Algunos calendarios de Día de Muertos indican que mañana, día 28, llegan a los altares las almas de los difuntos que han muerto de manera trágica o se han suicidado.
Siempre me llamó la atención el tema del suicidio. Desde el punto de vista filosófico, es un asunto esencial: ¿vale o no vale la pena vivir la vida? ¿Por qué algunos optan por esa vía de escape? ¿Es un acto de valentía o de cobardía? ¿Se gesta en la enfermedad o en la lucidez? ¿Significa entregarse al abismo o escapar de él?
Algunos de mis personajes favoritos de la literatura eligieron esa salida, y lo mismo hicieron muchos autores que admiro: Virginia Woolf, Ernest Hemingway, Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, Cesare Pavese, Reinaldo Arenas, David Foster Wallace... entre tantos otros.
El suicidio ha estado muy presente en la literatura desde siempre. En el teatro clásico, quitarse la vida era un acto de honor ante la infamia, el rechazo, la derrota o los caprichos de los dioses. Se alimentaba de la desesperación y se decidía en un instante. ¿Cómo olvidar a Yocasta, colgada en el palacio real de Tebas, o a Antígona, ahorcada con su velo en la cueva donde fue enterrada viva?
Más tarde vino la Edad Media, donde el suicidio fue considerado el peor de los pecados. En La divina comedia, de Dante Alighieri, las almas de los suicidas quedaban atrapadas en árboles nudosos que mordían las harpías. Terrible.
Después llegó Shakespeare, genio de genios, a humanizar un poco el suicidio. Muchos de sus personajes eligieron esta muerte: Julieta, Romeo, Ofelia, Otelo, Lady Macbeth, así como aquellos basados en figuras históricas que en la vida real sí se quitaron la vida: Bruto, Casio, Marco Antonio, Cleopatra…
Más adelante apareció el Romanticismo, con su obsesión enferma por el desamor y la desventura. La novela Las penas del joven Werther, de Goethe, desencadenó una serie de suicidios en Europa tras su publicación en 1774. Y, en el siglo XIX, las famosas adúlteras suicidas, Emma Bovary y Anna Karenina, también causaron conmoción.
En el siglo XX, las representaciones de suicidio se hicieron más reales, menos glamorosas, con mayor profundidad psicológica. Muchos intelectuales que sobrevivieron a los horrores de la Segunda Guerra se terminaron suicidando, como Paul Celan, Primo Levi y Jean Améry, entre otros.
Leí a Jean Améry en la universidad. Nacido en Viena como Hans Maier, fue un ensayista y filósofo que luchó contra el nazismo. Lo persiguieron, tuvo que cambiar de nombre y escapó a Bélgica, donde lo capturaron. Estuvo en tres campos de concentración, incluido Auschwitz, y milagrosamente sobrevivió… Pero nunca pudo reponerse. Había perdido la patria, la dignidad y “la confianza en el mundo”. Creía que la “muerte voluntaria” —decidir cuándo y cómo morir— era un acto radical de libertad individual ante una existencia insoportable (similar al razonamiento de Séneca, pero sin la convicción estoica). Améry publicó estas ideas en un ensayo filosófico en 1976: Levantar la mano sobre uno mismo. Dos años después se suicidó con barbitúricos.
Recuerdo bien la fecha en que discutiríamos su obra en la clase de Filosofía: martes 11 de septiembre de 2001. Obviamente, no pudimos hacerlo. Con los libros de Améry en la mochila, estudiantes y maestros nos apretujamos frente a la tele de la cafetería para ver cómo caían las Torres Gemelas, una y otra vez, en un bucle incomprensible. Las palabras de Améry rondaban mi cabeza: “No entender ya el mundo”. Y en medio de toda esa muerte y destrucción estaba —hoy sabemos— el suicidio de 19 terroristas, en un contexto muy distinto, pero igual de desesperanzador.
Se calcula que hoy, en el mundo, cada día se quitan la vida 1,900 personas (OMS). Necesitamos hablar más de salud mental, de tratamiento y prevención, de las muertes a edades más tempranas, del estigma, del dolor que todo el proceso deja en quienes se quedan y, también, de representaciones literarias más recientes. Intentaré hacerlo en otra columna. Mientras tanto, como cada año, pondré mi altar con cariño y esperaré, con la cabeza llena de preguntas, la llegada silenciosa de mis muertos.
