial no es una amenaza ni una salvación por sí misma. Es un reflejo amplificado de nuestras decisiones políticas, económicas y éticas.
