La Ciudad de México es una de las urbes más grandes del mundo, lo que al mismo tiempo la coloca como una de las que más basura genera. Cada día, la capital del país produce más de 12 mil toneladas de residuos sólidos y, de ese total, sólo una fracción mínima se recicla de manera efectiva, pese a que una parte importante, como la orgánica, plásticos, papel, cartón y vidrio, entre otros, podrían aprovecharse. Pero la historia está a punto de cambiar, ya que este 2026 la capital del país arrancó con un nuevo esquema para la separación de basura desde casa.
Y es que, más allá de afectar la imagen urbana, la mala gestión de los residuos impacta directamente en la calidad de vida de las personas: calles saturadas de desechos, coladeras tapadas, tiraderos clandestinos y rellenos sanitarios rebasados que son focos de infección, generan malos olores y alimentan la proliferación de fauna nociva. Todo ello se traduce en afectaciones a la salud pública, especialmente en comunidades con menor acceso a servicios adecuados. Además, la acumulación de residuos agrava riesgos ambientales como inundaciones durante la temporada de lluvias, mismo que se ha posicionado como un fenómeno cada vez más frecuente y costoso para la ciudad.
Al mismo tiempo, se desaprovecha un enorme potencial económico, pues gran parte de los residuos que generamos todos los días en la ciudad puede reciclarse para explotar su valor en cadenas productivas locales si se integra a un sistema ordenado. De lo contrario, su manejo desordenado (ése en que todo se mezcla con todo) hace que dicho valor se pierda y que el costo de manejarlos se multiplique y afecte en el erario.
Mejorar la separación de residuos desde los hogares, comercios y oficinas, reduce costos de recolección, facilita el reciclaje, disminuye la presión sobre rellenos sanitarios y mejora las condiciones laborales de quienes trabajan en el manejo de los desechos. También fortalece el tejido comunitario, pues implica corresponsabilidad y hábitos compartidos.
La experiencia internacional ha demostrado que una gestión eficiente de los residuos puede transformar comunidades enteras. En ciudades como San Francisco, por ejemplo, políticas estrictas de separación y compostaje han permitido desviar más de 80% de sus residuos de los rellenos sanitarios, reduciendo emisiones y generando empleos. En países como Alemania, la separación detallada y los sistemas de retorno han creado una cultura ambiental sólida y una industria del reciclaje fuerte. En la mayoría de los casos, la separación obligatoria de residuos ha permitido reducir drásticamente la cantidad de basura enviada a disposición final, al tiempo de ser aprovechada en otras cadenas de valor.
Estos ejemplos son prueba de que, con reglas claras, infraestructura adecuada y participación ciudadana, el cambio es posible. La Ciudad de México tiene el tamaño, el talento y la capacidad para avanzar en esa dirección y la nueva norma de separación de residuos es el inicio de un proceso más amplio.
Es verdad que celebrar este paso no implica ignorar los retos que enfrenta, pues aún se requiere educación ambiental, vigilancia, incentivos y continuidad, por lo que implementarlo exigirá coordinación entre autoridades, trabajadores de limpia y ciudadanía, así como inversión sostenida, pero, hoy, esta nueva norma representa la oportunidad de replantear nuestra relación con los residuos que generamos, con la ciudad que habitamos y con la que queremos habitar. Separar nuestra propia mal llamada basura es un acto de responsabilidad colectiva y, al mismo tiempo, una apuesta por el futuro.
Reconocer que los residuos importan, que su manejo define nuestra calidad de vida y que una ciudad que los cuida es una ciudad que se cuida a sí misma; es, sin duda, símbolo de transformación social y compromiso con la sostenibilidad.
